El reparto de culpas

Después de la tragedia, comienzan a asentarse los juicios y la realidad se impone por encima de las conclusiones. Solo el registro de los hechos funestos queda de aquella noche del pasado domingo 21 de enero en Torreón. A la salida del Estadio Territorio Santos Modelo, una mujer, supuesta seguidora de Santos, atropelló a un grupo de aficionados del Monterrey.
Entre el griterío justificado de indignación, se han cruzado acusaciones que generan enconos aún mayores de los que ya existen entre aficionados inadaptados que deploran los colores de otras playeras.
El saldo fue de una señora muerta, Maribel, y otros más heridos, algunos de ellos de gravedad. Todos habían viajado de la capital de Nuevo León a seguir a las rayas, en el partido que ganaron 2-0 a los locales.
La presunta responsable, identificada como Jennifer, ya fue detenida y enfrenta cargos por homicidio doloso calificado. Las evidencias indican que le echó la camioneta encima a los seguidores visitantes que se retiraban del inmueble.
Hubo voces, de indignación que, por supuesto, acreditaban la tragedia a la brutalidad de la afición lagunera. En respuesta, un aficionado santista se pronunció en redes para reclamar, pues él y su familia son seguidores del futbol que jamás se han visto involucrados en un incidente. No es justo, leí, que por esa agresora, sea satanizada toda la feligresía del equipo de Torreón.
Razón no le falta a ese sensato seguidor del balompié que, como la enorme mayoría de los asistentes al estadio, acude con la alegría de ver una experiencia única, como es un partido de futbol que ofrece emociones incomparables y, en muchos casos, inolvidables.
Lo que ha pasado en Torreón es una radiografía de numerosas conclusiones erradas a las que se llegan cuando ocurren hechos deplorables, como son ataques, reyertas, lesiones, muertes. Los filósofos llaman sofismas a esos razonamientos falsos con apariencia de verdad. Como un hecho expuesto a los rayos X, se transparenta, con esta tragedia, la generalización que ha lastimado mucho el desarrollo del futbol y su búsqueda por consolidarlo como un espectáculo de masas donde existe la convivencia saludable.
Ahora el ente culpable no es una barra, el villano favorito de la película futbolera de cada semana. La señora que incurrió en el delito no formaba parte de ningún grupo de animación, aunque la autoridad señala que actuó con intención de lastimar, con una reacción desmedida y, por lo mismo irresponsable, causada por la animosidad que siente hacia el equipo que acababa de doblegar al suyo.
No es apropiado, en esta ocasión, medir a todos los aficionados por igual. Es cierto, en juegos Monterrey–Santos se han registrado otros incidentes que, entre los barristas llaman combates, como si al utilizar el eufemismo de guerra quisieran matizar el tonto propósito de extender fuera de la cancha el resultado que obtuvieron los equipos dentro de ella.
Claro que se siente feo perder, es una sensación amargosa. Pero el aficionado que se enfada, que agrede, es el que no tiene presente que eso que siente ahora es exactamente lo mismo que provocó en el rival, cuando la escuadra propia obtuvo el resultado.
No entender que el futbol da y quita, que proporciona tristezas y alegrías, es pensar como el niño que únicamente demanda satisfacciones y, ante las adversidades, se pone a llorar y manotea.
No verlo así, es no entender nada de este juego.

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