La presente columna no es precisamente una defensa numantina de la familia. Pretende, en base de observaciones empíricas de mi entorno y de anécdotas o historias vividas que conozco de primera o de segunda mano, ser un diagnóstico que nos ayude a ver a esos miembros de nuestra propia sangre simplemente como son y no como quisiéramos que fuesen.
Querido Hermano:
El privilegio del escritor es la libertad para escoger su tema y darle forma con las letras y las palabras que flotan en la inspiración de quien escribe. Hoy voy a rendirte homenaje a ti que falleciste justamente hoy, hace un año. Desde que mi memoria se estrenó recuerdo que te decíamos Yemo. La grafía de tu sobrenombre me ha acompañado toda la vida que compartimos juntos, y me acompañará hasta que yo muera y te pueda volver a ver; esa era y es nuestra fe.
La de hoy corre el riesgo de ser una columna aburrida. Yo te sugiero que no la leas, estimado lector. Para ya de leer y vete, ipso facto, con otro columnista. No pierdas tu tiempo. Si persistes tu lectura es bajo tu propio riesgo.