Existen víctimas de acoso quienes, haciendo acopio de valor, deciden enfrentar a sus agresores quienes, en muchos de los casos, deciden huir y esconderse. Y aunque la decisión no puede ser la ideal, para estas chicas representa un alivio saber que, al menos en una ocasión, pudieron enfrentar sus miedos.
Cansada de miradas y comentarios denigrantes sufridos en la calle, Jessica Arenas, una joven estudiante de 22 años, enfrentó y grabó en video a sus acosadores, quienes al ser captados en cámara se taparon los rostros y se alejaron del lugar.
La joven compartió el video a través de su perfil de Facebook, donde la mayoría de los comentarios fueron de desaprobación y odio a los sujetos, además, predominó la reacción “Me Enoja” en la publicación.
El suceso se dio en el estacionamiento ubicado a un lado del Casino Monterrey, que se encuentra entre las calles Juan Zuazua y José María Coss, a la altura de la salida de la estación Zaragoza de la Línea 2 del Metro.
Horas después de haber vivido tan horrenda situación, fue reconocida por sus amigos, familiares y contactos en redes sociales como una mujer valiente. En palabras suyas, le sorprendió que ninguno de sus conocidos hombres se burlara de ella.
Con el fin de levantar la voz, Jessica comparte su testimonio y extiende su pensar sobre este tema tan polémico que es el acoso a las mujeres.
“Todo comenzó el miércoles 20 de noviembre. Por las mañanas hago mis prácticas en Ciudad Universitaria y en las tardes trabajo en el Mercado Barrio Antiguo, utilizo el Metro para hacer el trayecto más rápido y ameno. Al salir de la estación, reviso mi celular para ver mensajes o notificaciones, ya que ahí abajo no hay señal.
“Para acortar el camino a mi trabajo paso por el estacionamiento del Casino Monterrey. Llevaba dos semanas haciéndolo y veía que otras personas también lo utilizaban para no dar tanta vuelta”, relata.
Mientras pasaba, escuchó unos susurros por parte de los franeleros que trabajan en el aparcamiento, y el comentario que terminó por detonarla fue que le dijeran “mamacita”.
“Fueron como 2 segundos en los que mi sentido de advertencia me dijo: tienes la cámara abierta, voltea y grábalos, el teléfono es tu única arma. Encaré a estos tipos y les pregunté: ¿Qué estaban diciendo?, uno de ellos se tapó la cara y el otro se comenzó a reír y aseguró que no me habían dicho nada.
“El que nada debe nada tema y estos tipos hicieron lo mismo que hacen todos los acosadores; se ríen y se tapan la cara. Antes de irme les dije: muy valientes cuando no los graban, y efectivamente siguieron burlándose. No puede ser que existan personas que te digan palabras tan asquerosas a tus espaldas y cuando los enfrentas niegan todo”, comenta con coraje.
Tras haber pasado ese momento tan incómodo Jessica lloró, corrió hacia su trabajo y le contó lo sucedido a su amiga con quien comparte turno. Con más dudas que certezas, publicó el video en Facebook sin saber las reacciones que generaría.
Minutos después de compartirlo, recuerda que comentarios como “que valiente eres”, “hijos de la chingada” o “hiciste lo que muchas anhelamos hacer”, fueron unos cuantos de los que su publicación generó.
“Me encantó leer esas muestras de apoyo y que reconocieran lo que hice, pero esto fue una señal de alerta. ¿Por qué las mujeres tenemos que ser valientes, o el salir a la calle con falda o vestido es sinónimo de valentía para nosotras?
“Ese día no llevaba vestimenta provocativa, traía unos pants, tenis blancos, una blusa suelta, suéter gris y una chamarra de mezclilla, iba arropada la verdad. No es el cómo vas vestida o la actitud, no es nuestra culpa, son ellos por sexualizarnos de mil y un formas”, afirma.
EXPERIENCIA EN EL DÍA A DÍA
Sin embargo, esta no ha sido la primera vez que Jessica ha sido víctima de acoso en calle. Aclara que en su día a día escucha comentarios asquerosos por parte de hombres.
“Para tomar el camión que me lleva a la universidad camino seis cuadras de mi casa a la avenida. Parece costumbre pero pasan camionetas llenas de albañiles que se dedican a decir pura palabra grotesca, me enoja que me manden besos o me digan ‘mi amor’ les saco el dedo y solo se ríen.
“Lo peor es cuando hay gente a mi lado y en la parada no hacen nada, absolutamente nada. Ya sean hombres o mujeres, ni una palabra de apoyo o preguntarme cómo estoy, es ahí donde me pregunto qué tan mal estamos como que para la pasividad predomine en situaciones así”, expresa.
