Mario Vargas Llosa nació el 28 de marzo de 1936 en Arequipa, ciudad situada al sur de Perú, en un valle de los Andes marcado por un fuerte espíritu clerical y revoltoso. Por tanto, el 2016 es el año de sus 80 años de vida.
–Mi madre, cuando conoció a mi padre, quedó prendada de él desde el primer instante y para siempre –afirma el hoy eximio escritor al evocar a Dorita, de 19 años de edad en 1934, de visita en Tacna, donde conoció a Ernesto J. Vargas, modesto encargado de la estación de radio de Panagra (Pan American Grace Airways), 10 años mayor que ella y cuyo enamoramiento, al regresar ella con su familia a Arequipa, terminó en matrimonio en 1935, tras un intenso intercambio de cartas.
Pero el padre no fue el padre que todo niño aspira tener. Y Ernesto J. Vargas marcó el espíritu del pequeño Mario de una forma tan negativa, que cuando el señor murió en enero de 1979, su hijo apenas tuvo ánimo para detenerse unos segundos frente al ataúd y, sin decir una sola palabra, apresuró su salida del sitio fúnebre.
– Aunque procuré siempre mostrarme educado con él, jamás le demostré más cariño del que le tenía (es decir: ninguno). El terrible rencor, el odio ígneo de mi niñez hacia él, fueron desapareciendo, a lo largo de los años. Pero el distanciamiento se sostuvo hasta el final, hasta enero de 1979, cuando murió el único tirano al que habría querido querer.
Todo empezó cuando los Vargas-Llosa se fueron a vivir a Lima, la capital, pero al quedar embarazada Dorita, don Ernesto, de temperamento tiránico y golpeador, a los cinco meses y medio le pidió regresara a Arequipa con su familia, lo que él aprovechó para solicitar el divorcio dejando en el abandono a su mujer y a su hijo, y al no saber más de él, en casa de los Llosa le hicieron saber al pequeño que aquél había muerto, al grado de que al finalizar cada día e irse a dormir, besaba su fotografía y daba las buenas noches “a mi papito que está en los cielos”.
Para evitar habladurías, en 1937 Dorita y los suyos cambiaron su residencia a Cochabamba, en Bolivia, donde el abuelo Pedro, dedicado al cultivo del algodón y al consulado de Perú en dicha ciudad, enseñó al futuro escritor a memorizar poemas de Rubén Darío que inspiraron a Mario a escribir sus primeros versos, arropado por el calor de su familia materna. Pero el destino cruel le tenía preparada una artera sorpresa que marcaría su vida para siempre, pues al regresar al Perú por haber sido nombrado don Pedro prefecto de Piura, el hoy Premio Nobel de Literatura cumplió ahí sus 10 años de edad.
-Tu padre no está muerto –le dijo un día de buenas a primera Dorita, quien, en un viaje a Lima, se había topado casualmente con Salvador J. Vargas.
-Verlo ella un instante bastó para que aquellos cinco meses y medio de pesadilla en su matrimonio y los 10 años de mudez de Ernesto J. Vargas se le borraran de la memoria a mi madre –escribió en su autobiografía Mario a quien, después de concertar una cita los Vargas-Llosa, lo llevaron a vivir a Lima y a partir de entonces su mente embrollada abrió el telón de una verdadera obra teatral–.
Fue el inicio de una terrible pesadilla que le incubó un odio y resentimiento contra su progenitor a partir de 1947, lo que le obligó a refugiarse en la lectura, pues el niño se daba cuenta del maltrato que sufría Dorita y él mismo fue víctima de constantes golpes por el desprecio que el enfermo mental sentía hacia la familia de su mujer y todo lo que ella representaba.
–Cuando, sobreexcitado con su propia rabia, se lanzaba a veces contra mi madre, a golpearla, yo quería morirme de verdad, porque incluso la muerte me parecía preferible al miedo que sentía, pues a mí me pegaba también de vez en cuando –evoca el literato sus días que le robaron su felicidad al lado de su abuelo Pedro y los Llosa, a quien el dictador familiar prohibió visitarlos y le impidió que fuera a misa, lo cual, para contradecirlo, acercó más a Mario a la religión, aunque poco después renegó de ella porque, dice él, un maestro del Colegio Lasalle trató de acosarlo sexualmente.
