Backrooms es una de esas cintas que se ha convertido en un fenómeno de marketing, en el que la historia detrás de la filmación es tan importante como la película misma.
Con una trama de limitada información, con insertos de pietaje misterioso supuestamente real, captado hace más de tres décadas, en un escenario que aparece sin explicación mayor, y con acechanzas letales, su trama oscila entre el suspenso y el terror psicológico.
Gracias al megahit que ha significado para los estudios A24 en esta primera semana de estreno, el mundo ya conoce al joven director Kane Parsons, que hace unos ocho años creó en Youtube unas imágenes inquietantes de una habitación amarilla, que se popularizaron en círculos de fans de lo paranormal.
Debido al éxito recolectado, creó un corto con supuestas grabaciones perdidas sobre esta misma temática, que en la misma plataforma acumuló decenas de millones de vistas.
Estas videograbaciones caseras de Parsons, cuando era apenas un chaval, ahora se han transformado en un largometraje de trama sencilla pero angustiante, y con múltiples lecturas que la hacen doblemente perturbadora.
Clark (Ejiofor) es un empresario mueblero con mala estrella. El negocio va mal, sufre de alcoholismo y lleva terapia con la psicóloga Mary (Reinsve), con la que descarga sus penas, mezcladas con un reciente fracaso matrimonial. Junto a todos sus pesares, debe soportar que su esposa se quedara con la casa que él había comprado.
Inesperadamente, este hombre encuentra una puerta invisible en la pared del sótano del establecimiento. Al atravesarla, entra en una especie de laberinto de cuartos sin orden lógico que se transforman conforme se avanza en ellos. Se deforman el tiempo y el espacio, mientras se mueven entre habitaciones seres y otras personas que han entrado recientemente, o que ya estaban desde tiempo atrás. Nada se sabe con certeza.
La ambigüedad es la marca del relato.
Mary, preocupada por las supuestas alucinaciones de su paciente, decide acudir al lugar para verificar sus narraciones en el diván y termina ingresando al mismo universo, en el que, como le ocurre a todos los que se adentran en él, termina confrontada con sus propios traumas infantiles, relacionados con su madre.
La redundancia en la que evidentemente cae la travesía de estas dos personas, con recorridos circulares, termina por revelarse como un laberinto, no arquitectónico, sino mental. Más que avanzar por corredores, andan por su propia psique, afectada por ansiedades ocultas en el subconsciente. Las paredes desnudas inesperadamente cambian por mobiliario apilado o sumergido absurdamente en el piso. Lo que era la pared se convierte en el techo. La muerte violenta aguarda al final del corredor. Criaturas grotescas deambulan en las sombras, con gemidos y gruñidos distantes, como seres con permanente sufrimiento.
La claustrofobia es la proyección de un dolor recóndito que parece no tener explicación.
El inesperado final replantea todo, y deja numerosas preguntas en suspenso, lo cual anticipa una obvia secuela.
Backrooms es una película que comienza a sustentar su buena fama con comentarios entre cinéfilos de todo el mundo, además de contar con reseñas positivas de la crítica especializa. Así como el mundo fue sorprendido por El Proyecto de la Bruja de Blair, ahora esta propuesta independiente, modesta e ingeniosa, ha conseguido cautivar la atención de millones de jóvenes que se adentran con curiosidad en un universo de absurdos, sin lógica, y lleno de emocionantes persecuciones provocadas sin razón aparente.
@LucianoCampos G






