La silla caliente

La presidencia municipal de Monterrey es la joya de la corona política de Nuevo León, pero como ocurre en las antiguas leyendas en las que impera la ambición, esa silla tan anhelada parece estar maldita.
Claro, políticamente hablando.
A juzgar por la suerte que han corrido los últimos alcaldes de la capital nuevoleonesa, presidir el Ayuntamiento se ha convertido en un mal karma, pues además de enfrentar a los ediles con otros poderes –diputados, sus colegas de municipios aledaños o incluso el mismo gobernador en turno– ha significado el declive de carreras que se adivinaban promisorias.
Más de uno de estos políticos arribó al llamado Palacio de Cristal a contracorriente, llevando en la mano el estandarte del cambio, del trabajo honesto y el mandato del pueblo, pero al concluir sus administraciones –o a veces antes–, también más de uno y algunos de sus colaboradores fueron acusados de deshonestos.
¿En qué consiste que la alcaldía de Monterrey se haya convertido en un beso del Diablo para la clase política local? Teorías hay varias pero los hechos son contundentes: la carrera en el servicio público de los ex alcaldes regiomontanos no tiene el brillo que imaginaron al concluir su trienio.

SÓCRATES “ALCALDE DE NUEVO LEÓN”
Sócrates Rizzo García ha sido el alcalde de Monterrey que más lejos ha llegado, pero también el que ha caído de más alto.
Corría el año de 1991 y el escándalo por el fraude electoral de las elecciones federales había quedado atrás. A golpes de dinero, de fuerza y de relaciones públicas, el presidente Carlos Salinas de Gortari seducía a México y –sobre todo– a Estados Unidos a mitad de su sexenio.
El economista de Harvard impulsó notablemente a su amigo Sócrates Rizzo, quien era conocido entre la clase política como “el alcalde de Nuevo León”, en alusión a la preferencia que el titular del Ejecutivo le prodigaba.
Por supuesto, ser el consentido del todopoderoso huésped de Los Pinos se tradujo en una animadversión del entonces gobernador, Jorge Treviño, a quien las mismas afiladas lenguas de los políticos lo llamaban “gobernador de Monterrey”, mofándose del supuesto vacío de autoridad que generaba la sombra de Rizzo en el Palacio de Cantera.
Paradójicamente, el peor desastre que sufrió Nuevo León se convirtió en el trampolín para impulsar la carrera política del alcalde regiomontano. Después del embate del huracán Gilberto, en septiembre de 1988, cuando Rizzo apenas estaba en campaña por la alcaldía, el reparto de culpas dejó muy mal parado al gobierno estatal.
Durante su visita para verificar los daños del meteoro, Salinas de Gortari aprovechó para darle un espaldarazo a su delfín, a quien ya perfilaba claramente como su candidato a ocupar la gubernatura de la tierra de sus ancestros (la familia Salinas tiene sus raíces en el municipio de Agualeguas) después de pasar por el palacio municipal.
Botón de muestra fue el famoso “ahí te encargo, Sócrates”, que un periodista local interpretó erróneamente como “ahí te encargo Nuevo León”, aunque el presidente de la República en realidad se refería a un puente derribado por el agua, según aclaró el mismo Rizzo García.
No había duda que “El Griego” de Linares, el economista egresado de la Universidad Autónoma de Nuevo León, era el candidato del presidente para suceder a Jorge Treviño en el Gobierno del Estado.
Rizzo García pidió licencia como alcalde para buscar la gubernatura y dejó al frente del Ayuntamiento regiomontano al doctor Juventino Leal, un hombre noble y ajeno a los entramados de la política.
Una campaña intensa y el apoyo implícito de Salinas de Gortari le permitieron al de Linares ganarle al candidato del PAN, Rogelio Sada, un empresario con excelente reputación pero pocas posibilidades políticas.
Todo pintaba inmejorable para Sócrates: con los capitanes de empresa de su lado y su amigo Carlos Salinas en los cuernos de la Luna, era muy difícil que algo saliera mal. Pero ocurrió, justo en el último tramo del sexenio.
El primer día de 1994 se alzó en Chiapas el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), y en marzo era asesinado el candidato del PRI a la presidencia, Luis Donaldo Colosio.
