La vida de Liliana Castillo no cambio en un consultorio frente a un médico. Comenzó en la sala de su casa, en Monclova, Coahuila, una tarde de febrero de 2025, mientras descansaba junto a su esposo.
Esa noche veía televisión y, como tantas otras veces, colocó el brazo derecho detrás de la nuca mientras la mano izquierda descansaba sobre su pecho. Fue en ese gesto automático cuando algo la hizo detenerse.
“Siempre me recargaba así, era completamente normal”, recordó, “pero esa vez mi mano se topó con algo duro, una bolita que no había estado ahí antes y que incluso se alcanzaba a notar”.
Se incorporó de inmediato y llamó a su esposo; él intentó tranquilizarla, aunque al tocar confirmó que no era una simple inflamación.
“Le dije que traía una bola en el pecho y cuando la palpó cambió la cara, ahí supe que no era cualquier cosa”.
Era sábado por la tarde y decidieron no esperar. Buscaron un laboratorio que realizara mastografías en domingo y acudieron al día siguiente. Lo encontraron a 198 kilómetros de distancia, en Monterrey.
El primer resultado no encendió alarmas mayores. El médico sugirió que podía tratarse de un quiste y le explicó que en los casos de cáncer suelen observarse ciertas manchas blancas que en su estudio no aparecían.
“Eso me tranquilizó porque yo ya había tenido quistes antes y habían sido benignos”, explicó Liliana, quien además se había realizado estudios generales apenas unos meses antes. Con ese antecedente regresó a Monclova convencida de que no era algo grave.
Días después volvió a revisarse y la bolita parecía haber desaparecido. “Me toqué varias veces porque quería asegurarme y no sentía nada, pensé que sí era un quiste y que se había desinflamado”, comentó. Sin embargo, la tranquilidad fue intermitente. La lesión reaparecía y en junio ocurrió un episodio que la hizo dejar de minimizarlo.
Mientras revisaban opciones para asistir a una obra de teatro, su esposo la rozó ligeramente con el codo. “No fue un golpe fuerte, pero el dolor fue exagerado, desproporcionado”, admite, “y ahí entendí que algo no estaba bien porque no era normal que doliera así”.
ALGO ESTÁ MAL
Para julio la molestia era constante. El sostén le provocaba ardor durante todo el día y la incomodidad dejó de ser esporádica.
“Llegó un punto en que no soportaba el bra, me ardía desde que me lo ponía hasta que me lo quitaba, era algo que ya no podía ignorar”.
Solicitó un ultrasonido, aunque la cita se retrasó por un error administrativo, lo que prolongó la incertidumbre. Finalmente, el 9 de septiembre acudió al hospital y desde el inicio percibió un ambiente distinto.
La mastografía se repitió varias veces, la movieron de posición para observar también la axila y distintos ángulos del seno derecho, mientras el personal entraba y salía del cuarto intercambiando miradas que no pasaron desapercibidas.
“Yo veía sus caras y cómo regresaban a repetir la imagen, me preguntaron si tenía tiempo para esperar y en ese momento supe que algo no estaba bien, aunque nadie me lo decía directamente”, relató.
Le recomendaron acudir con una ginecóloga oncóloga y, mientras esperaba la consulta virtual acompañada de su hijo, intentó mantenerse serena.
“Mi hijo me decía que no sacara conclusiones antes de tiempo, que primero escucháramos al especialista; yo trataba de ser fuerte frente a él, pero por dentro ya sentía que mi vida estaba cambiando”, confesó.
La oncóloga fue clara: existía un 95 por ciento de probabilidad de cáncer y era necesaria una biopsia para confirmarlo. El procedimiento se realizó días después y le informaron que el resultado tardaría aproximadamente dos semanas; sin embargo, la llamada llegó antes de lo previsto.
“Me dijeron que ya tenían los resultados y cuando pedí que me los enviaran por correo me explicaron que tenía que presentarme personalmente, ahí comprendí que no era algo menor”, recuerdó.
El diagnóstico fue cáncer de mama triple negativo, un subtipo considerado agresivo porque no responde a terapias hormonales convencionales y puede avanzar con rapidez. De acuerdo con información de la American Cancer Society, este tipo de cáncer representa entre el 10 y el 15 por ciento de todos los casos de cáncer de seno y recibe ese nombre porque las células cancerígenas no contienen receptores de estrógeno ni de progesterona.
