¡Gora San Fermín!

El grito de batalla por excelencia en Pamplona. Un cohetón —tan emblemático en estas fiestas navarras— da el banderazo de salida a esta ceremonia que se extiende durante 204 alocadas horas. Como en los encierros (la famosa carrera delante de seis pares de cuernos bien afilados), pocos aguantan el tramo completo. No importa. Un par de días bastarán para adentrarse bien en ese “pachangón” con tintes religiosos y de culto (o de reto) al toro. Una fiesta donde no sólo corren españoles y turistas aterrados, sino el alcohol, la adrenalina a tope, la resistencia humana. Al final se entiende esa canción tan pegajosa, himno de ese ejército que viste de blanco con elementos rojos: “A Pamplona hemos de ir, con la fiesta, con la fiesta…”.

 

I
“Es como el bungee… ¡pero sin cuerda!”. “No tengo los cojones para entrar”. “Es como el sexo, primero asusta… ¡pero luego quieres repetir!”. “Quiero llegar a viejo, ¡ni de coña me paro ahí!”. “¡Es acojonante, tío!, no hay nada igual”. “¿Quieres contarle algo en verdad interesante a tus nietos?”.
Bajo el fresco de la madrugada, que al norte de la península ibérica no es cualquier cosa, la afición está dividida. En plena fiesta, entre locales desbordantes de ambiente, la mayoría de los que acuden a honrar a San Fermín coinciden en que los encierros son el punto más importante de la fiesta, lo que marcará si en realidad viviste esa celebración, pero no todos están decididos a meterse al callejón. De ahí que no haya comentario igual para quien desea medir las aguas, pues se anuncia decidido a debutar en el acto central de los “sanfermines”.
Sí, arriesgar la vida en la famosa pamplonada no depende de lo que diga un carrusel de amigos ocasionales, generalmente “entraditos” en alcohol, sino lo que indican las crónicas o, mejor aún, lo que dicta la razón al ver el escenario. Aunque coinciden en que el encierro es algo bastante serio, peligroso pues, lo cierto es que, por lo menor proporcionalmente, son mínimas las posibilidades de pasarla en verdad mal. Pese a las estadísticas, no dejan de rondar por la mente el recuerdo de escenas trágicas o el consejo de algunas voces sobrias. La raza que horas antes de los encierros ya está medio alcoholizada, afirma que éstos son la neta del planeta, que no son tan peligrosos como dicen algunos “pringaos” (pendejos) y que no hay nada más “guay” (chido) que eso. Se les cree, entusiasma escucharlos, aunque igual pone a pensar el que un nativo de Navarra, un “tío” joven, grueso e increíblemente sobrio para estas horas de la fiesta, admita sin pena que nunca ha corrido los encierros en su vida, que le faltan… ganas.
Pese a que los sanfermines son una fiesta bastante completa, donde no todo es desmadre, la verdad es que los “fuereños”, entre ellos cientos de gringos, llegan atraídos por los famosos encierros y, claro está, por el ambiente nocturno-matutino, donde amanecerla es tan normal como mentarle la madre al árbitro en un estadio de futbol.
El encierro es el clímax del festejo (que es tan temprano que es preferible esperarlo despierto), pero nadie le hace “fuchi” al ambientazo. Y la pachanga no inicia al bajarse del autobús, sino desde los lugares que parten. Sorprende que desde Madrid (a cinco horas de Pamplona en coche) ya venga la raza con sus “litronas” (caguamas) o “minis” (vasos de a litro) bebiendo, cantando y afirmando que los toros les harán los mandados. Llegarán a inicios de la madrugada a Pamplona, “afinados” para unirse al bullicio nocturno, que, al estilo español, deambula de local en local.
Van cargados de ganas de divertirse, pero igualmente de fuerzas, que van a necesitar para aguantar el tramo. Y es que ir a los sanfermines —se corra o no en el encierro— requiere de un cierto toque aventurero, de vivir un poco al extremo. Se sabe de antemano que no hay hoteles libres, que igual no habrá donde bañarse, donde guardar la mochila, pero parece no importar. El menú, cuyo plato principal es ese binomio riesgo-ambiente, vale la pena. Saben que la fiesta llegará de cajón, con tan sólo pararse en una esquina o plaza del centro pamplonés; el riesgo, aunque se antoje vivirlo, no siempre es posible.
Y es que, como suele suceder, todos dicen querer vivir la experiencia, pero al final se la piensan demasiado, se retractan cuando les cuentan como se ponen los madrazos o de plano ni se acuerdan de lo “pedo” que andan. Estos últimos, que aquí son los más, se quedarán prendidos de la botella o dormidos en una banca, jardín o rinconcito de la calle, con lo que no estarán listos a las 7:00 de la mañana, cuando hay que ingresar a esa especie de matadero de 846 metros de largo, que está tan bien cercado que parecería que lo que se vendrá son tanques de guerra y no unos “pinches toros”, como decía un compatriota, envalentonado luego de ingerir algunos litrillos de calimotxo (vino tinto preparado con refresco).