Como candidato suplente, Ernesto Zedillo deseaba iniciar su mandato sin la sombra del fraude, como le ocurrió a Salinas. En el Partido Acción Nacional lo sabían y, siguiendo el estilo pragmático de su candidato, Diego Fernández de Cevallos, estuvieron dispuestos a avalar el triunfo del PRI a cambio de algunas concesiones, entre ellas la alcaldía de Monterrey.
El priista Jorge Manjarrez ya había sido nombrado candidato ganador pero el abanderado panista, Jesús Hinojosa Tijerina, impugnó el proceso. Rizzo, que no había sido invitado a las negociaciones, no quiso dejarse vencer tan fácil y autorizó la apertura de los paquetes electorales pero el PRI ya había cedido la alcaldía y le dio al PAN un triunfo histórico.
A finales del mismo año una sorpresiva devaluación –que Salinas bautizó como “el error de diciembre” y le adjudicó a Zedillo– terminó de distanciar al presidente de todo lo que oliera a salinismo.
Ese fue el principio del fin para Rizzo. Y el colofón de su periplo político vino en enero de 1996, cuando los Gobiernos de Nuevo León y Tamaulipas entraron en una disputa por el agua de la presa El Cuchillo: el gobierno tamaulipeco exigía líquido para el distrito de riego 026 y el nuevoleonés aseguraba que lo necesitaban para beber.
En rueda de prensa, Rizzo García aseguró categórico cuando le preguntaron si se abrirían las compuertas para darle agua a los agricultores de Tamaulipas: “ni un milímetro”.
Al día siguiente, la Comisión Nacional del Agua, organismo del gobierno federal, abrió las compuertas y dejó en ridículo al mandatario estatal, quien tramitó un amparo con más esperanzas de justificarse que de tener éxito… pero sorprendentemente lo tuvo, pues el amparo le fue concedido, las compuertas se cerraron y entonces fue el presidente Zedillo quien se sintió agraviado.
Ahí, junto con la cortina de la presa El Cuchillo, se cerró también el futuro político de Sócrates Rizzo García. El presidente nunca le perdonó la rebelión y, según el ex gobernador, empezó a bloquear los recursos federales a la entidad y exigió el pago del líquido utilizado (Hora Cero, mayo de 2005, Segunda Edición).
“Ellos (el gobierno federal) lo malinterpretaron como una rebelión de un gobernador; creo que lo sobredimensionaron, no entendieron lo que significa la sed en Nuevo León, que estábamos luchando por el agua para tomar… abiertamente nos dijeron en Gobernación ‘la presa es del Gobierno Federal y por tanto nos tienen que pagar’”.
Se negoció y el acuerdo fue que Zedillo reactivaría los recursos a cambio de que Rizzo retirara el amparo y así lo hizo; sin embargo, el dinero seguía estancado y lo que llegó fue un ultimátum del presidente: el gobernador debería renunciar a su cargo para que la situación se normalizara.
“Había una decisión en el gobierno central de que, mientras yo estuviera gobernando, no habría ningún tipo de apoyo”, evocó Rizzo en la misma entrevista del 2005.
El 18 de abril de 1996 Sócrates presentó su renuncia al cargo de gobernador, decisión que ya había sido filtrada desde Los Pinos a los medios informativos. Lo sucedió el priista Benjamín Clariond, quien venía de ocupar la alcaldía de Monterrey.
Y se desató la cacería de brujas. Clariond dijo que había encontrado “un cochinero” en el gobierno estatal y se comprometió a “levantar la tapa de ese excusado” para limpiarlo. Rizzo se fue a estudiar a Boston y aunque se le acusó de peculado, durante la administración estatal del panista Fernando Canales se le exoneró.

EL PRIISTA
‘EMPANIZADO’
La historia de Benjamín Clariond no fue muy diferente en el resultado de la de Sócrates Rizzo, su antecesor en la alcaldía de Monterrey y en el Gobierno del Estado.
Empresario de abolengo y político sin mucho arraigo entre los priistas, pero sobrado de carisma y chistes para toda ocasión, “El Benjas” no tuvo problema para echarse a la bolsa a su partido y a la ciudadanía.
Ocurrente y dicharachero, tenía aseguradas las primeras planas de los periódicos ya fuera por su trabajo al frente del Ayuntamiento regiomontano o bien por sus folclóricas declaraciones.