Su padre feroz lo tenía acorralado también con su severidad para que dejara de refugiarse en la poesía, a la que consideraba una “mariconería”.
–Cuando me pegaba (…), el terror hacía muchas veces humillarme ante él y pedirle perdón con las manos juntas. Pero eso no lo calmaba. Y seguía golpeando, vociferando y amenazándome con meterme al ejército.
Así, con el fin de alejarlo de la literatura “y para hacerse hombre”, Ernesto lo internó en el Colegio Militar Leoncio Prado en el Callao, al que ingresó en 1950, antes de cumplir los 14 años. Sin embargo, paradójicamente, el efecto fue otro.
–Encerrado durante dos años entre esas rejas corroídas por la humedad de La Perla, en esos días y noches grises, de tristísima neblina, leí y escribí como no lo había hecho nunca antes y empecé a ser (aunque entonces no lo supiera) un escritor –se goza Mario con el recuerdo de ese tiempo en que leyó a Víctor Hugo y Alejandro Dumas y avivó sus ansias de aprender francés y, algún día, irse a vivir a París. (Finalmente, en 1962, recreó su experiencia estudiantil entre militares del Leoncio Prado en una de sus exitosas novelas, “La Ciudad y los Perros”).
Otro hecho afortunado también para el futuro Nobel ocurrió durante las vacaciones veraniegas de 1952 cuando, por intermediación de su padre, entró a trabajar en “La Crónica”, y ahí trabó amistad con el director del suplemento literario, Carlos Nery Barrionuevo, quien le indujo a leer la obra de dos autores que serían su mayor influencia: André Malrau y, sobre todo, Jean-Paul Sartre. Además, su aprendizaje como reportero de nota roja en este medio y en otros diarios o en la radio le dio pie para una de sus novelas favoritas, “Conversación en la Catedral”, escrita a sus 33 años de edad, en 1969.
También fue muy significativo para Mario pasar a estudiar en la escuela San Miguel de Piura, lejos de la mirada del represor Ernesto, lo cual fue algo esencial para el desarrollo de su trabajo como periodista y como escritor, pues consiguió entrar de reportero a “La Industria” y estrenó su obra “La huida del inca”, además de lograr inscribirse en la universidad pública de San Marcos, en la carrera de derecho y letras, en vez de seguir el deseo de su familia de verlo en la Universidad Católica de Lima. Y no fue sino hasta sus 17 años que regresó a la capital peruana imbuido del periodismo, la bohemia, la academia, la literatura y, ahora, el fervor político revolucionario. (En 1966 su novela “La Casa Verde” le sirvió para reflejar aspectos de la “selvática” vida prostibularia en Piura).
MATRIMONIO
CON LA TÍA JULIA
Instalado en Lima y en su nueva faceta de rebelde indómito consumó su primer matrimonio en 1955, a los 19 años de edad, pero con su tía materna 10 años mayor que él, Julia Urquidi, quien se refugió durante un tiempo en Bolivia ante la furia desatada de Ernesto J. Vargas, mientras “Marito” elaboraba sus primeros cuentos y trabajaba sin descanso en las revistas “Turismo” y “Cultura Peruana” y en el suplemento cultural de “El Comercio”, cuando ya no se interesó por sus estudios de leyes, pero sí continuó con los de letras. Hasta que en 1958 vio cumplido su sueño de viajar a París por haber ganado un concurso de cuento con “El desafío”, gracias a la Revue Francaise, y a su regreso recibió el título de licenciado en literatura.
Para entonces ya mostraba un vivo entusiasmo por Cuba y en ese 1958 había escrito manifiestos de apoyo a la Revolución. Pero su futuro empezó a sonreírle más, después de adoptar al escritor norteamericano William Faulkner como guía e inspiración, y tras ganar su libro de cuentos, “Los Jefes”, un premio en España e irse con Julia su mujer a trabajar a París como profesor de español y periodista en la Agencia Francesa de Prensa y en la radio, lo sorprendió en la capital gala la entrada triunfal de Fidel Castro a La Habana, saliendo a las calles a celebrar jubilosamente tan histórica liberación.
