Sentada en un nopal

Alhelí debió nacer para trabajar en alumbrado público porque era un perfecto “candil de la calle”. Como la chica era de buen ver, solía salir a pasear luciendo muy atractiva, impecable y radiante.

De pies a cabeza era una verdadera muñequita de aparador. Exactamente eso: de aparador, de escaparate; porque tras bambalinas, Alhelí era un desastre total.

Sin embargo, en el escenario social siempre estaba rodeada de enamorados pretendientes seducidos por las apariencias. Alhelí tenía muchos candidatos de donde elegir a quien finalmente sería su prometido y futuro marido.

En casa, Alhelí era otra cosa: floja, mal-humorada, desconsiderada, desordenada, egoísta y hasta grosera con sus padres y hermanos que ya no sabían qué hacer con ella.

Deseaban que se casara y por fin se fuera de la casa; pero al mismo tiempo sentían una enorme preocupación por lo que pudiera pasar y que seguramente pasaría cuando, ya metida en el matrimonio, Alhelí se revelara tal cual en realidad es.

“¡Pobre del que se case con ella!” -pensaban sus padres –“¡Qué fiasco se va a llevar! Cuando vea la realidad.”

El día señalado para la petición de mano, llegaron el novio y los padres del novio a la casa de Alhelí para cumplir con el anticuado y falso protocolo de pedir a la chica en matrimonio y recibir la bendición de las respectivas familias para celebrar el próximo enlace matrimonial.

Pero, no contaban con la astucia de Pipolo, el hermano adolescente de Alhelí, que quiso darle un toque de autenticidad al momento mostrándole a los ahí presentes la verdadera calidad de la melcocha y la clase de “trompo que se iban a echar a la uña”.

Pipolo no estaba realmente actuando en aras de la franqueza, la verdad y la sinceridad que se esperaría ante la importante decisión que implica un matrimonio, sino más bien por un pueril impulso de venganza a consecuencia de los muchos malos momentos que Alhelí les había causado en la familia con sus muchos desplantes de soberbia, narcisismo y maltrato que en ocasiones, llegaron a rayar en la crueldad…Bueno, y tambien porque sentía algo de simpatía por el incauto novio de su hermana.

Así fue que el quinceañero Pipolo, invitó a los ahí presentes a ver un video que durante algún tiempo estuvo grabando con su celular, mismo que hoy dedicaba a su hermana y a su “posible” futuro marido. A todos les pareció un lindo detalle hasta que el video comenzó a correr: la ropa sucia tirada en el suelo del cuarto, la cama destendida todo el día, los pleitos a gritos con su mamá, los ceniceros retacados de colillas de cigarro dejados por toda la casa, los platos amontonados en el fregadero, los “asaltos” a la cartera sacándole billetes al papá mientras éste dormía, el carácter iracundo, los insultos y empujones proferidos contra los hermanos, las faltas de respeto y crueldad hacia la abuela anciana…y así una a una fueron apareciendo los muchos demonios que había en el interior de aquel supuesto “estuche de monerías” que era en apariencia la joven Alhelí.

De igual modo, como alma que lleva el diablo, salieron de la casa despavoridos el novio y los papás del novio, para nunca volver cual si hubieran visto una película de horror del Dr. Jeckyll y Mr. Hyde.

“¡Más vale huir a tiempo que cien años de arrepentimiento!” En un principio, todos temían por la vida de Pipolo. Alhelí furibunda era capaz de cualquier cosa. Pero todos se solidarizaron con Pipolo quien valientemente (y vengativamente) había revelado lo que todos hubieran querido decir y no se habían atrevido.

Alhelí terminó por irse de la casa donde ya nadie toleraría sus múltiples abusos. Se fue y más tarde se supo que la vida, como siempre sucede, se había encargado de ponerla en su lugar, quitándole la soberbia, la arrogancia y el egoísmo a punta de dolorosas experiencias, dejándola sentada en un nopal.
Moraleja:

“Puedes engañar a todo el mundo algún tiempo. Puedes engañar a algunos todo el tiempo. Pero no puedes engañar a todo el mundo todo el tiempo.” (Abraham Lincoln)

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