FRANKENSTEIN. ¿Quién es el monstruo?

En el clásico literario de Mary Shelley, el doctor Víctor Frankenstein (Oscar Isaac) forma una criatura (Jacob Elordi) en base a partes humanas de diferentes cadáveres. El ser, al tomar consciencia, es despreciado por su aspecto grotesco; nadie lo quiere y, ante las agresiones, debe defenderse y exhibe una fuerza descomunal y destructora.
En la película Frankenstein del director mexicano Guillermo del Toro se cuestiona la naturaleza de los dos, y sus motivaciones. La conclusión es que el científico es el verdadero monstruo, por jugar, movido por la vanidad de su genio desbordada, a ser un creador divino, sin tener contemplaciones hacia esa forma humanoide a la que le ha dado vida, que comienza a desarrollar sentimientos y busca, pese a su aspecto horroroso, ser amado.
La superproducción merece todos los elogios que ha recabado en estas semanas iniciales de exhibición. Netflix le permitió al cineasta sacar completa la baraja de trucos visuales, sin límite de presupuesto. Se ve que empeñó toda su pasión para aterrizar este que, ha dicho, es el proyecto más anhelado de su fructífera trayectoria.
El arte gótico y el vestuario victoriano crean una atmósfera de lejanía e irrealidad, parecida a una pesadilla, para un personaje salido del averno que, paradójicamente, es muy humano; el look impecable de la cinta empieza por la fotografía de Dan Lausten que proporciona una tonalidad parecida al verde enfermo, como la cabeza del doctor, que sueña con la trascendencia a través de una obra que lo consagrará, pero que terminará por quitarle todo.
Frankenstein va contando sus recuerdos: en el inicio se encuentra en el interior de un barco, varado en un paraje helado y rodeado de rudos marineros; mientras va relatando la historia de su criatura, está a su acecho afuera de la nave, en espera de abordarla. No se sabe si quiere que dialoguen, si busca destruirlo, si su afán es de venganza.
El brillante pensador ha terminado arruinado. De su galanura inicial no queda más que un remedo, pues ya está desaseado, agónico y temeroso. Su historia es la del triunfo del ego, pero, al mismo tiempo, la derrota de la humanidad, que ha sido alterada por un tipo de inteligencia mayor que transgredió el orden natural, para sentirse superior.
En la segunda parte, el protagonismo cambia. Es ahora la criatura la cuenta, desde su propia perspectiva la vida miserable que el médico le ha deparado. El conflicto se vuelve edípico, pues hay primero una aceptación del padre al hijo, por la algarabía de la hazaña creativa; pero pronto surge el rechazo, al encontrar que la creación no es de su agrado.
Aborrecido, el monstruo se vuelve una criatura trágica, una víctima de su creador; siente que al recibir vida sin pedirla, ha sido víctima de un acto de crueldad, no el beneficiario de un gesto de amor. Como un ser que busca su origen desde una perspectiva existencial, el monstruo ha desarrollado una conciencia aguda que lo mueve a filosofar y a cuestionar su propia presencia en el mundo. Con extraordinario candor, quiere tener a alguien que lo comprenda, una pareja. Pero al saberse malquerido, decide dimitir al máximo don que le ha sido conferido. Pero hasta en eso tiene mala estrella el pobre adefesio, pues para él la vida es irrenunciable.
Del Toro se cuidó de hacer una interpretación personalísima de uno de los monstruos más famosos de la literatura. La anécdota que ha cautivado a generaciones, ha sido adaptada previamente con numerosas lecturas al cine. En esta el mexicano se vuelva hacia las emociones. En su caracterización, Isaac brilla como el doctor irreflexivo y lleno de impulsos perniciosos, que en su psique desviada busca reconstruir lo que la vida le ha quitado, principalmente a su madre, tan desdeñada por su opresivo padre.
Pero los elogios principales van para Elordi, que sabe darle al monstruo una tesitura emocional equivalente a la de un paria con un destino marcado por la desgracia. Porque al final, no deja de ser una víctima de un mal padre que, freudianamente, ha decidido no amarlo, pues no cumple con sus expectativas. Su retrato del ser es melancólico y vulnerable, dentro de toda su conformación orgánica indestructible, hecho para superar el fin del mundo.
Frankenstein es una obra maestra, una de las grandes películas de la década que consagra a Guillermo del Toro como uno de los grandes cineastas del nuevo milenio.
@LucianoCampos G

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