En 1962, año en el que ganó el premio Seix Barral por su novela “La Ciudad y los Perros”, visitó por primera vez Cuba, pues estando de corresponsal en México, la Radio-Televisión Francesa lo envió a la isla. Y, luego, aprovechando su estancia en Lima, en 1964 aprovechó para divorciarse de su tía con miras a contraer otra vez matrimonio ahora con su prima Patricia Llosa en 1965 y un año después fijó su residencia en Londres, donde nacieron sus hijos Álvaro (1966) y Gonzalo (1967), mientras que su hija Morgana nacería en Barcelona en 1974, un año después de publicar su cuarta novela, “Pantaleón y Las Visitadoras” (que aborda picarescamente el tema de la prostitución tolerada y fomentada por el ejército) y dos años más tarde “La Orgía Perpetua. Flaubert y Madame Bovary”, y en 1977 “La Tía Julia y El Escribidor”.
GIRO IDEOLÓGICO
Sin embargo, dos hechos fueron decisivos en su giro ideológico: el apoyo de Fidel Castro a la entonces URSS durante la invasión a Checoslovaquia en agosto de 1968, y el acoso oficial a los intelectuales de Cuba en su lucha por la libertad de expresión, teniendo como caso paradigmático el juicio, al estilo Moscú, contra el poeta Heberto Padilla en 1971, mismo año en que Vargas Llosa concluyó su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid con la tesis sobre la obra cumbre de su entonces amigo Gabriel García Márquez, “Cien Años de Soledad” publicada en libro ese mismo año con el título “Historia de un Deicidio”, que le valió severas descalificaciones de los críticos de la isla.
–Mi adhesión a Cuba es muy profunda, pero no es ni será la de un incondicional que hace suyas de manera automática todas las posiciones adoptadas en todos los asuntos por el poder revolucionario –les había advertido con tiempo a sus pares intelectuales y a otros escritores famosos, a quienes invitó en 1971 a firmar una carta dirigida a Fidel Castro en la que le comunicaban su “vergüenza” y cólera por el caso Padilla–.
Finalmente se dio el distanciamiento con algunos célebres literatos que, después de publicada esa carta, siguieron demostrando su adhesión a Castro, como ocurrió con Gabriel García Márquez a quien, para colmo de males, un día descontó de certero puñetazo en el rostro para no volverse a ver ni a hablar jamás, sin que se supieran realmente las razones de tal conducta de Vargas Llosa, pues solamente han circulado versiones sin confirmar por él mismo y ni por Gabo, quien se llevó el secreto a la tumba.
Defensor a morir de la democracia liberal, el futuro Premio Nobel se lanzó como candidato a la presidencia del Perú en 1990, pero lo primero que obtuvo fue un baño de lodo desde todos los frentes y, al final, la histórica derrota frente a Alberto Fujimori en una segunda vuelta que arrojó un resultado sorprendente: 56.5 por ciento contra 33.9, lo que hizo darle la vuelta a la página de inmediato y continuar con su brillante carrera de escritor consagrado, pero ahora naturalizado español, con residencia en Madrid, hasta que le llegó el Premio Nobel de Literatura en el año 2010.
DIVORCIO A LOS 50
DE MATRIMONIO
Crítico del decaimiento de la verdadera cultura –para él la aristocrática o elitista–, hace poco publicó un libro titulado “La Civilización del Espectáculo”, sin presentir siquiera que sería una de las víctimas que denunciaba en sus páginas.
Su nombre y sus fotos en la revista “Hola!” desde mediados del 2015 dieron la vuelta al mundo y nutrieron espacios y tiempo de las revistas del corazón y emisiones televisivas propias de chismes de la farándula, e inclusive alimentaron a medios escandalosos de Londres que dieron pie a que “The New York Times” se enganchara con tan bochornoso asunto, aunque este medio internacional tan serio debió publicar una carta de Vargas Llosa desmintiendo una sarta de versiones infundadas –dice él– y reclamando respeto a su vida privada.