Con todo y que su trabajo como alcalde era bien calificado por la opinión pública, a juzgar por los sondeos que realizaban los medios de comunicación, también enfrentó situaciones anómalas derivadas de la compra de camiones para el municipio y del actuar de algunos de sus subalternos.
No obstante, el descalabro del PRI de perder –o ceder en la mesa de negociaciones– la alcaldía de Monterrey luego de su trienio, cimbró a todos los políticos, incluido Benjamín, pues hubo quien intentó “colgarle ese milagrito”, acusándolo de ser más afin al PAN que al PRI.
El empresario y alcalde se defendió en su tiempo. Durante un evento de su partido, aseguró:
“Soy mucho más priista que muchos que me atacaron de ser medio panista. No fue culpa de este priista (perder Monterrey) sino que nos equivocamos en los candidatos que pusimos, esos errores que cometemos cuando el Ejecutivo interviene directamente en nuestro partido para decidir quién va por qué puesto popular, por eso perdimos”, dijo Clariond en 1996 (Hora Cero, junio de 2005 Primera Edición).
Y es que el candidato del PRI a la alcaldía regiomontana fue Jorge Manjarrez, uno de los hombres cercanos a Sócrates Rizzo, quien desde la gubernatura lo impulsó hasta hacerlo candidato y obtener un triunfo que el contendiente del PAN, Jesús Hinojosa Tijerina, impugnó y a la postre obtuvo para sí.
Con Rizzo como gobernador, Clariond no tuvo ninguna oportunidad política y se regresó a su empresa, Industrias Monterrey, S.A. (IMSA) mientras llegaban tiempos mejores.
Sería en abril de 1996 cuando llegara esa oportunidad pero de una manera que el empresario ni siquiera imaginaba: ocupar la gubernatura de forma interina ante la renuncia de Sócrates Rizzo.
“Cuando me lo plantearon fue un día antes de tomar posesión y pues imagínate, yo estaba en mi chamba de IMSA vendiendo laminita, y me hablan del Congreso, que mi amigo Sócrates Rizzo estaba pidiendo licencia y habían determinado que, para que no hubiera tanto problema en la transición gubernamental, el elegido era yo”, evoca Benjamín en la misma edición de 2005 de Hora Cero.
Aunque su objetivo era ser gobernador constitucional, es decir, gana el puesto en una elección y mantenerse los seis años en el cargo, Benjamín tuvo que conformarse con ser gobernador interino, luego sustituto y –lo más importante para los priistas– de transición.
La arena política se privaba así de una pelea que se anunciaba de pronóstico reservado, entre el panista Fernando Canales Clariond –quien en 1995 había contendido por la gubernatura y, según muchas opiniones, le arrebataron el triunfo con un fraude– y Benjamín Clariond, el pintoresco priista alcalde de Monterrey.
Ambos eran empresarios, ambos tenían muy buena reputación entre la opinión pública… y además eran primos hermanos.
Benjamín Clariond inició su gestión con un aura de salvador, de encargado de limpiar los estropicios causados por Rizzo García para congraciar al PRI con la cuidadanía. Él lo sabía y así lo dejó claro desde sus primeros minutos como mandatario estatal.
Con sus altibajos, la gestión como gobernador de “El Benjas” transcurrió libre de tropiezos serios. Un romance con la prensa que concluyó en buenos términos pero con un estigma marcado con hierro en el expediente del empresario y político: volvió a entregar el poder a un panista, como sucedió en la alcaldía, pero esta vez fue la gubernatura y nada menos que a su primo, el panista Fernando Canales.
“Todo queda en familia”, fue la voz que los priistas resentidos alzaron en claro reproche contra su correligionario “empanizado”, a quien responsabilizaron de la apretada derrota que le dio por primera vez el poder a Acción Nacional.
Después de entregar esos resultados adversos, “El Benjas” buscó reactivar su carrera y se promovió como candidato a diputado, a senador, a alcalde e incluso a su sueño dorado: la gubernatura de seis años. Todo en vano, pues hasta ahora, el Revolucionario Institucional lo ha ninguneado.

TRES TRISTES PANISTAS
Jesús Hinojosa Tijerina hizo historia y, después, pasó a la historia.