Otro de los problemas que más le incomoda a Jessica es la poca empatía hacía las víctimas de acoso, principalmente por parte de hombres quienes muestran indiferencia o justifican su no participación para ayudar a las mujeres.
Agrega que la vida ya es suficientemente dura con la víctima como para aquellos que la rodean no hagan nada al respecto.
“Lo mínimo que podemos hacer es ser empaticos, en mi caso yo escucho y externo mi apoyo a esa persona. Me ha pasado que les cuento a mis amigos y su reacción es casi nula, trato que mis amigas me vean como un refugio aunque a veces es más la vergüenza o el pavor por el que no se atreven a hablar.
“Desde mi punto de vista es difícil entender al 100 por ciento esto si eres hombre y no es por ser cruel pero ellos son más fríos en estos temas. Contribuye mucho que les inculcan el dicho de los hombres no deben llorar, sé que no todos así pero contar con su apoyo sería un gran plus en esta lucha que vivimos día a día”, sostiene.
Otro aspecto que le incomoda bastante a Jessica son los “acosadores de closet”, a quienes describe como los hombres que hacen comentarios y comparten contenido misógino a través de las redes sociales.
Agrega que es triste llegar a dudar de sus amistades -hombres y mujeres- y que por lo que publican en sus perfiles se ha visto obligada a eliminarlos o cortar contacto con ellos, además señala que por salud es mejor tomar estas medidas.
“Esos son los peores además de ser los más cobardes. Se sienten muy poderosos detrás de los aparatos pero de frente no dicen ni hacen nada, además fomentan el odio y la burla hacia la mujer con sus publicaciones machistas.
“La bajeza más nefasta que pueden hacer estos tipos son mandar fotos de mujeres desnudas, lo que se conoce hoy en día como ‘packs’. Lo más triste es que muchas veces son de amigas o conocidas de estos tipos.
“Sé de víctimas a quienes las han destrozado de esta manera y en estos casos directamente mujer y hombre son culpables, nosotras por confiar en la frase: de aquí no sale, es la prueba de amor y ellos por difundir”, señala con tristeza.
Respecto a la “cultura del acoso”, considera que será difícil erradicarla y comparte que su mayor temor es que las nuevas generaciones lo normalicen y que el legado que los acosadores dejen sea: “no hay problema si acosas, al cabo no te van a hacer nada”.
“Es muy difícil eliminar de un día para otro este problema y es más complicado que la gente entienda que está mal. Aun a estas alturas tengo familiares que minimizan actos como que me chiflen o me truenen besos, ya con el simple hecho que me pongan incomoda es acoso.
“Nosotras no solo tenemos miedo de ser acosadas, también de que nos toquen, violen o en el peor de los casos nos maten. Más que comprensión necesitamos empatía, es horrible saber que en este país mueren 9 mujeres al día”, reafirma.
Jessica señala que ya ni el hecho de ir acompañada por un hombre, ya sea amigo, familiar o novio, las exenta de sufrir acciones denigrantes. Añade que esto le sucede más seguido cuando está con su pareja.
“Me ha pasado en distintas ocasiones que como voy a salir con mi novio me quiero arreglar y vestir más bonita de lo normal, hasta que recuerdo que vamos a estar en la calle y me van a chiflar o decir de cosas.
“Y efectivamente me gritan piropos o me truenan un beso, ni siquiera ir acompañada me respalda. A los únicos que he visto que les temen es a figuras más grandes, ya sean padres o tíos, pero aun así los descerebrados esos encuentran la forma de ofender”, expresa.
De todos los comentarios posibles que le pueden decir cuando habla sobre el acoso, Jessica destaca uno en específico, el cual identifica como el menos apropiado de todos: “¿y cómo ibas vestida?” Hasta la fecha, escuchar esta frase o derivados de la ponen de mal humor.
“Importa poco la verdad, una vez fui en bici al OXXO y unos señores me chiflaron, hice caso omiso porque debía concentrarme en el camino. Le conté a mi novio así muy por encima y me preguntó que si traía puesto un short, en ese momento no supe si reír o llorar.
“Esto es de cultura y valores, no podemos culpar a la vestimenta cuando quienes hacen los comentarios son ellos. Pedirles que respeten es mucho pedir y por más increíble que parezca hasta los animales están mejor educados de ellos”, afirma de forma irónica.
LEVANTA LA VOZ
“Ser mujer está cabrón y la vida no consiste en sobrevivir, se trata de disfrutarla. Entre nosotras nos vamos a apoyar y saldremos adelante, si los hombres no pueden ser empáticos entonces no necesitamos de su ayuda.
