México es un país que presume su democracia representativa a los cuatro vientos. Y su presidente constitucional se jacta de ser muy respetuoso de la libertad de prensa y de expresión, que es el baluarte de toda democracia. Y está muy bien que éste reclame su derecho de responder a las críticas de los medios informativos aunque a veces se burla de aquellos a los que identifica como fifís. Es un gran comunicador y un estratega propagandístico que ha borrado de la escena pública a su vocero porque él se basta por sí solo para marcar la agenda cotidianamente con sus conferencias mañaneras.
Es muy hábil para defenderse de la sospecha de tener secuestrados a los tres poderes y de querer hacer suya la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Y muy certero en la definición de los contrapesos para hacer pedazos los señalamientos de que su gobierno adolece de un necesario equilibrio político porque es de un solo hombre, o que lleva a México por la vía del autoritarismo. No importa que haya voces que alertan sobre el peligro de la conducción personalista en momentos tan decisivos de la historia de nuestra nación. Para todos tiene, inclusive para los que se quejan de que impone a los suyos en puestos claves mediante trucos políticos que conoce muy bien. Y no se inmuta al corregir versiones oficiales de sus secretarios de estado, como es el caso de las dos ocasiones en que al subsecretario de Hacienda le dijo que no era cierto lo que había anunciado y al titular de Comunicaciones y Transportes le enmendó la noticia de que no había sido por la corrupción que se había cancelado el aeropuerto de Texcoco, sino por cuestiones técnicas. “Sí fue por la corrupción”, aclaró su jefe y dio cuatro señales para identificarla claramente.
Respecto a la libertad de prensa y de expresión día a día sostiene machaconamente que la respeta, a pesar de su fama de tener la piel delgada y la mecha corta en cuanto a la crítica periodística. Hasta ahora se ha sabido comportar en ese terreno, pues es aceptable su postura desde que asumió el mandato presidencial. Responde cuando tiene que responder y enfrenta los puntos de vista con los que no está de acuerdo con puntualidad y mesura. Pero en el fondo sabe que cuenta con un periodismo acotado, delimitado, timorato y servil, quizá por el miedo que ese periodismo le tiene a un manotazo estilo Luis Echeverría, o por conveniencia de quienes lo practican para estar bien con el régimen en turno. Es decir, por la autocensura que no por la censura oficial.
De otra manera no se explica uno que el libro “Ladrón de esperanzas” no lo haya podido presentar tan libremente el gran escritor Francisco Martín Moreno, quien dice que con sus anteriores obras ha tenido una apertura total en programas de la televisión nacional de alto rating, o en páginas de la prensa, y esta vez los programadores y editores no le responden siquiera su solicitud de entrevista, por tratarse de una novela con cierta dosis de realidad sobre el personaje central llamado Antonio M. Lugo Olea, “que supo encender la imaginación y la esperanza de millones de mexicanos ofreciendo una lucha frontal contra la corrupción, la impunidad y la delincuencia organizada”. Las siglas hacen referencia directa a nuestro popularísimo AMLO y a su slogan propagandístico. Y aunque es cierto que el autor le tiene tirria al primer mandatario de la nación, y ha volcado en este texto su rechazo hacia él, llamándolo mentiroso y demagogo, no consideramos eso una razón válida para no darle tiempo y espacio en los medios, que se ven muy mal al tratar de verse muy bien con el fundador de Morena.
Igualmente no hay por qué ocultar en esos medios adictos a AMLO las advertencias de académicos e intelectuales sobre el error del poder político de exigir la revelación de las fuentes periodísticas. Hay que airear el asunto en forma generalizada, por qué no, a fin de no tolerar la soberbia de someter a quien tiene el deber de la confidencialidad del origen de una información que forma parte de la libertad de prensa y expresión. No está bien ponerse de lado o callar mañosamente esa fuerza utilizada en las palabras de un presidente de México para encontrar la identidad de quien proporcionó un documento –el que sea– y ha tenido trascendencia pública.
El anonimato en las filtraciones es sumamente polémico en el periodismo. Lo sabemos. Pero si es para proteger a quien prueba en los hechos que vale la pena lo que se difunde, debemos aplaudirlo. Hay muchos ejemplos paradigmáticos en todo el mundo. Pero también debemos condenarlo cuando se usa para hacer trampa o difamar. Así es que, es muy bueno que nuestro periodismo acotado y delimitado suelte sus amarras y el bozal, y se ponga del lado de la sociedad, aunque le cueste la inquina de los poderes. O que denuncie a voz en cuello si son éstos los que le imponen su silencio.







