Como en los viejos tiempos


Ecos de unas noches muy lejanas, algunos salones de baile ubicados en el centro de Monterrey se resisten a morir gracias a su aún fiel clientela, que cada fin de semana acude a ahogar sus penas en cerveza y machacar la tristeza a punta de zapatazos en sus pistas de baile.

Cuando los rayos del sol alumbran el otro lado del mundo, el Bar Zon cobra vida y en su suelo se derrama la pasión. La oscuridad es la aliada perfecta para que las parejas se pierdan entre las luces al ritmo de la cumbia.
Se trata de un salón de baile como los que ya no quedan, de esa época dorada en donde el amor y la pasión se derramaban sobre la pista, disolviéndose entre las notas musicales.
Casi eran las 22:00 horas del sábado 11 de marzo cuando llegué a ese sitio por curiosidad, quería saber si se trataba de un lugar de mala muerte en donde el amor se oferta al mejor postor.
La sorpresa fue que en la puerta había un joven robusto y amable dándole la bienvenida a una pareja de la tercera edad, podría asegurar que pasaban los 70 años.
“Bienvenidos al Bar Zon, son 40 pesos por persona”, dijo el cadenero mientras el abuelo lo interrumpía para preguntar si podía fumar en el interior.
“Claro que sí, aquí no hemos perdido esa costumbre, nuestros clientes pueden fumar, beber y bailar toda la noche”, respondió el portero con cierta premura, pues el bailador casi entraba al recinto de la mano de su amada.
Mientras los músicos terminaban de instalar y afinar sus instrumentos, los clientes -en su mayoría parejas de entre 40 y 70 años- se preparaban para dar sus mejores pasos y volverse a enamorar.
“Le encargo una cerveza”, dijo el señor de edad avanzada al mesero, antes de que lo interrumpiera para preguntarle desde cuándo acudía a ese tipo de salones.
“Antes se hacían los bailes en la colonia con los sonideros, luego comenzaron a abrir los salones de baile y desde entonces me ha gustado salir de rumba, esto es necesario para mí cada semana.
“Cuando conocí a mi esposa, las responsabilidades nos impedían disfrutar con frecuencia, pero cada vez que podemos, nos damos una escapada para recordar nuestros buenos tiempos”, me respondió.
Otras parejas pasaban el alcohol por sus gargantas como si estuvieran en medio de un desierto a 50 grados, lo disfrutaban y pedían una botella tras otra. Pregunté al mesero si había promoción.
“La tina con 10 en 300 y 30 pesos cada botella”, me contestó con premura.
Entonces recordé cuando un “maistro” de la albañilería me dijo: “Yo sólo tengo para mal comer y mal tomar”, dando a entender que por mínima que sea la paga, cada fin de semana nunca falta el alcohol.
En fin, pedí cinco cervezas y me relajé en una mesa arrinconada para observar la vida nocturna del bar, ubicado en la calle Emilio Carranza, entre Francisco I. Madero y Reforma.
En el Bar Zon parecía que el tiempo se había detenido, pues los focos a media luz apenas si dejaban ver que el mobiliario aún es igual a los diseños de hace más de 30 años.
Mesas de madera -cantineras- con sillas de fierro forradas en un tapiz aterciopelado, eran impactadas por luces de colores que salían de varios aparatos instalados en el techo del salón.
Las mismas luces que impactaban los rostros de los bailadores que aún permanecían al filo de la pista, esperando la tercera llamada, antes de que la agrupación comenzara con el bailongo.
De repente una melodía me transportó a la época de los ochentas, cuando en ese tiempo sonaba por toda la colonia Independencia y otras colonias populares el vallenato.
Era la Tropa Colombiana, o al menos lo que alguna vez fue, interpretando sus mejores éxitos en la cumbia y una que otra melodía desconocida para quienes no son fieles seguidores de ese género.
Inmediatamente los bailadores coparon la pista y se olvidaron de las penurias del día a día.
En ese pedazo de suelo no había cabida para las preocupaciones, para los recibos de agua o luz, para las deudas económicas o para pensar en lo que habrían de comer al día siguiente.
Las parejas flotaban sobre el piso de mármol entre el sonido del acordeón, los timbales y el cencerro.
Las trompetas aderezaban cada paso que se daba en el salón, mientras algunos cerraban los ojos y se dejaban llevar por su acompañante, confiando ciegamente en él y disfrutando del momento.
Yo en cambio salté a la pista cuando el sonido del bass retumbó dentro de mi pecho, pues no pude evitar que los pies se movieran al compás mientras invitaba a una dama a bailar.
La tomé de la mano y en el centro de la pista le envolví la cintura con el brazo.
“Cómo te llamas, jamás te había visto por aquí”, me preguntó al tiempo que una sonrisa se le dibujaba en el rostro.
Le dije que sólo quería conocer un viejo salón de baile, afamado entre el pópulo y reafirmar que no era otra cosa más que un centro nocturno de sana convivencia, como me habían contado.
“Claro, aquí vienen parejas de señores y no se diga cuando viene Tropical Florida o Tropical Panamá, esto está a reventar y apenas si puedes bailar alrededor de tu mesa”, contestó.
“¿Cuándo volverás, amor?” comenzó a escucharse uno de los éxitos de Tropical Panamá.
Yo contesté: “¿Cuándo volverás, mi vida?”, y rompimos la carcajada para seguir moviendo las piernas al ritmo de las tumbas y los timbales.
Cada semana hay un grupo diferente y en un día puede haber hasta tres agrupaciones distintas, pues el gusto se rompe en géneros y hay quienes prefieren la música tropical y no la cumbia colombiana.
Mientras tanto, ese sábado fue por completo para los amantes del género vallenato, que con el paso de las horas se tornaban más alegres, cada vez que el mesero destapaba una botella de cerveza.
Y es que no podía faltar ese líquido que hacía olvidar las penas mientras sonaban canciones como La Cumbita, de Los Kumbiamberos RS o Las Chiquillas, de la Tropa Colombiana.
Seguí practicando mi baile y recorriendo la pista observando cada rincón del lugar.
En la pared había algunas pantallas que normalmente son utilizadas para entretener a la fanaticada cada vez que juega un equipo de la localidad; cuando no, se transmiten videos musicales para ambientar el sitio.
El calor era abrumador, pero se podía soportar cuando por periodos encendían el clima para evitar que aquello se convirtiera en una laguna de agua salada.
“Son 60 pesos, la plática no se cobra”, me dijo la dama sonriente mientras la conducía a su mesa cuando ya la esperaba otro bailador impaciente.
Para quienes se asombran, esas chicas son las típicas bailadoras que se encuentran en los salones para hacer negocio de la cumbia, sin llegar a prostituirse.
Aunque hay que aclarar que el amor no está vetado en esos lugares y, si hay química, algún día alguien puede entrar sin pareja y salir acompañado.
Así es como se vive la vida nocturna cuando se quiere alegrar el alma con una buena cumbia tropical, colombiana o norteña.
Con el paso de los años esos espacios han sido abandonados, pues cada vez son más los que cambian la cumbia por nuevos géneros como el reggaetón, dando paso a nuevos centros de entretenimiento.
Quienes acuden al Bar Zon u otros salones de baile, cada semana tratan de revivir los buenos tiempos y al mismo tiempo evitan la muerte de esos templos de la cumbia.
Templos que poco a poco se extinguen, pero se niegan a dejar cenizas en donde la llama de la pasión se derramó.

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