“Lo mío es vender elotes ”

La amenaza de lluvia lo obliga a agarrar su carretón y buscar un refugio bajo los árboles que están a un costado de la Catedral de Monterrey; su mirada es de decepción, presagia que no será un buen día para hacer negocio.

Su complexión es baja, pero suficientemente fuerte para empujar ese carretón lleno de elotes y frituras; de cara pequeña, lentes que apenas y si pueden esconder esos ojos negros llenos de ilusión y de ganas de vivir y trabajar.

Tímidamente mira a su alrededor y el panorama al que se enfrenta no es nada alentador; calles vacías y una Catedral de Monterrey con las puertas cerradas, en señal de que no hay evento en puerta.

Sus manos se cruzan frente a su pecho, no hay nada más que esperar a que la posible amenaza de lluvia llegue o pase de largo.

“Cuando llueve, las  ventas bajan, la gente prefiere seguir en sus casas, en sus trabajos, todo menos que a salir a comprar”, explica Ambrosio Ortiz Sánchez, quien tiene más de 30 años vendiendo elotes en las calles de Monterrey. Un oficio del cual se siente orgulloso.

“Empecé a los 28 años de edad y ahora, a mis 61 años, sigo con la misma vitalidad que antes, porque esto es lo que me gusta hacer”.

Ortiz Sánchez platica que de este trabajo viven decorosamente él y su familia.

“De aquí he sacado para vivir, para mantener un hogar, y darles de comer a mis siete hijos”, expresa Sánchez, al momento que sus ojos no dejan de buscar el cielo, con la esperanza de que la lluvia no arruine su día y así poder seguir su deambular por la ciudad.

Acomoda el carro donde transporta la vendimia, arropa con una especie de costal las frituras “porque para sacar un poco más de centavos, pues le metí frituras al negocio y han sido un éxito, no como los elotes, pero se venden bien”, indica el comerciante.

Vuelve a clavar su mirada en ese cielo que a capricho y en segundos se tornó oscuro, con nubes negras que ante la menor provocación, lanzan pequeñas pero incesantes gotas de agua.

“Es lo malo de estos tiempos, uno nunca sabe qué nos depara”, expresa Ortiz Sánchez en tanto vuelve a mover su carretón a otro lugar más seguro, alejado de la llovizna.

Recuerda que de joven prefirió salir a la calle a buscar su suerte detrás de un carro, vendiendo elotes y siendo él su propio jefe.

“He tenido oportunidad de conseguir otros trabajos, pero no, lo mío es esto. Andar en las calles, haciendo negocios con la venta de elotes”.

Revela que por día llega a vender de 50 a 60 elotes.

“Realmente no hay una cantidad exacta de ventas, pero por lo regular va entre 50 y 60,  pero la verdad, depende mucho del tiempo, de que no haga demasiado calor, de que no haga demasiado frío, de que no llueva. Todo lo que es extremoso a uno le perjudica”.

Pero cuando hay un día bueno, explica Ortiz Sánchez, llega a juntar hasta 700 u 800 pesos.

“Pero hay días totalmente opuestos, en los que regreso a casa sin un peso en la bolsa”.

Dice que para poder sacar buen dinero, hay que invertirle. La competencia es mucha.

“El elote por pieza cuesta 5 pesos, y ahí se va yendo la inversión en cremas, mayonesas y quesos. A lo largo de estos 30 años de estar frente a este negocio, uno ha aprendido a invertirle en materia prima, desde el carretón hasta las salsas”, explica.

Presume con orgullo que cada jornada que termina, ansía llegar a su casa para convivir con sus siete hijos a quien dijo adorar con toda el alma.

“El menor de ellos tiene 18 y el más grande, 36. Ellos saben que su papá trabaja vendiendo elotes y nunca me han hecho sentir mal al verme trabajando aquí, al contrario, me quieren mucho. No sé si les guste o no pero con el simple hecho de que no me hagan sentir  menos, eso habla muy bien de ellos”.

Ortiz Sánchez revela que al vender elotes encontró una manera de salir adelante en la vida. Y aunque ha tenido oportunidad de trabajar en otros empleos, él prefiere éste.

“Para mí y para mis hijos es un trabajo honrado. A ellos no les falta nada. Les llevo comida, vestimenta, todo. Y yo creo que el hecho de hacerles sentir que no les falta nada en casa ha sido motivo para que respeten lo que hago porque definitivamente lo que hago yo es un trabajo digno”, añade.

Dice que sus hijos lo han invitado a dejar este trabajo para que ya se quede en su casa y descanse.

“Ya algunos de mis hijos son profesionistas y ganan su buen dinero, y me piden que deje de vender elotes, pero pues yo no quiero. De esto he vivido toda mi vida”.

Mientras charla, no quita su vista al cielo, las pequeñas gotas de agua cada vez son menos.

“Si llueve, se me arruina el día, porque la venta baja. Y cuando hace frío, es otro tanto, así es que siempre estoy con el pendiente del tiempo”.

Señala que en más de 30 años vendiendo elotes, ha visto la evolución de este producto.

“Ahora es cada vez es más sofisticado. Primero era el elote con chile, después con mantequilla,  ahora es con mayonesa, queso, desgranado, asado. Ha evolucionado mucho sobre todo de ocho años para acá”.

Se acomoda la gorra, se ajusta los lentes, esos lentes que ocultan esos ojos negros que ahora brillan de júbilo. La amenaza de lluvia pasa y unos rayos de sol caen en su rostro. Vuelve su sonrisa.

Empuja el carretón, el día es largo y él para la noche tiene que haber juntado algunos pesos para llevarlos a su hogar, ése en el que sus siete hijos lo esperan con mucho amor, en la colonia Lázaro Cárdenas.

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