El vagón rosa: entre la intención y la realidad

El llamado “vagón rosa” del Metro de Monterrey nació como una medida para ofrecer mayor seguridad a las mujeres usuarias del transporte público y prevenir el acoso. Este espacio es exclusivo para mujeres, niños menores de 12 años, personas adultas mayores y personas con discapacidad.
La modalidad comenzó oficialmente el 8 de marzo de 2018, en el marco del Día Internacional de la Mujer, como un programa piloto implementado por Metrorrey. En su primera etapa, el vagón operaba únicamente en horarios de alta demanda: por la mañana, de 6:00 a 9:00 horas, y por la tarde, de 17:00 a 20:00 horas. El resto del día, el espacio funcionaba como vagón mixto.
Tras casi dos años de operación y evaluaciones, en febrero de 2020 el Gobierno de Nuevo León anunció que el programa se volvería permanente. Desde entonces, todos los trenes del sistema Metrorrey deben contar con un vagón destinado a este uso exclusivo, generalmente ubicado al inicio de cada convoy.
El metro forma parte del día a día de miles de personas que trabajan o estudian en el área metropolitana. Es el transporte que nos lleva temprano, puntuales o, en ocasiones, tarde a nuestros destinos. Dentro de este sistema existen vagones mixtos y el vagón exclusivo para mujeres, aunque en la práctica esa división no siempre se refleja en una experiencia más segura o cómoda.
En el vagón mixto, por ejemplo, hay momentos en que el espacio está casi vacío y otros —sobre todo en horas pico— en los que moverse resulta imposible. Se empujan mochilas, se derraman cafés y se libran pequeñas batallas por un lugar para sostenerse, especialmente entre estudiantes y trabajadores que viajan con prisa.
Sin embargo, el vagón de mujeres tampoco está exento de problemas. Con frecuencia no se respeta su carácter exclusivo. Nunca faltan los hombres que deciden subir “retando” la norma, aun sabiendo que no les corresponde usar ese espacio. Algunas usuarias se acercan a pedirles que se retiren; otras prefieren guardar silencio. En ocasiones, elementos de seguridad suben al vagón para verificar que se cumpla la regla e incluso bajan a quienes no deberían estar ahí, pero esto no ocurre de manera constante. Muchas veces, la escena termina en discusiones, resistencia e incluso enfrentamientos verbales.
A esta problemática se suma otro punto crítico: la falta de infraestructura adecuada. Los espacios designados para personas en silla de ruedas no están realmente diseñados para facilitar su movilidad. La semana pasada, por ejemplo, dos personas en silla de ruedas abordaron el vagón y terminaron literalmente aplastadas entre la multitud. No fue por falta de voluntad, sino porque el metro iba completamente lleno. Dos realidades se enfrentan: quienes necesitan avanzar para llegar a su destino y quienes requieren un espacio accesible que, en la práctica, pocas veces existe.
Subir al metro es, por sí mismo, todo un reto. Muchas personas quieren entrar, sentarse o al menos alcanzar un tubo. No todas logramos hacerlo; muchas —y me incluyo— somos de baja estatura y, ni estirándonos por completo, alcanzamos a sujetarnos correctamente.
Y cuando no te sostienes bien, llega el conocido “frenón”. Ese movimiento brusco que empuja a todas hacia un lado para luego devolvernos al otro. En esos momentos hay empujones, cosas que se caen y cuerpos que chocan. Se supone que el frenado no debería ser tan abrupto, pero ojalá quienes conducen los trenes lo entendieran desde la experiencia de quienes viajan de pie, apretadas y sin un punto firme de apoyo.
Bajar del metro tampoco es sencillo. En muchas estaciones desciende una gran cantidad de personas al mismo tiempo que otras intentan subir. Alcanzar a salir cuando el vagón está lleno se vuelve una misión complicada. La regla básica de “primero bajan y luego suben” rara vez se respeta, lo que genera empujones, molestias y, en más de una ocasión, discusiones.
Lo que se vive en el vagón rosa no es una experiencia individual. Coincide con lo que otras usuarias relatan diariamente. Algunas señalan que, en estaciones como Sendero, al llegar el tren de regreso, el vagón deja de ser exclusivo para mujeres, generando un momento particularmente vulnerable. Al abrirse las puertas, decenas de hombres esperan afuera para subir de inmediato, provocando empujones, bloqueos y situaciones incómodas justo al momento de descender. “Te cuidas todo el trayecto, pero al salir te empujan o no te dejan moverte”, relata Sonia, una usuaria del servicio.

Otras mujeres coinciden en que el uso del vagón rosa no se respeta de manera constante. Aseguran que la presencia de hombres dentro del espacio exclusivo genera inseguridad y tensión, y que en muchas ocasiones, al pedirles que se retiren, éstos reaccionan con molestia, se ponen a la defensiva o incluso adoptan actitudes agresivas.
En algunos trayectos se llega a notar la presencia de guardias o personal de vigilancia, pero las usuarias señalan que esto ocurre principalmente en estaciones muy concurridas u horarios pico. En el resto del día, la supervisión prácticamente desaparece. Esta situación se acentúa durante eventos especiales o aglomeraciones, cuando el vagón exclusivo llega a convertirse en mixto sin una explicación clara, pese a que su finalidad es precisamente proteger a grupos vulnerables.
También hay coincidencia en que, aunque algunas mujeres intentan señalar la falta de respeto de manera pacífica, rara vez se observa una intervención directa de las autoridades. “Nunca he visto que realmente intervengan”, menciona Gloria, una usuaria, quien agrega que cuando son las propias mujeres quienes explican la norma, la reacción del hombre involucrado suele ser violenta o intimidante.
Ante este panorama, varias mujeres consideran urgente reforzar la seguridad y la difusión del uso correcto del vagón rosa, así como establecer una política de cero tolerancia para quienes incumplen la norma. Incluso cuestionan por qué existen multas para otras faltas cotidianas, pero no consecuencias claras para quienes invaden un espacio destinado a garantizar la seguridad de mujeres, niñas, adultos mayores y personas con discapacidad.
La mayor parte del tiempo, este espacio que fue pensado como una medida de protección termina siendo un lugar en el que muchas no se sienten cómodas. El respeto y la vigilancia parecen aparecer solo en los horarios de mayor afluencia, cuando hay más ojos mirando, pero desaparecen cuando el flujo de personas disminuye.
Entonces, ¿el vagón rosa está fallando como política pública o está fallando la manera en que se aplica? ¿De qué sirve contar con un espacio exclusivo si no se garantiza su respeto ni su vigilancia constante?
La pregunta final sigue en el aire: ¿quién protege realmente a las mujeres cuando el vagón que debía ser seguro deja de serlo y nadie interviene?

 

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