Vivimos obsesionados por la verdad en una era tecnificada hasta el tuétano. Cada instante debe saberse algo. Lo que sea. Y si no, los usuarios fanatizados de las páginas web y las redes sociales sufren ansiedad. De hecho ya hay una enfermedad con diagnóstico médico que produce la adicción a los teléfonos móviles. Nosotros simplemente le llamamos locura por estar conectados a los iPhone’s y otros artilugios de moda para seguir, vía twitter, a los amigos y también a personalidades: políticos, faranduleros, protagonistas de películas, de series famosas de los medios audiovisuales y, especialmente, de telenovelas.
Los excesos suceden día tras día. Y lo vemos más claramente cuando los medios masivos y los profesionales de la noticia se enganchan en la desmesura de la red al manifestar una gran ansiedad de publicarlo todo renunciando a una ética elemental y faltando al respeto al rigor periodístico, por no verificar y comprobar lo que dicen o escriben. Se exhiben también como poco dignos de proteger la identidad de sus fuentes y, en consecuencia, salvaguardar el empleo e integridad de los que en ellos confiaron los datos de una noticia trascendente.
Poca formación profesional demuestra aquel que, en aras de difundir “la verdad”, cree que la vida humana es prescindible. Y, peor aún, aquel que pone en riesgo su credibilidad al pelear ser el primero en salir al aire para ventilar un hecho de escándalo o el que utiliza las redes sociales para revelar lo que pertenece a la intimidad de las personas sin importarle fincar toda su versión en rumores, en los “se dice”, “me contaron”, “parece que”, etcétera.
Como nunca, por obra de la instantaneidad, hay información a pasto para llenar tiempos y espacios del periodismo utilizable con una finalidad cualquiera. Sin embargo, a veces ni oculta como aguja en un pajar se halla ahí la verdad. Todo lo contrario, hay ocasiones en que la confusión de imágenes, de voces y de dislates o la negrura de tantos párrafos nos causan una gran desinformación que crece con el choque o contradicción que notamos en los datos que circulan de un lado y de otro.
Pobres cerebros ametrallados hoy en día por seudoperiodistas que aprovechan la red para inundar de mil versiones los sucesos que gravitan en el interés general, a veces más por morbo que por salud pública. Imposible jerarquizar la información sujeta al criterio de un internauta que quiere destronar al periodista de los medios profesionales de la noticia, si ya con lo que difunden los reporteros rebasa la capacidad de comprensión de las audiencias. Por eso se magnifican muchas tonterías que entretienen a la gente pero no la informan, a costa de desviar la atención de problemas verdaderamente apremiantes.
Y por eso el descrédito del periodismo ha llegado a niveles tan altos, que el nuevo presidente de Estados Unidos, Donald Trump, prefiere utilizar su cuenta de twitter, alegando que la prensa es vendida y deshonesta, pero sin evidenciar su enojo porque los medios informativos no se apegan a sus intereses y deseos o contradicen sus opiniones, lo cual es muy legítimo en una sociedad libre en que la democracia admite la pluralidad de voces.
Y por eso también los receptores ya desconfían de los periodistas que han dado claras muestras de arrastrarse a los pies de los políticos que les surten la billetera de dinero y engordan las cuentas bancarias de esos informadores a sueldo, como lo testimonian los casos últimos ocurridos en Veracruz y Chihuahua con los ex gobernadores Duarte, Javier y César, expertos en el manejo y control de la prensa en sus días de gloria.
Hay muchas lecciones por aprender, tanto de lo ocurrido en el Colegio Americano del Noreste, en Monterrey, el miércoles 18 de enero, como de las noticias sobre las estupideces de esos periodistas de Veracruz y Chihuahua que se dejaron maniatar con sus amos, en busca de riqueza a manos llenas que pertenecen al pueblo y se entregan a manos llenas a los que les dan por su lado a los políticos corruptos, bajo el rubro de la comunicación social.
Hay que seguir luchando, pues, para no poner en entredicho el periodismo limpio de buenos colegas, con vocación definida por el servicio informativo auténtico en bien de las masas.v