 

II
Las fiestas en honor a San Fermín —copatrón de Navarra y patrón de la diócesis pamplonesa— son populares y en ellas, se dice, no vale ser mero espectador. A pesar de los años, los “sanfermines” siguen manteniendo como protagonista la calle.
Se dice que la fiesta dura 204 horas —del mediodía del 6 de julio (con el famoso “chupinazo”, un cohetón que declara abierta la cantinota) a la media noche del 14 de julio—, y es verdad. Se puede llegar prácticamente a cualquier hora y no faltará una barra donde tomar o una mesa donde comer.
Es cierto, por la tarde la intensidad baja, pero no faltan los que sin hotel siguen la fiesta, mezclándose en el ambiente familiar que se respira por la tarde-noche. El chiquero en que había quedado la calle, con un alto olor a orines y restos de alcohol, ha desaparecido. Los servicios municipales, en un dos por tres, han limpiado las calles y plazas, que serán tomadas por las familias, con lo que la calle pamplonesa no descansa. Los “críos”, ataviados de las ropas adecuadas para la ocasión (pantalón y camisa blanca, y pañuelo y faja en rojo), corren sin parar. Quien iba a pensar que ahí, donde horas antes estaban un grupo de chavos metiéndose mano, bebiendo como locos y fumando “porros”, ahora está sentada una viejita que vigila el corretear de sus nietos.
Sorprende el rigor con el que los pamploneses se toman lo del uniforme (si eres fuereño y no quieres quedar como el prietito en el arroz, por módicos 25 euros, unos 400 pesos mexicanos, te venden “uniformes sanfermin” a la medida). El pañuelo, anudado al cuello a partir del arranque de la fiesta, es el distintivo con mayor significado de la vestimenta, según cuenta una señora que toma el sol en la Plaza del Castillo, ubicada a pocos metros de la Plaza de Toros. “Se lleva en el cuello mientras duran los sanfermines”, asegura. “Eso es muy viejo, más que lo de las ropas blancas, que se impuso en los setentas”.
Estas estampas, además de los restaurantes llenos de familias, los diferentes desfiles de las peñas taurinas (tan animados como una barra futbolera) y la propia corrida de la tarde, indican que San Fermín no es sólo desmadre. La agenda es vasta. Hay novilladas, corridas para niños, espectáculos acrobáticos de motociclistas y especies de saltimbanquis, “lidia” de vaquillas, desfiles tradicionales, fuegos artificiales y conciertos populares, lo que hace que las fiestas no aburran a nadie.
La agenda es buena, sí, pero el encierro es lo que vienen a ver los de fuera, lo que tratan de presumir los locales (los mejores “corredores”, claro está, son de Navarra). El famoso encierro consiste en correr, preferentemente delante de los toros, un tramo de calle convenientemente vallada. Tiene como fin trasladar los astados desde los corrales de Santo Domingo hasta los de la Plaza de Toros donde, por la tarde, serán lidiados. En total corren seis toros (los que van a ser toreados) y dos manadas de mansos, que aunque lucen igualmente impresionantes, son tan tranquilos como un pony.
En un principio, cuentan las crónicas, se trataba sólo de llevar hasta la plaza los seis toros, pues, claro, no había camiones. Luego la gente se fue animando a correr delante de los toros, por aquello de la emoción y el riesgo. Con el tiempo el número de corredores fue aumentando hasta convertirse en el espectáculo que es hoy.
El primer día —luego de que la policía me pidiera salir del recorrido por andar con mochila y cámara fotográfica (igualmente intentar correr con zapatos u objetos inapropiados no está permitido)— fui obligado a ser mero espectador. Dado que el recorrido se cumple en un promedio de dos minutos, el espectáculo es muy fugaz, además de que son muy escasos los lugares buenos para atestiguar el festejo. Algunos esperan horas, soportando incomodidades, para simplemente ver unos segundos de acción.
Y es que si el recorrido es corto, el vallado es menor, pues realmente es para cercar las entrecalles y con ello establecer ese pasillo sin salida que se forma en las tres principales vías por donde pasa la manada. Los que llegan tarde (algunos apartan su lugar desde antes de las 5:00) tendrán una vista pésima, donde realmente solo verán, entre decenas de cabezas, una mancha humana que pasa a una velocidad endiablada. Se puede decir que si no se madruga, o si no se renta un balcón ubicado en alguna de esas calles (que se ofrecen a precios excesivos), realmente no se ve más que el tumulto, ambientado por el griterío.

