Steven Spielberg provoca efervescencia con cada una de sus producciones.
En su nueva propuesta, El día de la revelación, se enfoca, una vez más en los alienígenas, con una historia, escrita por él mismo, en la que mezcla Encuentros cercanos del tercer tipo, E. T., e Inteligencia Artificial.
Sus inquietudes de ciencia ficción, que marcan una parte importante de su brillante carrera, se compactan aquí con un planteamiento básico y permanente: ¿Qué pasará el día que la humanidad haga contacto con seres del exterior?
Lo nuevo es que el contacto ya se hizo, desde hace décadas, pero entes malvados del Gobierno de Estados Unidos se han empecinado en mantener al planeta en el oscurantismo, en esos temas de los visitantes de otras galaxias.
Lo que busca Daniel (O’Connor), un genio de la informática, es difundir en todo el mundo información ultraclasificada sobre lo que se sabe sobre estas temáticas, mediante videos que ha sustraído de la agencia misteriosa que permanece en las sombras encargada de estudiar a esos visitantes, conocer su tecnología y preservar el secreto. De eso se trata su revelación.
En realidad, Spielberg hace, más que una película un pronunciamiento con la más atrevida teoría de la conspiración. La trama es mínima, y se adereza con algunas cuantas persecuciones en coche excelentemente coreografiadas, aunque algunas innecesarias. Todo se sustenta en los diálogos, muy bien elaborados e interesantes, sobre los dilemas que enfrentan Daniel y Margaret (Blunt) sobre su derecho a exponer al mundo lo que saben. El cuestionamiento es si provocarán más daño que beneficio, al abrir los expedientes archivados.
Quienes se oponen a ellos, sugieren que el mundo no está preparado para un nuevo orden. El orbe se alterará en cuestiones místicas y religiosas, y habrá de plantearse toda la historia a partir de estos nuevos conocimientos del universo.
Con una música fantástica de John Williams, se va contando cómo estos jóvenes, en el nombre de la creación, se abren paso entre dificultades para revelar la verdad. No solo rompen puertas, también van atravesando simbólicamente milenios de dudas para llamar la atención de cada una de las naciones, en la búsqueda de la respuesta al gran cuestionamiento: ¿solo hay vida en Tierra en la inmensidad del cosmos? Lo mejor, se sugiere, es que los muchachos desde cualquier país, entren en acción, para que tomen el control sobre estos temas y no se queden como pasivos espectadores.
Es natural el desconcierto de los involucrados. Son todos como los amigos de Eliott que le ayudan a escapar al Extraterrestre, aunque ahora ya en etapa adulta. La gente puede sentirse petrificada, pues sentiría lo mismo si es depositaria de la llave para abrir la Caja de Pandora interplanetaria.
La película se centra en las personas, más que en los aliens. Las preocupaciones son de la gente frente a un nuevo escenario mundial, por las presencias de desconocidos en el planeta. Sin embargo, como una inevitable lectura política, se muestra la preocupación por recibir extraños como vecinos y las consecuencias que tendrá entre los que ya están debidamente asentados. En una época de regresión en temáticas migrantes y las agresivas persecuciones que sufren, bien se pone sobre la mesa las infinitas posibilidades de tener que vivir con desconocidos de desconocidas intenciones, que pueden tener una inteligencia superior y una mejor tecnología, lo que implica un peligro de dominación y sometimiento.
Spielberg siempre ha sido un creyente. Lo ha demostrado con sus insuperables aventuras con mezcla de ficción y tecnología, con comentarios puntillosos sobre la existencia de una realidad aún ignota, más allá de las fronteras conocidas. En El día de la revelación regresa a sus antiguas filias con entretenimiento puro, y una historia que parece llenar sus anhelos de ver en vida, aunque sea en una fantasía, a un extraterrestre presentándose en público.







