Crónica de un ‘enfermero’

Un reportero de Hora Cero, con uniforme de enfermero, experimentó por unos días cómo reaccionan las personas al estar cerca de ellas, empezando este miércoles 22 cuando en plena Fase 3 de la pandemia del Covid-19 abordó vagones del Metro.
Como referencia, Nuevo León no estaba en la “lista negra” de las 12 entidades del país donde personal médico ha sido agredido.
El reportero Sebastián Estrella, vistió el traje azul que usan los enfermeros y una mascarilla 3M recorriendo las calles del centro de la ciudad y abordando al transporte público.
Esto es lo que vivió.

 

 

DIA 1. RESPETO

 

En el primer día de un trabajo periodístico encubierto donde me hice pasar por un enfermero con vestimenta color azul que usan en los hospitales, el saldo fue “blanco”: no hubo actitudes hostiles de los usuarios del Metro en mi contra; ni manifestaciones amables por “mi labor atendiendo pacientes”. Y tampoco personas que se alejaran por el riesgo de “contagiarlos” de Covid-19.
El recorrido comenzó a las 10:30 horas en la Estación Zaragoza de la Línea 2 del Metro. Ahí noté la primera reacción por parte de un guardia de Metrorrey quien, mientras compraba mi boleto, no dejaba de mirarme.
Cuando bajé a los andenes observé que las pocas personas que esperaban la llegada de los vagones hicieron caso omiso a mi presencia, y prefirieron estar al pendiente de sus mensajes o redes sociales.
Una vez a bordo del vagón que elegí para subir noté que sobraban espacios donde sentarse. Capté como un señor de la tercera edad -con tantos lugares disponibles-, optó por colocarse cerca de mí, con su respectiva sana distancia.
Con el paso de las estaciones el vagón comenzó a llenarse y en el trayecto de Fundadores a Cuauhtémoc me desplacé a un área más aglomerada, para experimentar si mi presencia podía producir rechazo entre los pasajeros.
Sucedió todo lo contrario: me ubiqué entre cuatro señoras y ninguna hizo algún gesto de desaprobación o buscó moverse a otro lugar. Enfrente de mí vi a una joven enfermera con prendas color gris a quien saludé y quien, a pesar de traer cubre bocas, noté que me devolvió el gesto con una sonrisa.
Al bajar en la estación Cuauhtémoc percibí cómo la sana distancia era completamente ignorada por los pasajeros quienes comenzaron a abordar el medio de transporte sin permitir que otros salieran.
Con todo y la aglomeraron en la entrada no recibí ninguna agresión ni física ni verbal.
Mientras esperaba volver a abordar vi en la otra dirección a elementos de Fuerza Civil que desplazaron a las mujeres para que se formaran en el área del vagón rosa; una buena medida para evitar caos.
De Cuauhtémoc a Sendero permanecí en el mismo lugar debido a que me encontraba rodeado por otras nueve personas, quienes sólo me dirigieron una que otra mirada de curiosidad sin mostrar gestos de despecho o disgusto.
Sorprendió cómo desde General Anaya hasta Santiago Tapia se registraron pocos ascensos o descensos, especialmente en la desolada Estación Universidad, que no albergó ni un alma y hoy es la una “zona fantasma”.
Mientras hacía el cambio de dirección, una pequeña de aproximadamente 10 años –que por obvias razones no debía estar ahí-, atrapó mi atención ya que cuando me vio le dijo a sus padres: “Mira mamá”, a lo que le respondió: “Sí hija, el joven va rumbo al hospital a trabajar”.
De regreso a Cuauhtémoc el camino estuvo relativamente tranquilo y por segunda vez saludé a un “colega” que me respondió de manera positiva, pero fuera de ahí cada quien en su mundo.
Para variarle al experimento periodístico -por así llamarle a esta orden de trabajo encubierta-, me bajé en la Estación San Nicolás, ubicada a un lado de la Clínica 6 del IMSS donde falleció el primer nuevoleonés a causa del Coronavirus.
Mientras esperaba el vagón noté un considerable número de personas de los cuales algunos tenían los ojos puestos sobre mí.
Una vez dentro no observé reacciones negativas a pesar de volver a ir prácticamente aglomerado. Asumí que para los pasajeros era más importante revisar sus mensajes y redes sociales que siquiera pensar en agredir a un “miembro” del personal de salud.
Descendí en Cuauhtémoc y era momento de tomar la Línea 1 con destino a Talleres, con más estaciones en colonias populares que la dirección Exposición. Aprecié que ambos lados tenían guardias de Metrorrey vigilando, asegurándose que los usuarios portaran en todo momento su cubre bocas y respetaran la sana distancia.
El vagón lució aglomerado y vi una buena oportunidad para recorrerlo y ver las reacciones que podía provocar. A pesar de observar en los pasajeros caras largas, llenas de incertidumbre e inclusive con sueño, ninguna mirada de mala fe se hizo presente.
Opté por bajarme en Mitras y del otro lado de la estación observé a otra “colega” vestida con uniforme color guinda y de extremo a extremo le hice un saludo y me lo devolvió. Espero que para los verdaderos miembros del personal médico estas muestras de respeto contribuyan a “hacerles el día”.
Decidí acabar el camino de la Línea 1 en Aztlán. Al retornar no tardé en encontrar lugar y donde me senté estaba un señor de la tercera edad, quien al verme llegar y tener espacio disponible se desplazó, decisión totalmente entendible ya que supuse priorizó su salud y la sana distancia.
De regreso hacía Cuauhtémoc aprecié cómo paulatinamente se fue llenando el vagón y una vez más me tocó en un área llena de gente. Para mi suerte no hubo reacciones hostiles y, a lo mucho, capté miradas fijas al ser el único pasajero con la vestimenta azul estilo enfermero o doctor en el vagón.
Para finalizar el recorrido me dirigí a la Línea 2 con destino a Zaragoza. Afortunadamente pude cerrar “con broche de oro” al ver y saludar a otra “colega” con atuendo marrón a bordo: su reacción fue recíproca, extendí mi racha de saludos correspondidos y reafirmé ese sentido de solidaridad ante la pandemia.
Sorprendentemente, contrario a lo que pude pensar, fui respetado en todo mi trayecto en el Metro y concluyó tres horas después sin actitudes hostiles, confirmando por qué Nuevo León no está en la lista negra de los 22 Estados del país donde se ha agredido a personal médico durante la pandemia.
Mañana será otro día, otra experiencia qué contar.