Esa combinación limita las opciones terapéuticas disponibles y suele asociarse con un crecimiento más acelerado y un pronóstico menos favorable en comparación con otros tipos de cáncer de mama invasivo.
“Me explicaron que no era un solo tumor, que estaba fragmentado en tres partes dentro del ducto, y sentí que el piso se me movía porque ya no era algo pequeño”, admitió.
Los médicos descartaron una cirugía inmediata debido al riesgo de dispersión celular y le indicaron iniciar quimioterapia para reducir la tumoración y disminuir la posibilidad de metástasis.
“Me dijeron que si abrían primero existía el riesgo de que las células se fueran a los huesos u otros órganos, así que lo mejor era empezar con quimio para atacar lo que no se ve”, explicó.
UNA EXPERIENCIA COMPLICADA
El 22 de septiembre de 2025 inició el tratamiento, con sesiones programadas cada 21 días. La experiencia fue más compleja de lo que imaginaba.
“La quimioterapia no es solo perder el cabello, es el cansancio extremo, las náuseas, los cambios de ánimo; hay días en que te sientes fuerte y otros en que no puedes levantarte”, describió, “aprendes a escuchar tu cuerpo porque él te marca el límite”.
El impacto también alcanzó a su familia. “Mi hermana lloraba y me decía que no sabía cómo iba a soportarlo, y ahí entendí que el cáncer no lo vive solo quien lo tiene, lo vive toda la familia”.
En medio del proceso encontró refugio en la espiritualidad. “Lo que más me sostiene es la oración, meditar me ayuda a no caer en el miedo; me repito que esto es una etapa y que no soy la enfermedad”, aseguró.
Tras completar el esquema inicial, el tumor dejó de ser palpable y ahora se prepara para la cirugía programada para el 11 de marzo. En consulta reciente expresó su mayor inquietud con honestidad.
“No me gustaría perder mi seno, pero tampoco quiero perder mi salud”, afirmó, consciente de que la prioridad es erradicar la enfermedad, aunque exista la posibilidad de optar por una cirugía conservadora si las condiciones médicas lo permiten.
EL DESEO DE AYUDAR
En medio de ese proceso médico, entre estudios, citas y tratamientos, comenzó también otro aprendizaje. La experiencia la obligó a mirar de cerca una realidad que antes conocía solo desde lejos: los costos de los estudios, la espera entre consultas, la incertidumbre administrativa y el desgaste emocional y económico que muchas familias enfrentan en silencio.
Cuando su historia se hizo pública por medio de distintos medios de comunicación, el impacto fue inmediato. “Mi teléfono no dejaba de sonar”, recuerda.
“Recibí mensajes de personas que no me conocían, oraciones, apoyo económico, palabras que me levantaban en los días más difíciles. Y entendí que si tanta gente estaba dispuesta a ayudar, entonces había algo más grande que hacer”.
Esa reflexión la llevó a retomar una idea que había postergado durante años: crear una asociación que acompañe a personas con cáncer, no solo mujeres con cáncer de mama, sino también pacientes infantiles y familias que enfrentan diagnósticos complejos.
“Siempre tuve el deseo de hacer algo por los demás, pero lo fui dejando por miedo, por dudas. Ahora ya no quiero postergar nada. Si estoy viviendo esto, quiero que sirva para ayudar a alguien más”, explicó.
Actualmente trabaja en el proceso legal para constituir formalmente la fundación. Los recursos que había reunido para una cirugía privada, y que finalmente no utilizó tras recibir apoyo institucional, serán destinados a ese proyecto. Está convencida de que la ayuda nunca sobra.
“No importa que ya existan asociaciones. Nunca es suficiente. Siempre hay alguien que necesita un estudio, un medicamento, un traslado o simplemente compañía”.
Por ahora, la estructura es pequeña: su familia y un grupo de personas que se han ofrecido como voluntarias. Su diagnóstico no solo marcó una batalla personal, sino el inicio de una causa.
“El cáncer cambió mi vida, esos es innegable, pero no me quitó mis planes. Tengo miedo, pero también tengo fe y metas. Y mientras tenga eso voy a seguir”.


















