Para miles de personas recibir un transplante de órgano les representa una verdadera segunda oportunidad de vida, pues de estar al borde de la muerte, gracias a la generosidad de otros logran obtener más años para estar junto a sus seres queridos, aprovechando más la vida.
La Ley General de Salud, en el artículo 314 Fracción XIV, define como trasplante a la “trasferencia de un órgano, tejido o células de una parte del cuerpo a otra, o de un individuo a otro y que se integren al organismo”.
Pero, para alguien que tiene un trasplante, la definición es más importante, profunda y significativa: es una segunda oportunidad de vida.
Tal es el caso de Blanca e Irma, a quienes la vida les cambió hace 15 y 10 años respectivamente, cuando tuvieron la fortuna de “volver a nacer” gracias a un trasplante de hígado.
“DISFRUTO COMO SI FUERA EL ÚLTIMO DÍA”
Blanca Aguilar Yáñez tiene 63 años de edad, hace un par de meses se jubiló tras 46 de servicio docente, pero Blanca se siente como una quinceañera, pues hace 15 años se le dio una segunda oportunidad de vida tras su trasplante de hígado.
“Mi problema fue Cirrosis hepática autoinmune, no me di cuenta porque el hígado es un órgano muy noble que sigue trabajando aunque esté en las últimas, y me fue muy difícil aceptar porque es un problema que se relaciona con bebidas alcohólicas, pero en mi caso fue autoinmune”, recordó.
Blanca tenía 48 años cuando conoció su diagnóstico, el cual la sumió en una profunda depresión al conocer lo avanzado del problema.
“Fue muy difícil, me dicen que mi hígado está muy mal y que me quedaba aproximadamente un año de vida”, recordó.
El amor por sus tres hijos fue su motor para buscar salir adelante, por lo que comenzó la búsqueda de un especialista para tratar su delicado estado de salud.
Fue así como llegó al Hospital Universitario, donde comenzó su tratamiento y tras realizar los estudios correspondientes, fue aceptada como candidata a trasplante de hígado.
Para la mujer, lo más desgastante de este proceso no fue ni el diagnóstico, recuperación o espera por un donante, sino la búsqueda de los recursos para pagar su tratamiento.
Y es que pese a contar con dos servicios médicos, ni uno se quiso hacer responsable de los pagos.
Cuando uno de sus aseguradoras accedió a correr con los gastos del procedimiento, Blanca tuvo la fortuna de encontrar un donador sólo una semana después.
“Estaba feliz, eufórica. La gente que me vio dice que yo entré al quirófano feliz de la vida, con una tranquilidad y una alegría que se me notaba en el semblante porque sabía que era mi oportunidad de vida.
“No podía sentir miedo ni dar marcha atrás porque era lo que yo quería: seguir viviendo para estar al pendiente de mis hijos. Era muy importante para mí seguir en esta vida”.
Tras ocho horas dentro del quirófano, Blanca obtuvo lo que quería: una segunda oportunidad de vida.
Han pasado 15 años desde la cirugía, pero el tratamiento continúa. Cada tres meses, tiene que presentarse al hospital para llevar un control de su estado de salud.
Pero este trasplante no solo hizo un cambio en la salud de Blanca, sino también en su forma de ver la vida.
“Valora uno más cada instante. Cada día de vida amanece uno tan agradecida con Dios que me dé un día más de vida, pongo en sus manos todo lo que me sucede en el día porque es el único que nos tiene marcado nuestro destino; disfruto todo como si fuera el último día de mi vida”.
Agregó que ahora disfruta más cada momento que pasa con su familia y con sus cinco nietos, los cuales “de no ser por el trasplante no hubiera podido conocer”.
Valora uno más cada instante. Cada día de vida amanece uno tan agradecida con Dios que me dé un día más de vida, pongo en sus manos todo lo que me sucede en el día porque es el único que nos tiene marcado nuestro destino; disfruto todo como si fuera el último día de mi vida”.
