El 4 de diciembre de 1978 fue fundada la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Pero no debe ignorarse su antecedente inmediato, porque el Colegio de Periodismo, creado en 1974 por el director de la Facultad de Derecho, Lic. Neftalí Garza Contreras y su subdirector académico, Everardo Chapa Cantú, tuvo el acierto de cobijar los sueños de los primeros alumnos, quienes ya ejercían en esta área neurálgica de la sociedad, y gracias al impulso que le dio su coordinador, Samuel Flores Longoria, significó una franca competencia con las carreras de Ciencias de la Comunicación del Tec de Monterrey y de la Universidad de Monterrey, que en 1969 iniciaron sus actividades.
Todo marchaba sobre ruedas, hasta que el siguiente director de Leyes, David Galván Ancira, propuso el 10 de febrero de 1978 una reestructuración del Colegio de Periodismo, y entonces renunció Samuel Flores Longoria como su coordinador, de modo que al decidir el rector de la UANL, Dr. Luis Eugenio Todd Pérez, fundar las Facultades de Ciencias de la Comunicación y de Ciencias Políticas, el nombramiento de coordinador de la naciente escuela de comunicadores recayó en la persona del acreditado periodista regiomontano Francisco Cerda Muñoz.
A este prestigiado hombre de la prensa, de larga trayectoria y maestro en la práctica de muchos buenos periodistas en El Porvenir, le tocó organizar el cambio de sede a una vieja casona de la colonia Anáhuac, además de estructurar el plan de estudios. Con buen tino, durante todo 1978 condujo los primeros pasos de los estudiantes que ahora podían optar no solamente por el periodismo, sino también por relaciones públicas y publicidad. La hoy decana Emma Verástegui, con fecha de ingreso del 20 de agosto de 1975, da testimonio del entusiasmo de sus alumnos con el nuevo estado de las cosas. Yo mismo puedo dar fe de la historia que me ha tocado vivir en mi amada FCC, y no me inhibo en escribir lo que me consta acerca de ella, como lo ha hecho con toda propiedad el maestro Napoleón Nevárez Pequeño.
ERNESTO ROCHA RUIZ,
PRIMER DIRECTOR
Jamás olvidaré la invitación que me hizo el entonces secretario académico, Lic. Ernesto Rocha Ruiz, para que fuera testigo externo en las elecciones del primer director en noviembre de 1979, en las que él competía. Las mismas estuvieron muy reñidas, dada la imagen de un gran candidato, el Lic. Guadalupe Garza y la combatividad política del Lic. Sergio Castillo. Las protestas y enfrentamientos estuvieron a la orden del día, pero pronto las aguas volvieron a su cauce.
Finalmente, el triunfador fue el Lic. Ernesto Rocha Ruiz, quien dos años antes había llegado al Colegio de Periodismo invitado por Amadeo Garza Treviño, alto funcionario de la Cámara Nacional de Comercio (Canaco). Como profesor, además de secretario académico, se ganó la confianza de la mayoría de los maestros y alumnos.
Rocha Ruiz tomó posesión en enero de 1980, ya fungiendo como rector el Dr. Alfredo Piñeyro López, quien un día le planteó la alternativa de ocupar el edificio que dejaría la Facultad de Agronomía dentro de Ciudad Universitaria o esperarse a la construcción de uno nuevo en la Unidad Mederos. Desde ese año de 1979 yo era asiduo participante en cursos a los que me llamaba el Lic. Rocha Ruiz, a quien le escuché personalmente decirle a Piñeyro López, sin ninguna duda, que se inclinaba por la que sería la sede que hoy tiene la FCC, muy cerca de la avenida Las Torres (bautizada después como Lázaro Cárdenas). La nueva edificación se estrenó a partir de 1982, cuando empezaba a figurar en el mapa la exclusiva zona de Valle Oriente con su primer emblema comercial, Plaza Fiesta San Agustín.
