Es incuestionable que en Cd. Victoria hay personas por racimos que cuentan los días para que concluya el sexenio de los Vientos del Cambio, porque esa corriente les voló de las manos los negocios que hacían con el Gobierno del Estado y la UAT, consistentes en contratos de proveedurías o construcción, amén de recomendados para ocupar cargos públicos y si no era mucha la molestia, pues hasta de aviadores.
Resultado previsible tras la derrota sufrida por el Partido Revolucionario Institucional en las elecciones del domingo 5 de junio conllevarán sin duda a una...
Pues a como van las cosas, el retraso en la búsqueda de irregularidades o supuesto desvíos, robos, actos de corrupción y raterías viles, el que pasen más días sin saberse a ciencia cierta qué ocurrió en las finanzas del municipio de Monterrey cuando Margarita Arellanes era alcaldesa panista
Lamentablemente, la percepción de la ciudadanía ante hechos graves y espectaculares es de que la autoridad ha sido rebasada. Y seguramente ante este escenario debería estar muy preocupado el procurador Roberto Carlos Flores Treviño.
Lo anterior viene a colación sobre el argumento que dio el funcionario de la subprocuraduría anticorrupción a cargo del polémico abogado, Ernesto Canales, sobre los 190 millones de pesos que pasaron por la Tesorería del Estado y fueron a parar a las cuentas bancarias de Alberto Anaya, presidente vitalicio del Partido del Trabajo (PT).
Sí, el cochino dinero que no llega o llega a cuentagotas por parte de la Comisión Estatal Electoral-INE, las entregas del Comité Ejecutivo Nacional y, sobre todo, el pago de cuotas de sus militantes que ocupan cargos de elección popular, y por obligación estatutaria, o sea, de sus estatutos internos, están obligados a aportarle el 10 por ciento de su salario mensual a las arcas partidistas.
El asunto se pone harto complicado porque la figura de un procurador debe ser intachable, casi inmaculada y ejemplo dentro de un gabinete estatal o federal. Y no de Roberto Flores Treviño que omitió ante el poder legislativo ese delicado pasaje en la llamada “ciudad del pecado”.