Blanca, beneficiada con un transplante
“EL CAMBIO DE VIDA ES ENORME E INDESCRIPTIBLE”
Una transfusión contaminada hizo que la vida y salud de Irma Cabriales Gámez diera un giro de 180 grados, pues le provocó el desarrollo de Cirrosis por Hepatitis C.
“Cuando llegó no me di cuenta de nada porque no duele, no te das cuenta hasta que ya es, en mi caso, demasiado tarde”, reconoció.
Su mal estado de salud estaba tan avanzado que al ser diagnosticada, solo le daban seis meses de vida.
Irma describió este proceso como un “viacrucis terrible porque te pones de mal humor, tienes crisis muy fuertes que hasta te encierras para no molestar a los demás.
“Fueron años muy tristes, de mucho dolor, muchas entradas y salidas al hospital, medicamentos fuertísimos que me tumbaron a llegar a ser nada en la cama”.
Incluso, señaló, su condición la llevó a estar cuadripléjica por un periodo de tiempo.
Sus dos hijas, en ese entonces de 9 y 11 años, fueron su gran apoyo en los momentos más difíciles de su proceso.
“A pesar de ser tan pequeñas, tuvieron que madurar en segundos y convertirse en mujeres, prácticamente convertirse en mis madres y apoyarme en todo”, señaló.
Durante este tiempo su temor a no salir adelante la orilló a escribir decenas de cartas para sus hijas, donde les daba consejos de vida y hasta recetas de cocina.
“Yo pensaba que me iba y ellas estaban muy niñas y quería que supieran que hacer y que estuvieran lo más protegidas por mí de no estar en un momento dado.
Fueron tres largos y difíciles años de espera por un donante, hasta que un día recibió la llamada que tanto anheló.
“Se te abre el cielo. Es algo que no puedes describir porque es una alegría enorme que te hablen y te digan que lo que has estado esperando durante tres años, que te ha costado lágrimas, sudor y sangre, por fin llegó”, dijo.
Recordó que previo a entrar al quirófano pidió ayuda a Dios para superar este último paso y así tener una nueva oportunidad de vivir.
Como parte de su recuperación, la cual calificó como un proceso “muy padre”, pasó un mes y medio en una habitación completamente esterilizada, en la que recibía muy pocas visitas.
“Lo que más me molestaba era la cantidad enorme de pastillas que tenía que tomar, eran como 30 en la mañana, tarde y noche”, dijo.
Apenas se recupero, Irma comenzó con la planeación de los quince años de su hija mayor.
“Mi miedo era no poder estar en la celebración de mi hija, pero afortunadamente pude bailar toda la noche perfectamente bien y sin ningún problema”, mencionó.
Para la mujer es indescriptible el cambio en su vida después de su trasplante.
“Así como un día entré, un día salí de esto, gracias al apoyo de mi familia, mi esposo y mis hijas. Siempre estuve muy abrazada, nunca batallé ni me preocupe por dinero, si faltaba o sobraba o de donde salía”, dijo.
Su calidad de vida mejoró al más consciente de lo que puede suceder y de lo que tiene.
“A veces vives en automático y no te das cuenta del amor que te tiene un hijo, el esposo, los padres y la gente que te rodea y de cuanto los quieres tú, porque el día a día te hace olvidar.
“Después de esto te vuelves más consciente del amor que debes dar y que recibes”, expresó.
Pero no sólo su visión de la vida cambió, sino también su cabello, pues afirmó que previo a la cirugía lo tenía liso, y ahora es chino.
Ahora, Irma se dedica en cuerpo y alma a disfrutar a su familia, su trabajo y sus amigos.
“Un trasplante muy recomendable”, bromeó.
“Eso es algo que te deja el trasplante, cada minuto lo valoras mucho más y lo cuidas, dices ‘no voy a perder el tiempo'”.






