Los políticos tercermundistas son muy dados a colgarse del glamour que dan los triunfos de los atletas y deportistas en los Juegos Olímpicos, por lo cual de inmediato llaman por teléfono a quien consigue una presea dorada a fin de soltar la verborrea de siempre y exaltar el amor patrio o los valores inconmensurables de la preparación física y del sueño conseguido a base de esfuerzo.
Por eso se dice que la victoria tiene muchos padres, pero la derrota es huérfana. Sí. Porque esos mismos políticos que se suben al tren de los triunfadores a las primeras de cambio, se esconden cuando la falta de apoyo a esos atletas y deportistas se refleja en los malos resultados, como le ocurrió en Río de Janeiro de la delegación azteca.
Confirmada la primera medalla hasta el jueves 18 de agosto, aunque sea de bronce, para el boxeador de Chihuahua Misael “El Chino” Rodríguez, lo que ganó el gobierno de Enrique Peña Nieto fue una retahíla de reproches y denuestos por haber puesto en la Conade a un amigocho, al que había ubicado también como gobernador alterno en Michoacán en plena crisis de inseguridad y que es uno de sus incondicionales desde que estuvo al frente del poder ejecutivo en el Estado de México.
Alfredo Castillo es el nombre de este tipejo que ha brillado por sus conflictos en vísperas de los Juegos Olímpicos y sus pleitos con los directivos de las distintas ramas del deporte en México, al grado de que los boxeadores debieron andar pidiendo limosna en el metro y en los autobuses a fin de completar recursos para llegar a Río de Janeiro. Por tanto, ante semejante ridículo de las autoridades respectivas, el Senado y los diputados federales han llamado a comparecer al responsable de la Conade exigiéndole cuentas claras y que aclare si es cierto que se convirtió en agente turístico consiguiendo invitaciones especiales a sus cuates y regalando boletos a políticos del PRI en sus viajes a la sede de la Olimpiada en Brasil.
Así es que cuando la marchista de 20 kilómetros, Guadalupe González, ganó con mucha garra la medalla de plata el viernes 19 de agosto, lo mejor fue que Enrique Peña Nieto se guardara sus ganas de saludar con sombrero ajeno, porque lo que el pueblo le exige ahora no es sumarse a felicitaciones por lo bien ganado de tan esforzada mujer, sino volver a pedir perdón por las omisiones en el trabajo de su cuatacho Alfredo Castillo y ofrecer verdaderas disculpas por el cobijo que le ha dado a quien sabe del deporte lo mismo que lo que él sabe de astronomía o antropología y muchas otras cosas.
Es urgente que se oiga de nuevo la voz del señor Presidente reconociendo públicamente semejante error al no hacer lo que debió hacer su gobierno en estos Juegos Olímpicos y permitir el turismo de cuates del titular de la Conade con cargo al erario federal, por lo cual, si se comprueba este desmán, aplicarle un despido fulminante.
Lo expuesto ya en los medios impresos nacionales, en los comentarios a granel en la TV y la radio y no se diga en las redes sociales, es una afrenta más que marcará el final del sexenio de Peña Nieto, aunque viendo cómo se justifica en las entrevistas preparadas de sus corifeos, no queda más que aplaudirle su cinismo y su desfachatez en tan grande desplante de engaño a la opinión pública.
Así es que no veremos más a Peña Nieto pidiendo perdón por sus errores, a menos que le saque raja política a su pretendida humildad o los suyos le premien con aplausos su postura y sus cuates le traigan una medalla de oro de Río de Janeiro.