 

DIA 2. CADA QUIEN EN SU MUNDO

 

En esta ocasión me tocó hacer el recorrido en las rutas urbanas de la ciudad, con el fin de comprobar si en los camiones existía o no hostilidad hacía los miembros del personal médico.
Al enterarme de los casos de discriminación en contra del enfermero de Juárez y el paramédico en Apodaca, no puedo negar que aumentó mi miedo de convertirme en el tercer “empleado” del área médica en sufrir una agresión en tiempos de Coronavirus.
El trayecto comenzó entre Cuauhtémoc y Padre Mier. Mientras esperaba opté por sentarme ya que hacía mucho calor y el sol caía a plomo. Apenas me puse cómodo y de inmediato noté como una señora decidió quitarse y prefiero mantenerse de pie.
Tomé la Ruta 17 Pío X-UANL, la cual lucía prácticamente vacía. Tanto el chofer como los pocos pasajeros hicieron caso omiso a mi presencia y conseguí pasar desapercibido.
Decidí bajarme en la avenida Madero para buscar tanto una unidad más llena, como una parada con más personas.
Al sentarme escuché la conversación entre dos con acento centroamericano, quienes al verme se me acercaron y me preguntaron: “¿Oye hermano sabes cómo llegar a Rancho Viejo”? De primera instancia supuse era una colonia que no conocía pero, una vez que tomé mi celular descubrí, que estaban buscando un bar en el centro de la ciudad.
Me subí a la Ruta 311 y contrario al primer camión fue más difícil encontrar lugar y logré atrapar varias miradas. Si bien entre los pasajeros se apreciaron caras largas, llenas de dudas, incertidumbre y cansancio, ninguna de ellas fue dirigida con odio o sentimientos negativos hacia mi persona.
Descendí en Guerrero y caminé hacia la avenida Juárez, la vialidad más concurrida del Centro de Monterrey aún en tiempos de Coronavirus. Mientras cruzaba pasó un dulcero quien al verme dijo: “Ahí viene el doctor, no nos va a pasar nada”. No pude evitar sonreír.
A bordo de la Ruta 113-Túnel sucedió algo inesperado: un “colega” me clavó una mirada retadora con tintes de enojo desde el momento que abordé. Independientemente de la razón de su gesto facial, opté por no saludarlo como lo hice en el recorrido del metro.
Para verificar que me seguía observando de esa manera lo miré disimuladamente y al bajarme de la unidad en Colegio Civil lo reafirmé. De todo corazón espero que más allá de la mala cara no se las este “viendo negras” en su trabajo.
Al presenciar una afluencia “muerta” en comparación a la experiencia en los vagones del Metro, decidí concluir mi trayecto con un camión más, uno que pasará por todo Juárez y me acercará a la avenida Constitución.
El Ruta 50 fue el elegido y ahí presencié lo mismo: pasajeros bien cubiertos, concentrados en su mundo, sin embargo hubo un pequeño detalle que atrapó mi atención por completo.
En el siguiente semáforo se subió un señor de aproximadamente 50 años y, a pesar de tener a su disposición otros el lugar, eligió ponerse justo a mi lado.
Me sorprendió, aunque el gusto duro poco. Al pasar por un bache y justo en el asiento en el que íbamos resintió el desliz, por lo que optó por moverse a un lugar más “cómodo”; o era eso o le entró el miedo por estar cerca de un “miembro” del personal médico.
Pasando InterPlaza abordaron una cantidad considerable de pasajeros y con tantos asientos disponibles –y priorizando la sana distancia supongo- ninguno de los recién llegados se sentó conmigo.
Para cerrar el Día 2 me bajé en el semáforo de Melchor Ocampo con Zaragoza, justo antes de las incorporaciones a Constitución y Morones Prieto.
Concluí la segunda parte del experimento periodístico sin agresiones, con un halago por parte de un dulcero, la “mirada retadora” de un “colega” y un “valiente” se se sentó a mi lado.