Con un buen plan muy bien definido con su equipo de trabajo, Rocha Ruiz me nombró, para el horario nocturno, secretario académico en 1980 justamente después de llevarme a la oficina del rector Alfredo Piñeyro López para que firmara mi planta laboral, a la que me resistía por el trabajo que me absorbía como periodista en El Norte y como redactor de la revista Trabajo y Ahorro de la Sociedad Cuauhtémoc y Famosa. Acepté, pero en medio de una febril actividad, extendía mi horario más que de sol a sol, pues las clases terminaban entonces a las once de la noche.
El ritmo de aquellos años en la casona de la colonia Anháuac marcó el inicio del destino que me esperaba hasta mi jubilación, y me permitió llenarme de vivencias inolvidables, al contacto de la muchachada llena de energía y de una gran acción para construir su futuro a base de esfuerzo. El cambio en 1982 a la Unidad Mederos fue de retos por la incomunicación telefónica y la lejanía de Ciudad Universitaria, además de la oposición de los vecinos de Residencial Las Torres a que llegara hasta la nueva escuela el transporte urbano. El paisaje, sin embargo, era cautivador. También la amplitud de los salones de clase de los dos primeros edificios. Las dificultades se superaron con el ambiente de fraternidad y el apoyo de todos los que ahí convivíamos.
Ernesto Rocha trabajó duro para lograr su reelección e inició a tambor batiente su siguiente periodo en enero de 1983. Pero entonces ya sorteaba serios conflictos internos que no le impidieron en 1984 inaugurar en una casa de la colonia Del Valle los estudios de maestría a cargo de la maestra Ascensión García de Carmona y del Lic. Jorge Pedroza, al renunciar el español Dr. Carlos Sánchez Ilundáin.
En medio de constantes obras de construcción y ampliación de espacios, la Facultad de Ciencias de la Comunicación se fue ganando un lugar en la preferencia de quienes retaron la distancia de Ciudad Universitaria a la Unidad Mederos para conseguir su meta de titulación, pero también les tocó vivir a finales de 1985 la zozobra de la elección del siguiente director, entre amenazas y pleitos grupales, de modo que al final de cuentas la Junta de Gobierno designó al Lic. José M. Villanueva y no al que obtuvo mayoría de votos, Lic. Arnulfo Solís.
Sorpresivamente, el Lic. Ernesto Rocha Ruiz me pidió aceptara el cargo de subdirector. Yo estaba comprometido con el trabajo en El Norte, en pleno año del Mundial de Futbol México 86. Me opuse. No era posible siendo un gran amigo del Lic. Villanueva. “No lo podemos dejar solo”, arguyó. Su insistencia me comprometió únicamente a asistir en un horario que no interfiriera con mi trabajo periodístico y mis clases, que jamás dejé por nada del mundo. Pero en marzo de 1986 renunció el Lic. Villanueva y el rector Gregorio Farías Longoria aceptó la sucesión en la persona del primer ex alumno director, Fernando Esquivel Lozano, recién “desempacado” de un posgrado en la Universidad de Navarra, en Pamplona, España, quien meses después se postuló como candidato y ganó, pero fue derrotado en marzo de 1989 por el Lic. Salvador Guajardo, y éste sí cumplió sus dos periodos.
Mario Gámez Cruz fue el siguiente director, pero al presentarse una situación confusa y ser involucrada la escuela en un conflicto entre partidos políticos durante las elecciones para gobernador con Fernando Canales Clariond representando al PAN, y Natividad González Parás al PRI, renunció en 1997 al cargo, que ocupó la Lic. Ana Carmen Márquez, nombrada inicialmente coordinadora por el Rector Reyes Tamez Guerra.
La historia ha seguido recogiendo muchas anécdotas y vivencias de maestros y alumnos, y da cuenta del avance académico y la funcionalidad de sus instalaciones, que en 40 años de vida ha retratado los sueños juveniles de superación de muchas generaciones. Y no ha habido choque o desestabilización que haya puesto en peligro su futuro.






