Yo no quiero a Mazzantini,
ni tampoco a “Cuatro dedos”
al que quiero es a Ponciano,
que es el rey de los toreros…
Así rezaba el estribillo de una vieja canción, que exaltaba los logros en el ruedo, del matador de toros mexicano Ponciano Díaz, en los lejanos años, a finales del siglo XIX.
Ponciano Díaz, un singular torero mexicano que usaba bigotes, ha sido en la historia taurina, uno de los más importantes exponentes de la tauromaquia mundial.
Dueño de una enorme personalidad y con una categoría de gigante, Ponciano Díaz Salinas, nacido en el seno de la ganadería mexiquense de Atenco, tuvo entre el público de la época, un altísimo carisma, convirtiéndose, en un símbolo de la mexicanidad al considerársele, un verdadero favorito del público mexicano en las últimas décadas del siglo XIX.
El intrépido matador de toros fue por mucho, un auténtico triunfador, que agrandó al máximo, la pasión por las corridas de toros.
Ponciano Díaz tuvo entre sus miles y miles de seguidores un grito de batalla, que escuchaba en su faenas: “¡Ora, Ponciano!”.
Las corridas de toros en el siglo XIX, eran verdaderas fiestas populares que complementaban a otros espectáculos de la época como las charrerías, peleas de gallos y eventos musicales.
Los toros se convirtieron en ese momento en una actividad económica relevante, dando enormes ganancias económicas a sus protagonistas. Las corridas de toros a lo largo del XIX, causaron en muchos mexicanos, identidad popular y cultural.
A principios de los años 1800, los eventos taurinos, tuvieron singular trascendencia, pues desde la época insurgente, personajes como el cura Miguel Hidalgo y Costilla participó en ellas al haber sido aficionado y ganadero de reses bravas, al poseer las haciendas ganaderas Santa Rosa y San Nicolás de Peralta, en las que crió y comercializó, muchos toros bravos que lidió en diversas plazas del centro del país.
Pero de los insurgentes no solo el cura Hidalgo fue protagonista de la fiesta, también al Capitán Ignacio Allende, le pegó “el mal de montera” viéndosele de manera frecuente ponerse, frente a los toros en diversos cortijos y cosos.
Algunos de los toreros mexicanos que destacaron en el antepasado siglo, fueron entre otros, los hermanos Luis, Sóstenes, Joaquín y José María Ávila, quienes estuvieron en el gusto de la gente, por una muy buena cantidad de años.
Era tanta, la popularidad de la fiesta brava, que las corridas se multiplicaron, construyéndose además nuevos recintos, dando nacimiento también a nuevas ganaderías con toros bravos traídos de España.
Acrecentando con ello, la calidad y competencia de toreros, empresarios y ganaderos, teniendo como consecuencia, la floreciente actividad taurina con nuevos toreros y aficionados que llenaban plazas y cortijos.
No obstante que en esa época, las guerras por el poder política fueron recurrentes; los seguidores de la fiesta brava encontraron en los toros un espectáculo atractivo al ser una mezcla de la tradiciones españolas, con las fiestas populares muy a la mexicana..
Fue entonces, que el público taurino buscaba a toda costa tener un ídolo, un torero que representara la usanza mexicana del toreo, que tuviera arraigo y sabor nacional, surgiendo así, la figura de Ponciano Díaz, un torero muy a la mexicana, nacido en Santiago Tianguistenco en el Estado de México.
Fue el primero de enero de 1877, cuando por primera vez, se presentó ante la afición taurina mexicana, Ponciano Díaz, de escasos 21 años de edad, oriundo de Atenco, la ganadería más antigua del mundo. Ponciano en su debut, traía consigo las mejores cualidades de jinete, lazador y ejecutante de las típicas faenas taurinas campiranas, destacándose por su valor y personalidad.
A partir de ese momento el popular Ponciano, le llegó muy fuerte a los aficionados, convirtiéndose de inmediato, en el máximo ídolo taurino en ese último tercio del siglo XIX.
Fue en la plaza de toros de Puebla, el 3 de abril de 1879, cuando el “torero con bigotes” recibiría su alternativa de manos de quién hasta entonces, había sido su maestro y protector: el matador de toros Bernardo Gaviño.
En esa memorable fecha, Ponciano toreó bajo el mote de “Capitán de Gladiadores” causando gran expectación entre los asistentes a la corrida.
A partir de entonces, Ponciano Díaz, se presentó en todas las plazas de la Republica, alcanzando sonoros triunfos, destacando los de Guadalajara, Monterrey y Zacatecas, donde el “torero bigotón” fue aclamado como verdadero fetiche.
Años después al levantarse la prohibición de las corridas en la capital del país, que había ordenado años atrás el presidente Benito Juárez, se construyó en la propia capital, la plaza “San Rafael” siendo inaugurada en 1887, por el mítico torero mexiquense.
Al darse corridas en la capital y con una afición taurina en ascenso, los hermanos Ferrer, empresarios de la época cocinaron una rivalidad entre los mejores exponentes del toreo de la época, el español Luis Mazzantini y el mexicano Ponciano Díaz, quienes se dieron fuertes agarrones toreando muchas corridas juntos.
A la par, la popularidad y arrastre de Ponciano, fue en ascenso cada vez más, teniendo sonoros triunfos en México, España, Cuba y Estados Unidos, principales lugares en los que se daban festejos taurinos.
Alcanzando la fama de Ponciano, alturas insospechadas, llegándosele a comparar con la del otro ilustre personaje Díaz, es decir con el mismísimo Presidente de México, General Porfirio Díaz Mori.
En los chismes de café de la vieja capital, se decía “en México mandaban dos Díaz, el Presidente en el Gobierno y Ponciano en los ruedos”
Al tomar su alternativa española el 17 de octubre de 1889, de manos del español “Frascuelo”, Ponciano Díaz se convirtió en un torero de leyenda, siendo idolatrado por el pueblo, elevando su fama y prestigio torero, al máximo.
Debido a sus triunfos y al dinero que ganaba, Ponciano Díaz, llegó a tener su propia plaza de toros en el centro de la ciudad de México, a la que bautizó como “Bucareli”
Ponciano Díaz vivió su vida de manera acelerada y llena de excesos en las que abundaron, las fiestas y francachelas en compañía de falsos amigos y gente que lo explotaba, cabe decir que muchos empresarios taurinos y amigotes del torero, se enriquecieron bajo su sombra.
Tuvo Ponciano, una vida desenfrenada, que le provocó una rápida, penosa y grave enfermedad hepática, que al final de cuentas le segó la vida.
Fue el 15 de abril de 1899, a la edad de 41 años cuando el torero más famoso del siglo XIX, dejó de existir.
Fue Ponciano Díaz un torero mítico con halo de héroe popular, creándose en su entorno muchos mitos y leyendas, que a la fecha siguen vivas.
Con la muerte de Ponciano en 1899, concluyó toda una época del México del siglo XIX.
La afición taurina mexicana, recuerda todavía aquel antiguo dicho popular que ha quedado en la memoria colectiva:
“Ha concluido ya su historia,
ya no existe aquel Ponciano,
el arte también concluye
y lloran los mexicanos…”