“Sonará muy cliché pero deben entender que no es no, así de simple y sencillo. Para mi fortuna nunca me han puesto un dedo encima y ni crean que me voy a dejar, no se vale que ellos hagan y deshagan a su voluntad en el cuerpo de otras mujeres. Calladitas no nos vemos más bonitas y estamos listas para defendernos”, sostiene con determinación.
Tras lo acontecido con Jessica, su mejor amiga Itzel Espinoza, de 21 años, comparte su anécdota más desagradable de cuando fue acosada en el Metro, específicamente en la estación Cuauhtémoc. Ocurrió a tempranas horas del día mientras iba de camino de la universidad a casa de su novio.
Relata que había mucha gente y ya había esperado dos trenes. Cuando llegó el tercero -a pesar de estar lleno- decidió abordarlo. Una vez que logró ingresar al vagón, vio como un señor pasó cerca de ella y de manera brusca le agarró el trasero.
“Estaba llena de coraje y ganas me sobraban de golpearlo, pero entre el gentío que había me empujaron y quedé lejos de él, hasta me retó a que lo hiciera y el muy cínico se burló en mi cara y se fue con una sonrisa.
“Empecé a llorar y temblar de la impotencia, lo peor fue que la gente lo presenció y no hicieron nada, absolutamente nada. Observé a mis alrededores y ni siquiera se inmutaron, a lo mucho me veían con lástima o como si estuviera loca. Opté por bajarme en la siguiente ya que comencé a sentir claustrofobia y pavor”, dijo.
Tras salir del metro, Itzel comenta que se mantuvo paralizada más de media hora por el miedo de lo acontecido. Agrega que el resto del camino a la casa de su novio estuvo acompañado de lágrimas y temor.
“Al llegar lloré desconsoladamente y le platiqué lo que pasó, todo iba bien hasta que dijo: ¿y qué llevabas puesto? Escuchar eso terminó por detonarme, en esos instantes era lo peor que me podían preguntar y la verdad no tenía relevancia alguna.
“Si uso falda o vestido no es para darle gusto a ningún hombre, es porque esa prenda me hace sentir bien a mí y me rehúso rotundamente a dejar de usar lo que me gusta para evitar que me acosen. ¡No por usar determinada prenda les da derecho a tocar mi cuerpo, porque es mío!”, exclama
Tras ser cuestionada sobre si desea enfrentar a los acosadores, confirma de manera rotunda que de ser posible lo haría. Agrega que ha pensado utilizar armas como el gas pimienta o la pistola eléctrica.
“Hay que ser muy valientes, vives con el miedo que si los enfrentas te pueda ir peor. Cuando he estado acompañada si los he encarado, esto es poco a poco pero pronto los pondremos en su lugar”, puntualiza.
RESPALDO EXPERTO
Leonor Bazán Gómez, quien cuenta con más de 35 años de experiencia en el ramo de la psiquiatría, explica que una víctima de acoso sexual puede sufrir de ataques ansiedad, miedo, sentimientos de culpa e incluso intentar el suicidio.
“Con el fin de recuperar su estabilidad emocional, se debe trabajar con sesiones de psicoterapia e inclusive le pueden recetar fármacos, todo esto hasta que el paciente lo requiera.
“También se utiliza la terapia cognitiva conductual, que consta de técnicas de relajación, expresión y regulación emocional, esto lleva a que por medio de narraciones la víctima pueda superar sus traumas con ayuda del terapeuta”, afirma.
En base a su experiencia en la práctica clínica agrega que la mayoría de las víctimas que han sido hostigadas no asisten a terapias por factores como el miedo, culpa o pena.
“A la larga estos puntos derivan en los síntomas ya mencionados. Todo esto aletarga el proceso de recuperación y complica la salud mental de las chicas”, comenta.
Leonor desmiente el supuesto que las mujeres “nacen odiando al hombre” y menciona que sentimientos como el odio, temor o desconfianza hacia las figuras masculinas se deriva en gran parte tras ser víctimas de acoso.
“Es duro para ellas asimilar los hechos y hacerles entrar en razón que no todos los hombres son iguales. Ese sufrimiento las lleva a dudar que pueda existir una relación sana con cualquier masculino, ya sea familiar, amigo o pareja, y es ahí donde tras quedar tan lastimadas se devalúan y cargan con sus temores. Por eso hoy y siempre, insisto en que la terapia es necesaria”, finaliza.
Un problema generalizado
La violencia a la mujer se entiende como todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada
De acuerdo a cifras proporcionadas por el INEGI, de los 46.5 millones de mujeres de 15 años y más que hay en el país, el 66.1 por ciento (30.7 millones) ha enfrentado violencia de cualquier tipo y agresor alguna vez en su vida.