 

 

III
El encierro pasó como un cometa. No se observan contratiempos. La policía, luego de escucharse el tercer y último cohetón —que indican que los toros ya están en la plaza y en sus corrales respectivamente— deja que la gente invada el escenario. Siguiendo el recorrido, con la idea de llegar a la plaza, vemos que atienden a algunos raspados o pisoteados.
No fue posible ver mucho, por lo que seguiremos preguntando a los “mozos”, como se le llama a los corredores del encierro. En resumen, además de destacar que se requiere mucho producto de gallina, afirman que el acto requiere más que ganas, pues exige reflejos para saber entrar y salir de la manada; experiencia para conocer el mejor sitio donde correr; agilidad para salvar el pellejo en caso de dificultades; habilidad para poder desenvolverse junto a centenares de corredores que pretenden lo mismo; y, por supuesto, velocidad. Y es que los toros, a pesar de su impresionante peso (algunos de hasta 600 kilos), corren a un ritmo endiablado. De hecho, los más rápidos son capaces de cubrir el recorrido a una velocidad media superior a los 25 kilómetros por hora, lo cual para las condiciones del trazado, con tres curvas (una ya famosa, de 90 grados), una muchedumbre estorbando y un suelo muy irregular, es una proeza.
Aunque en la tele los encierros parezcan divertidos, la verdad es que es lo contrario (despiertan un miedo rico, raro). Sí, al ver las crónicas es fácil decir “yo quiero ir allí”, pero la realidad es otra. Y lo peligroso, aparte de los mismos toros, lo pone los mozos, que se estorban y empujan, o distraen a los animales, que corren tan asustados como ellos. La vieja guardia pamplonesa se queja de ello. Preferirán que no corrieran novatos, pero entienden que la muchedumbre es parte de la tradición. Por la convocatoria que tienen los sanfermines (aunque parezca contradictorio), se veneran las crónicas de Ernest Hemingway (1899–1961), que con “The sun also rises” (editada en España como “Fiesta”) le dio fama mundial al festejo. Los pamploneses lo admiten: hasta que el escritor no conoció, vivió y difundió las fiestas, los sanfermines era un acto festivo casi íntimo, con contadas y esporádicas visitas de gentes llegadas de otros puntos del planeta. Gracias al norteamericano —y más recientemente a los noticieros de muchos países—, San Fermín ha llegado a tan altas cuotas de popularidad internacional, especialmente en Estados Unidos, por lo que es normal ver tanto “gringo loco” tentando a la muerte.
El encierro está marcado por cuatro cohetazos. A las 8:00 en punto se dispara un primer cohete, que anuncia la apertura de la puerta de los corralillos de Santo Domingo, mientras que un segundo indica que todos toros han salido. A partir de entonces el recorrido se reconoce por diferentes puntos: Santo Domingo (280 metros de pendiente pronunciada; es uno de los tramos más violentos y peligrosos), Plaza del Ayuntamiento y Mercaderes (100 metros; tramo menos peligroso, a pesar de que técnicamente es el más complicado por su doble curva), Curva de Estafeta (giro de 90 grados a la derecha, hecho que provoca que los toros resbalen), Estafeta (ligera pendiente; largo y estrecho, es uno de los tramos más concurridos; no hay refugios), Bajada de Javier (el trote de la manada aminora notablemente; tramo peligroso), Telefónica (embudo de 100 metros; el cansancio ralentiza aún más la carrera y favorece su desmembramiento, situación peligrosa por excelencia), Callejón (tramo descendente hacia la Plaza de Toros en forma de embudo) y Plaza de toros. Una vez que todos los astados entran en el coso taurino suena el tercer y cuarto cohete.
Uno de los momentos más emocionantes de esta carrera de locos, minutos antes de que se inicie el encierro, es cuando los mozos se encomiendan a San Fermín, y cantan tres veces ante una hornacina que se encuentra en los primeros metros del recorrido: “A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón, nos guíe en el encierro, dándonos su bendición”, cantan al unísono. Finalizan con los gritos de “¡Viva San Fermín!, ¡Gora San Fermín!”.