Líder del poderoso grupo San Nicolás –una de las tribus de Acción Nacional en la entidad– el veterano empresario fue el primer edil regiomontano no priista.
Su grito de guerra electoral “Uyuyuy, ahí viene Chuy” lo convirtió popularmente en “Chuyuyuy” y su pragmatismo tomó desprevenidos a sus rivales políticos. Durante su campaña, aludiendo a los obsequios que el PRI repartía a cambio de votos, le decía a la gente: “agarren lo que les dan y luego voten por el PAN”.
La gestión del ingeniero Hinojosa estuvo marcada por los enfrentamientos con el gobernador priista Benjamín Clariond y dirigentes de la CTM, CROC, CNOP y demás organismos afiliados al PRI.
Y aunque le encarcelaron a un funcionario cercano, lo acusaron de utilizar fondos públicos para promocionar a su partido a través del Programa de Acción Comunitaria (PAC) y de solapar corruptelas, lo cierto es que el viejo lobo de mar concluyó sin problemas su gestión.
Si acaso, los “prietitos del arroz” lo fueron su secretario de Desarrollo Social, Gerardo Garza Sada, a quien se le responsabilizó por ser la mano negra detrás de la proliferación de la nueva modalidad de entretenimiento que empezó a cobrar auge en Monterrey: los table dances.
También Rolando del Regil, yerno del alcalde, fue señalado por la oposición como el encargado de ponerle cuota a los giros negros –depósitos, bares y cantinas– pero el regidor simplemente se reía de las acusaciones que, como en el caso de Garza Sada, no fructificaron.
Al salir de la alcaldía regia, Jesús Hinojosa fue nombrado titular de los servicios de Agua y Drenaje de Monterrey por el gobernador Fernando Canales, quien con sus constantes desencuentros con la prensa acaparó los reflectores negativos, pero no lo suficiente como para ocultar los tropiezos de “Chuyuyuy”.
El periódico El Norte reportó que las obras de canalización de un arroyo en el municipio de Escobedo estaban detenidas, lo cual estaba generando pérdidas para la institución. Posteriormente, el diario Milenio descubrió la causa: el terreno sobre el que se estaba construyendo no era federal –como las autoridades suponían– sino que tenía propietario.
Más de 12 millones de pesos y un terreno debió pagar Agua y Drenaje a los afectados por la pifia jurídica. Eso, más la opacidad en las cuentas derivadas de un programa de cambio de medidores y las indemnizaciones a las constructoras empedraron el camino para que Hinojosa Tijerina fuera relevado por Fernando Villarreal Palomo.
Tres años pasó en el ostracismo político el primer alcalde panista de Monterrey, hasta que fue rescatado por su partido en la actual Legislatura local, donde cumple una modesta función como diputado y para la próxima contienda electoral su nombre ya no se mencionó.
Después de “Chuyuyuy” los panistas tuvieron manga ancha en la capital de Nuevo León. Llegó a la silla de la alcaldía Jesús María Elizondo, otro neopanista empresario que había sido alcalde de la vecina ciudad de Guadalupe.
Insólito caso pero totalmente legal, “Chema” brincó de una alcaldía a otra y lo hizo con notable apoyo popular. Sin linaje político, el fabricante de champú supo aprovechar la creciente ola albiazul que inundaba la entidad y llegó con un equipo de amigos que no tenía antecedentes en Acción Nacional. Por ejemplo, a su secretaria en la empresa privada la convirtió en la Tesorera municipal.
De bonachón y franco, este empresario –parecido al doctor Simi pero sin bigote– se volvió huraño y desconfiado con la prensa cuando empezaron a ventilarse situaciones sospechosas o francamente anómalas en su administración.
Antonio Valero, cuñado de Elizondo, fue acusado de extorsionar a dueños de bares, cantinas y table dances. Hubo trabajos periodísticos que constataron la corrupción en departamentos como el de Tránsito y el de Comercio y los ataques de la prensa contra el alcalde crecieron, porque a pesar de las evidencias no actuaba en consecuencia.
La cereza del pastel fue la construcción del edificio El Colibrí, levantado en la zona del Tecnológico y para el cual se modificaron los usos de suelo. Como pocas veces en su historia, el periódico El Norte le dedicó 40 portadas al tema de la corrupción en la administración regiomontana pero “Chema” Elizondo se mantuvo inamovible.
