¿Donald Trump cambiará o no?

A partir del 20 de enero, Donald Trump, como comandante supremo de las fuerzas armadas del país más poderoso de la tierra, no ha sido valorado bien a bien. Se le juzga bien o mal por muchos otros aspectos de su vida, pero ¿cómo será como comandante en jefe de ese ejército imperial?
A los mexicanos nos aterra que se disuelvan con él los lazos culturales que han tejido ambos países desde hace larguísimo tiempo y que se deteriore la relación económica entre ambos, lo mismo que la relación en materia de seguridad y la cooperación para combatir el tráfico de drogas, de armas y el terrorismo, hoy tan de moda en su feroz combate al neoliberalismo y a la occidentalización del orbe. Y todo esto es posible si aplica la retórica de su campaña a la realidad.
Si como candidato presidencial Donald Trump prometió deportar a todos los mexicanos indocumentados, construir el muro en la frontera sur y negociar o anular el Tratado de Libre Comercio, refrendando su postura como presidente electo, ahora ya instalado con todo el poder que da habitar la Casa Blanca, sabrá Dios cómo trate de cumplir sus promesas de campaña o matizarlas con alguna benignidad. Si no, a la crisis propia de México en la actualidad habrá que sumar la que se nos venga con estas medidas dictadas por el odio a nuestro país de parte del rico empresario y sus seguidores.
Sin embargo, hay algo más que debemos analizar en este nuevo contexto de los Estados Unidos y es el referente a la información (información es poder), la cual podrá verse afectada ahora debido al nuevo trato con los representantes de los medios de información, al reasignarse los 49 asientos permanentes en la “Briefing Room” y al reducirse el número de reporteros acreditados ante la Casa Blanca, comenzando por los extranjeros.
Información es poder, y los medios en el país de la libertad han sido tan independientes como han querido para satisfacer la necesidad informativa, y para constituirse en otro poder como contrapeso a los demás poderes, exigiendo por tradición la rendición de cuentas a los funcionarios públicos, empezando por el presidente. Pero, ¿se podrá hoy con Donald Trump, acostumbrado a los ataques y descalificaciones a la prensa en sus mensajes que publica en su cuenta de Twitter?
El presidente número 45 de los Estados Unidos ha elegido a Sean Spicer como nuevo vocero de la Casa Blanca, para quien no son prioridad los corresponsales extranjeros e interpreta muy bien el pensamiento de su jefe, a quien ayudó en el equipo de comunicaciones durante la campaña presidencial, dando preferencia exclusivamente a las agencias Reuters y France Presse. Así es que hay que irse con pies de plomo en esa aversión a los medios que no les son afines o difunden información que les incomode, aunque se apegue a la verdad. Y, peor, hay que ver cómo reaccionan hoy por hoy ante aquellos que se han ganado el mote de tendenciosos, manipuladores, o perversos, como The New York Times o The Washington Post, que tienen el prestigio y la fuerza para oponérsele también.
Trump tiene como rutina chocar con los medios informativos que no comulgan con sus ideas o las ponen en entredicho, y por su origen empresarial está acostumbrado a mandar y a no rendirle cuentas a nadie, lo cual pinta un panorama muy raro en el país que promueve la democracia en todo el mundo, aún con invasiones y ataques armados. Y más alarmante aún es su desprecio por los puentes de comunicación que el periodismo tiende para dar forma a la percepción en el mundo sobre los Estados Unidos, e informar objetivamente lo que pasa en la Casa Blanca. El nuevo presidente cree que él solo se basta para tan importante tarea.
Por tanto, creemos que si así es el acaudalado jefe, sus millonarios colaboradores, nombrados por él, seguirán sus pasos y eso ya es de lamentar. Steven Mnuchin, como secretario del Tesoro; Wilbur Ross, de Comercio; Betsy DeVos, de Educación, y el petrolero Rex Tillerson, nominado para encabezar la diplomacia (el gran amigo de Rusia), sobresalen por sus fortunas en el equipo de Donald Trump, pero los demás no presagian mejor conducta ante la prensa, como Scott Pruitt, en la Agencia de Protección Ambiental (EPA, por sus siglas en inglés), o Tom Price, en el Departamento de Salud, enemigo a morir de la reforma de Barack Obama en este terreno.
Y qué decir de los cuatro generales, pues la institución castrense es la más valorada en las encuestas y goza de gran respeto aún, por encima de empresas e iglesias. De modo que sobresalen los nombramientos de James Mattis en el Pentágono; de Michael Flynn, consejero de Seguridad Nacional, furibundo crítico del Islam; y de John Kelly, director del Departamento de Seguridad Interna. Del propuesto procurador, Jeff Sesions, ni hablar: es un racista de marca.
Esperemos que Trump y su equipo sepan lo que significa la sociedad plural en que se asentaron desde sus orígenes los Estados Unidos, y que valoren la riqueza de su democracia en la que los beneficios son mutuos entre el poder político y los medios de comunicación, cuya labor es extender el tiempo y el esfuerzo de comprender lo que pasa en la Casa Blanca y su entorno gubernamental.

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