La directiva de Tigres reactivó el número 7 de Jerónimo Barbadillo, que había sido retirado a perpetuidad en mayo de 1982.
Es necesario aclarar, frente a cuestionamientos futuros, que quienes tomaron la determinación fueron los dirigentes en funciones en el inicio de este torneo Apertura 2025 de la Liga MX. El portador ahora es el atacante argentino Ángel Correa, de reciente contratación.
Para la feligresía esta determinación tiene sabor a ultraje y traición. Parece que alguien en las oficinas de Tigres no tiene noción de las tradiciones, el legado y la historia del equipo. Desconoce que Barbadillo proporcionó identidad y rumbo a la nación felina. Con goles mostró el camino a seguir.
El peruano, junto con otros próceres de la patria albiazul como Tomás Boy y Osvaldo Batocletti, entre muchos otros, le dieron clase y personalidad a un equipo frágil, recién ascendido a primera división, y solidificándose en la década de los 70.
A lo largo de sus siete años de militancia con el equipo de la Universidad Autónoma de Nuevo León, el Patrulla generó un campeonato de Copa y dos de Liga, cuando los torneos eran larguísimos, de un año, y conquistarlos se requería de una nómina sobresaliente, que la U no tenía. A falta de billetes, se impusieron, por encima de todos, con garra y corazón.
Quienes vivieron esa etapa constataron que Jerónimo se echó a la espalda el peso del equipo. Cierto, fue ayudado por la alineación en turno, pero fue él quien, con una velocidad sónica, gambetas de torbellino y un compromiso de pontífice, puso sello de calidad en cada triunfo de esa época.
Fue el rector Luis Eugenio Todd, una de las mentes médicas más brillantes que ha dado México quien, como rector de la UANL y presidente de Tigres, avaló hace cuatro décadas la distinción para el morenazo, para retirar el número que portaba en el dorso. Hoy, la determinación afrentosa, tomada por directivos que algún día dejarán el club para seguir con sus vidas en alguna otra ciudad, contraviene la orden de Todd, preclaro dirigente de la Máxima Casa de Estudios y quien aún ahora, después de muerto, es considerado el tigre mayor.
Ningún aficionado de cualquier equipo, jamás escatima elogios para referirse a las habilidades del Pantera. Desde que llegó a México, hechizó a toda la comunidad futbolera. Los conocedores americanistas, rayados, chivas, cruzazulinos, unamitas, todos lo evocan con admiración, pues es de esos jugadores que, por sí solos, elevan el nivel del torneo completo.
Se le reconoce como uno de los atacantes, mexicano o extranjero, más espectaculares que han pisado las canchas del país. En el Estadio Universitario, donde entregó incontables tardes de ensueño, se le reverencia como a un santón.
Contrario a quienes observan con desdén la orden de la directiva para desacralizar el intocable dígito, restándole importancia, es urgente aclararles que el hecho sienta un precedente para determinaciones futuras. “Es solo un número”, decía un aficionado. Es más que eso: se le está desdibujando a Tigres su historia. Se deshonra el recuerdo de un crack, su herencia futbolera, la admiración debida a su glorioso recuerdo, al incumplir la promesa de la desactivación permanente del 7.
Se hizo una ceremonia solemne en el Estadio Universitario, en una noche mágica, para sacar de circulación la camisa del héroe y despedirlo, pues partía a Europa a continuar su carrera. Bah, es solo un número. Mañana se borrarán los nombres del anillo de leyendas en el estadio, porque volvió a ponerse de moda un color aqua y es necesario modernizar las instalaciones con brochazos indiferentes. Bah, es solo una pared. O se determinó crear un museo para medallas de los jugadores importantes, así que deberán regresar las que ya les fueron entregadas. Bah, es solo un pedazo de metal.
¿Cuál sería la reacción de los fanáticos de Yankees si mañana reactivan el 5 de Joe DiMaggio, o el 3 de Babe Ruth? Algunos se arrojarían de cabeza del Puente de Brooklyn, seguramente, pues en esta institución se honran las tradiciones, y los dirigentes que la han hecho grande se han basado, no en determinaciones de marketing, si no en filosofías trascendentes y en la sagrada mística del respeto a los aficionados.
Hasta ahora, ningún directivo de Tigres ha dado una razón para explicar la apostasía. Con tantos números disponibles, no se entiende por qué profanar un recuerdo impoluto. Es triste, y a la vez desconcertante, que los administradores de Tigres padezcan de presbicia y miopía, no pueden ver ni de cerca en el presente, ni de lejos al pasado y al futuro.
Su falta de sensibilidad les impide echar un vistazo a la historia universal y entender que, lo mismo las naciones, como las grandes firmas empresariales o las sociedades deportivas, culturales, o de asistencia, cultivan permanentemente devoción a aquellos que entregaron sangre, sudor, sacrificio para engrandecerlas. Su memoria es tan grande que se les venera aún después de su partida. Por eso hay calles, ciudades, edificaciones, placas, para presumir con orgullo los nombres de quienes protagonizaron las gestas heroicas.
Barbadillo es uno de esos prohombres en Tigres. Pero, como se constata, no lo ven así los burócratas del escritorio, que velan principalmente por los saldos de la empresa, su prioridad, por encima del recuerdo vibrante de quien colocó los cimientos sobre los que se está levantando el buen nombre del club.
Han quebrado el cristal, con burdas maneras, para bajar del altar la camiseta número 7 canonizada, y comercializarla por una moda que, por definición, será pasajera.