Sin embargo, el empresario salió con el capital político tan menguado que después de ser alcalde ya no obtuvo ningún puesto. En 2006 le quedó bastante claro, cuando compitió para ser nuevamente alcalde de ciudad Guadalupe pero perdió ante la priista Cristina Díaz.
El cuarto alcalde panista al hilo fue Felipe de Jesús Cantú, un joven con brillante trayectoria política que fue escalando puestos gracias a su tono aguerrido y llegó a ser dirigente panista en Monterrey.
Consentido de la prensa –sus declaraciones incendiarias eran excelentes para las primeras planas y una encuesta de El Norte en enero de 2001 lo colocó como el mejor político de la entidad–, Cantú entró a la alcaldía pisando fuerte, con un aire de renovación que el PAN mucho agradeció, pues aunque “Felipillo” no era de los alineados con la dirigencia nacional, tampoco era empresario neopanista.
Como su antecesor, Felipe tuvo sus altibajos con la opinión pública: en julio, a los siete meses de iniciada su gestión, propuso un aumento de sueldo del 70 por ciento para él y su Cabildo retroactivo al primero de enero. Pasó a ganar 97 mil 496 pesos, un sueldo superior al del mismo gobernador, Fernando Canales.
Luego abrogaría el reglamento de prostitución, borrando de un plumazo las estadísticas y control de personas dedicadas al sexoservicio.
Luego, cerró el Centro de Atención a Víctimas del Delito (Cavide), que apoyaba a mujeres y niños víctimas de violencia.
Por otra parte, los table dances proliferaron como nunca durante su administración, entre otras causas porque el Cabildo creó la figura de cabaret y al acabar con la laguna jurídica existente los legalizó.
Ya como despedida, el edil (a quien los moneros políticos bautizaron como Feli-Pillo) cedió terrenos del río Santa Catarina a la empresa Siglo XXI, filial de TV Azteca, lo cual provocó un debate en la opinión pública al privatizar, de facto, un espacio público que era usado por ligas de futbol y centrales obreras.
Sin olvidar el escándalo sobre la ampliación de la avenida Ruiz Cortines, casi con Gonzalitos, que obligó a mover tumbas provocando las duras críticas de los familiares y de la sociedad en general. El colmo del asunto fue que una empresa privada no fue afectada.

VUELVE EL PRI; SE VA EL PRI
Cuando dejó la alcaldía –con una popularidad muy diferente a la que tenía al inicio del trieno– Cantú debió cargar con el estigma que comparte con Benjamín Clariond: entregó la silla a un rival político, el priista Ricardo Canavati.
Muchos panistas y priistas le endosaron a Felipe la pérdida de la joya de la corona, aunque otros también repartieron parte de la culpa al gobernador Fernando Canales, quien gracias a su estilo soberbio de gobernar dejó el camino listo para que el PRI recuperara la gubernatura en la siguiente elección.
Lo cierto es que Cantú buscó refugio con sus amigos políticos pero con tan mala suerte que decidió apoyar a Santiago Creel en la búsqueda de la candidatura del PAN a la presidencia de la República, para suceder a Vicente Fox, convirtiéndose en su coordinador de campaña para la zona norte del país.
Aunque no tuvo suerte en su apuesta y se le escapó el cargo en el gabinete presidencial que ya imaginaba, el ex alcalde regiomontano encontró trabajo como burócrata nacional como coordinador de delegados de la Sedesol en 2006 y luego director de operaciones de Diconsa, en 2007.
Su futuro político quedó tan enterrado como las tumbas del panteón El Roble que removió durante su trienio para ampliar vialidades.
El ex joven maravilla del PAN dejó la silla a un viejo dinosaurio de la política, Ricardo Canavati Tafich, quien en sus 30 años de vivir del presupuesto se ha desempeñado como diputado local, alcalde, diputado federal y senador.
Con Natividad González Parás en la gubernatura, el panorama para el nuevo alcalde priista de Monterrey lucía sin sobresaltos y los pocos conflictos registrados prácticamente le pasaron de noche a Canavati, pues sus ausencias del palacio de Cristal eran notorias debido a graves problemas de salud.