 

DIA 3. PALABRAS DE ALIENTO

 

El tercer y último día disfrazado de enfermero consistió en recorrer algunas de las calles del Centro del Monterrey y ver qué reacción provocaba al interactuar con los muchos o pocos peatones que me topase en el camino.
Comencé el recorrido en el kiosco de la Plaza Zaragoza y, de primera instancia, pude ver un entorno desolado; sin los masajistas que abarrotaban el paso o los vendedores de agua helada que caerían de maravilla en estos días soleados.
Al cruzar hacía Morelos la desolación imperaba: más allá del “Drive Thru” para pruebas del Coronavirus, la afluencia era de muy baja a nula y, como dato positivo, los pocos presentes portaban cubrebocas.
En esta parte del trayecto la Fase 3 de la contingencia se hizo sentir. Elementos de la Policía de Monterrey comenzaron a desalojar personas de las bancas y acto seguido las brigadas de sanitización comenzaron a limpiar las áreas. Las imágenes eran deprimentes: negocios clausurados, cintas de prohibición y una evidente ausencia de puesteros y vendedores.
Vi algo que jamás pensé ver: el paso peatonal de Morelos y Juárez, que separa InterPlaza de la Plaza de la Tecnología, lució solitario: donde solía haber un “maremoto de peatones” al cambiar a luz verde se convirtió en un “cruce fantasma”.
Pasaron entre 10 y 15 minutos para que tuviese mi primera interacción con una persona: mientras buscaba a un conocido bolero que se coloca a las afueras del hotel “iStay” me topé a una vendedora de artesanía chiapaneca.
Afortunadamente encontré quien lustrara el brillo de mis zapatos sobre la calle Garibaldi. Me senté y de inmediato preguntó si era enfermero, a lo que tuve que responderle “afirmativamente”.
Mientras realizaba su labor me contaba cómo se resistía a cerrar a pesar de las amenazas de otros colegas y la baja clientela, de la cual reveló que a lo mucho atendía tres clientes por día.
Terminó de bolear mis zapatos y me dijo: “échele ganas güero, que Dios lo bendiga y ojalá pronto volvamos a la normalidad”. Sorprendentemente con todo y la poca afluencia peatonal recibí mi primer mensaje positivo.
Decidí retornar hacía Zaragoza y ver si en el camino podía encontrar a otro personaje que viviera al día para generar una conversación y ver su reacción al tenerme de frente.
En las escaleras de InterPlaza vi a una pareja y me acerqué a ellos preguntándoles si me podían “feriar” un billete de 20 pesos. El novio me atendió y me lo cambió por varias monedas, principalmente de un peso.
Después me percaté de un vendedor de cubrebocas, quien los ofrecía a 10 pesos y poseían diversos colores y diseños. Al acércame a ver su catálogo me dijo: “que chingón está tu cubrebocas”, en referencia a mi mascarilla N95.
El último contacto que tuve fue con un puestero quien además de vender dulces también tenía periódicos a su disposición. Para darle variedad a mí lectura quise comprar alguno de los nacionales y me comentó que hasta el día 30 le llegarían ya que la pandemia había afectado su arribo.
No tuve de otra más que comprarle uno local y al ver la portada me dice: “no importa cual compres, todos van a hablar del Coronavirus en primera plana, ya hasta aburre”. Ese comentario habló por aquellos que ya sienten un hartazgo –totalmente entendible- por leer lo mismo día con día.
Para finalizar cruce hacía la Plaza Zaragoza –donde inicié el experimento- y concluí que en Nuevo León persiste el respeto al personal médico, prueba de ello el haber sido respetado los tres días. Ahora que se viene el pico de la pandemia es cuando más debemos valorar su valiente labor y sacrificio por salvaguardar nuestra salud, cuidémoslos.

 

 

 

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