Así es: Mario Vargas Llosa, a sus 79 años de edad, llamó entonces la atención más que por sus novelas, por su divorcio hecho público en la prensa mundial de su segunda esposa Patricia Llosa, su prima y madre de sus tres hijos. La noticia por eso tiene su veta de morbo y más porque nadie se esperaba esa ruptura después de que los esposos celebraron en Nueva York, a fines de mayo de 2015, su 50 aniversario de bodas.
Y más morbo despiertan los comentarios alrededor de este hecho porque Patricia no se esperaba que su veterano esposo le estuviera poniendo los cuernos con la mamá del famoso cantante Enrique Iglesias. Imposible para ella imaginar que tantas atenciones de la familia Vargas-Llosa a Isabel Preysler desembocaran en un romance apasionado. Imposible para los hijos del escritor suponer que era capaz de dejar el hogar por una aventura tan intensa que les ha roto el corazón a todos.
A Mario, el Premio Nobel de Literatura 2010, le rompió el corazón la bella modelo de origen filipino, casada originalmente durante siete años con Julio Iglesias y luego con Carlos Falcó, Marqués de Griñón. Y a ella le rompió el corazón la muerte de su tercer esposo, el político y economista Miguel Boyer, pero más le rompió el corazón la declaración de amor del novelista a la que no se pudo resistir. Y, obviamente, a los Vargas Llosa les rompió el corazón la decisión del jefe de la casa y el mayúsculo escándalo desatado en torno a este affaire.
Por eso no se han hecho esperar las críticas negativas al famoso literato, pero se equivoca la gente que confunde al escritor con el macho que lleva dentro. Y es una actitud teñida de moralina acusar su nueva relación de impúdica, porque todo lo que pertenece a la vida privada es solamente de cada quien. Y, como dijera Blas Pascal, hay razones del corazón que la razón no comprende.
–Lo sorprendente de mi caso -–ha dicho Vargas Llosa–- es que un periódico tan serio como ‘The New York Times’ se haya enganchado con el morbo de un asunto tan personal y haya retomado de un diario londinense dedicado a los chismes, el ‘Daily Mail’, los datos que lo hicieron quebrantar sus principios éticos, y por eso debió disculparse públicamente después de admitir una carta que le envié reclamando su frivolidad.
Víctima de la “civilización del espectáculo”, Vargas Llosa lamenta que le hayan inventado tantas mentiras como que vendió en 850 mil dólares a la revista “Hola!” la noticia de su divorcio con Patricia y su unión con la Preysler. “Peor todavía” –ha reclamado–, publicaron en muchas partes que yo mismo había desparramado datos de esta información en Twitter, cuando yo no tengo cuentas en redes sociales porque todavía soy de los que leen en papel los periódicos y todo lo que me cae en las manos, además de que jamás me presto para hablar de mi vida privada”.
La chismografía, sin embargo, se debió alimentar de la autobiografía del escritor que fue un éxito de librería con el título “El pez en el agua” y en cuyas páginas, de la 355 en adelante, él mismo habla de cómo se enamoró de su tía Julia en 1955 y sufrió lo indecible por la reacción de su familia, pues ella, además, era 10 años mayor. Y luego, obviamente, da cuenta de su matrimonio con su prima Patricia de quien dijo, al recibir el Premio Nobel de Literatura en 2010, que era lo máximo y que le debía todo lo que era, e inclusive la llevó en mayo pasado a Nueva York con sus tres hijos para celebrar sus bodas de oro.
Lo trascendente en este caso, es que Mario Vargas Llosa dará a luz su nueva novela en el 2016, no de corte político sino ahora con un trasfondo policíaco teniendo como escenario su Perú natal, titulada “Cinco Esquinas”. Y que volverá a los cuentos así como que seguirá debatiendo el tema de la libertad en Venezuela y la dictadura de que es víctima este país con Nicolás Maduro. Tampoco dejará de hacer señalamientos de todo lo que es noticia en el mundo.
–No quiero ser una estatua viviente, sino aprovechar mi energía hasta los últimos días de mi vida –expresa cuando alguien le pregunta si no ha llegado ya la hora del retiro para gozar mejor el descanso en esta etapa de su existencia, pues 80 años son 80 años. Y muy bien vividos.