Fue al final de la administración, con el proyecto de un nuevo mercado Colón, cuando se vino abajo la imagen de “Ricky”, pues uno de sus subalternos, Sergio Gil, fue acusado de pagar a los locatarios del mercado 40 millones de pesos (liquidados en efectivo) a cambio de que permitieran la demolición del viejo inmueble.
La anomalía en el pago le costó el puesto a Gil y finalmente no hubo mercado nuevo y ni siquiera el tan anunciado fideicomiso. Lo que sí se llevó a cabo fue la demolición del inmueble y ahora el corazón de la ciudad luce un montón de ruinas donde ya debería haberse levantado un moderno centro comercial.
Antes de terminar su alcaldía, Canavati se fue cobijado como candidato a diputado federal plurinominal; es decir, se le aseguró su llegada a la Cámara como recompensa por su buen trabajo, según algunos. O para protegerlo de cualquier acusación con el fuero de legislador, según otros. Finalmente, el peso político del ex alcalde ha menguado más que su precaria salud.

EL ‘NIÑO BUENO’
SE HIZO MALO
Encima de todo, el colmilludo político tricolor se echó a cuestas otro pecado: entregar la silla que casi no ocupó a un presidente municipal del bando contrario: Adalberto Madero Quiroga, el ‘niño bueno’ de Acción Nacional.
Madero cobró fama cuando el periódico Milenio Diario de Monterrey lo usó como vocero para difundir una millonaria cuenta de banco en dólares que el entonces tesorero estatal, Xavier Doria –amigo y subalterno del priista Benjamín Clariond– tenía en Estados Unidos a nombre de su empleada doméstica. Doria se fue a la cárcel y Madero al estrellato.
Después de la diputación brincó a la senaduría y desde esa plataforma impulsó leyes para apoyar a personas desprotegidas, como ancianos y minusválidos, lo cual le acarreó muchas simpatías, además de las que ya tenía ganadas por su aire de inocencia y su discapacidad para hablar.
Su entrada a la alcaldía estaba cantada, pues como senador no se cansaba de recorrer las colonias más pobres y derrochar populismo.
Entró con el pie derecho y una popularidad impresionante que, no obstante, fue declinando hasta caer prácticamente en picada.
¿Las causas? Una que engloba todas: la corrupción. Porque el ‘niño bueno’ del PAN se volvió caprichoso y no le importaron las evidentes pruebas aparecidas en los medios de comunicación –amén de las denunciadas por opositores partidistas y ciudadanos comunes– de malos manejos en las áreas de Comercio, Alcoholes y, sobre todo Tránsito.
Su todopoderoso chofer, Guillermo Blanco, pasó a ser secretario administrativo y el poder detrás del trono, encargado de preparar el terreno para el siguiente reto: la candidatura del PAN al gobierno estatal, para lo cual se infló la nómina municipal con panistas leales a Madero.
Las portadas de los periódicos –mucho más críticas que la televisión– denunciando corruptelas en la administración municipal, fueron acumulándose.
El colmo fue cuando la Iniciativa Privada –dirigentes empresariales, industriales, de cámaras y organismos intermedios, supuestos aliados naturales del PAN– publicaron un histórico desplegado en los diarios locales exigiendo acabar con la ola de corrupción en la alcaldía de Monterrey.
Ya ni sus propios correligionarios sabían cómo defender al alcalde, quien haciendo oídos sordos dejó de ser dicharachero y entrón con la prensa para ocultarse, volverse más escurridizo que un venado.
No obstante la realidad, Madero siguió actuando como el rey que se paseaba desnudo y mantuvo sus aspiraciones de ser candidato panista al Gobierno del Estado, e incluso amagó con contender por otro partido si el suyo no lo apoyaba.
Finalmente, el Comité Ejecutivo Nacional utilizó la figura de designación directa prevista en sus estatutos y le dio la candidatura a Fernando Elizondo Barragán, un panista de tradición, ex gobernador que sustituyó a Fernando Canales y, sobre todo, poseedor de una buena reputación que Madero no ha podido recuperar.
Ahora, en la recta final de su trienio, el alcalde regiomontano vive un período de paz porque los reflectores mediáticos apuntan a las campañas, pero no cabe duda que su otrora promisorio futuro político se vislumbra tormentoso, o al menos lleno de nubarrones… como el de sus seis antecesores.

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