 

IV
Luego de 24 horas de espera, de las que siempre quiero acordarme, llega un nuevo encierro. Con la adrenalina el cansancio no hace mella. Puntuales, a las 7:00, se abren las puertas para ingresar al recorrido; ahí va, además de señores que transpiran que durmieron y almorzaron bien, la chaviza desaliñada que llega prendida de la divertida espera. Aunque todo pinta muy normal, como si pasearas por un mercado popular, hay una sensación de que los que están ya acomodados para ver el encierro se compadecen de uno.
“Ese irá a correr con tamañas bermudas”, pensará aquella sobre mi. “Ese se ve que está cagado de miedo”, dirá aquel. La verdad es que, a una hora de los cocolazos, la sensación es parecida a cuando se avecina un broncón: pase lo que pase alguien saldrá madreado, y uno espera no ser ese.
Los mozos son concentrados en la primera mitad del recorrido. En ese corral humano, la policía vigila que nadie inadecuado se meta al encierro. Sacan borrachos, chicos que se ve que planean andar de payasos, poniendo en peligro la vida de los demás. La espera es larga y cala el fresco. Todos tranquilos, platicando o viendo el periódico, que enrollado servirá para pegarle al toro en un apuro. Muchos empiezan a calentar piernas. Se escuchan intercambios de anécdotas, luego de leer las crónicas del día anterior o ver los toros que van a enfrentar hoy. Los más experimentados se buscan en las fotos, que los diarios navarros despliegan bien.
De los corrales al santuario de San Fermín no hay corredores. Ese tramo es el más rápido, según me cuentan un tipo. Dado que la calle es inclinada y que los toros tienen las patas delanteras más chicas, pues toman un impulso tremendo (hay que sumar que salen aterrados). Incluso, de acuerdo a un reportaje del Diario de Navarra, el velocista más rápido de la historia en los 800 metros (distancia que mas se aproxima al recorrido) no vencería a algunos toros que han bajado la marca de los dos minutos.
Los nervios empiezan a aflorar cuando los corredores aceleran el calentamiento. A pocos minutos de la faena se abre la reja que despeja todo el recorrido, con lo cual los mozos se empiezan a dispersar, escogiendo el tramo que creen les favorece. Pregunto a un señor qué tramo es el mejor para un novato, el menos peligroso, y sólo se queda callado. Lo dejamos a la suerte.
Faltan cinco minutos. La inicial indiferencia al reto acaba de correr despavorida; ahora el temor se siente en el estómago. Escojo la calle Estafeta, donde los toros, según yo, toman un nuevo impulso al pasar una curva de 90 grados. Allí, bajo la mirada de decenas de personas que miran desde los balcones, la adrenalina se enciende, principalmente cuando los mozos empiezan a aplaudir y gritar “¡toro, toro, toro!”. Unos brincan, otros empiezan a corretear de un lado a otro. La gente de los balcones lanza miradas de compasión. A esa hora es difícil retractarse. Se puede, pero imagino que uno sería la burla del respetable. “¡Zacatón!”, dirán las chinas o gringas que desde la barrera se ven más asustadas que uno. La gente entiende que nos jugamos más que la anécdota, y empiezan a aplaudir.
No se los demás, pero los minutos me parecen eternos. En ese momento se dimensiona el atrevimiento. “¿Y si me alcanza?”, “¿y si me aplastan?”.
Sabías a lo que venías, te contestas como último impulso. El ambiente, que se eleva al cuadrado cada segundo que falta, te ayuda a pensar en otra cosa. Volteas a todos lados, como trazando una estrategia. Correr por el centro de la calle es lo mejor, pero lo más arriesgado… iré por un ladito. Será mejor que… ¡PUM!, suena el primer cohetazo y con ello el griterío es ensordecedor. Todos brincan, gritan… ¡PUM!, el segundo, con lo que los toros ya vienen… ¡Ya valió madres!… ¡a correr! La mayoría empieza a correr sin despegar la vista atrás, esperando la manada, por lo cual muchos caen al suelo tras chocar entre sí. Dicen que es mejor “agarrar vuelo”, entonces allá vamos.
Empiezo a correr, pero un tipo se atraviesa y ¡zaz!, al piso. Me levanto como rayo, como si el suelo quemara. A los dos metros veo una montaña de “caídos”, y los esquivo. Entre el griterío escuchamos ¡PAM!, el estruendo de los toros al chocar con curva de Mercaderes y Estafeta, lo que indica que los astados ¡están justo atrás de nosotros! Todos aceleramos el paso, como si viéramos al mismo demonio, por lo que todos empiezan a empujar, a gritar, a caer. Algunos, haciendo trampa (o siendo más listos), ya están colgados de una ventana.
Acelero todo lo que traigo, y a los pocos segundos, mirando de reojo, veo la manada pasar como bala, como si un “vocho” sin frenos entrara por Morelos un domingo en la tarde. Sin problema nos rebasan. Corren como poseídos.
Nadie les aguanta el paso. Los experimentados se colocan delante de ellos, para la foto, y de inmediato se apartan. Normalmente, dado que el paso del toro es fugaz, ahí quedaría la historia, viendo alejarse la manada. Normalmente es así, pero en el sexto encierro de San Fermín 2007 la historia nos tenía preparada una sorpresa en manos (o en patas) de “Universal”, un toro de Marqués de Domecq con ganas de pleito.
Había leído que cuando un toro se rezaga, la cosa se pone fea, y vaya que lo fue. Pensando que todo había pasado, dando gracias de seguir completo, volteo hacia atrás y el miedo se reactiva, como en esa pelis en que el monstruo, luego de diez balazos, le toma la mano a la protagonista. Hasta los experimentados se asustan. El toro rezagado corre para todos lados, embistiendo a quien se le atraviese. Los pastores (que van de verde y armados con una larga vara) se juegan el pellejo tratando de encarrilar al toro a la plaza. La misma novatez de muchos (me incluyo) hace que el toro se distraiga a cada momento y corra a todas direcciones. Desgraciadamente estoy en el tramo entre el toro y la plaza, lo que indica que inevitablemente pasará por aquí.
Corremos todos cuando enfila a la plaza, pero nos quedamos expectantes, arremolinados en un portal, cuando vemos que se regresa. A lo lejos vemos con estupor que “coge” a un chaval; lo sacude como trapo viejo. Se trata, luego me entero, del mexicano que se hizo famoso por ser “cogido”, literalmente, por el toro. La gente grita pensando lo peor. Los pastores se ven desesperados. Los corredores experimentados corren a centímetros del toro, animándolo a que los persiga. Lo hace, pero otros que corren para atrás, o a un lado, lo distraen. Se aproxima a donde estoy. Se ve tan encabronado que pobre al que agarrare. Transpira coraje, se siente en su mirada. Corre a nosotros, un grupo de novatos que nos arremolinamos en un rincón, el cual, obviamente, ya estaba saturado. Quedo en la peor parte, la más expuesta si el toro decide jugar burro bala. Me quedo quieto, observando que el morlaco anda por la otra acerca. Aprovecho que voltea para correr lejos, junto con otro asustado, pero en eso voltea y ¡se enfila hacia nosotros!
Afortunadamente, en fracciones de segundos, cambia de ruta, ¡ufff!, pues un corredor lo distrae.
En medio del pánico, veo un rincón libre y me pego como imán. Finalmente “Universal”, que ocasionó que nuestro encierro debut fuera “el más peligroso y dramático de los últimos años”, según la prensa, se fastidia de empitonar cristianos (dos de ellos hermanos, que curiosamente cogió de una misma cornada) y emprende carrera.
Pálido, recuperándome del susto, veo que decenas de corredores siguen rumbo a la plaza. Inconscientemente los sigo. Este tobogán me ha dejado sacudido… pero busco la escalera para volverme a subir. Lástima, el siguiente capítulo será hasta mañana, pero esperar otras 24 horas es inhumano. Con la adrenalina a tope, me retiro del circuito. Mi cara, entre satisfecho y asustado, hace que dos señores pregunten: “Eh, chaval, ¿de dónde sois? “De México”, respondo. “¡Hombre, que no pasa nada, tío!”, me dice uno tocándome el hombro. “Es más peligroso andar caminando sólo en el DF que esto, ¿no?”. Solamente sonrío. Cada quien teme a las bestias que quiere.

 

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