Miranda (Meryl Streep) se ha humanizado; Andy (Anne Hathaway) recibe el reconocimiento que merece como periodista; Emily (Emily Blun) ha recibido un premio por su ambición; y Nigel (Staley Tucci) se mantiene como el escudero fiel de la revista Runway.
El Diablo Viste a la Moda 2 es una divertida secuela que ocurre precisamente 20 años después de que el mundo conociera a Miranda Prisestley como una generala del buen vestir, bruja implacable, dama egocéntrica y controladora absoluta de las publicaciones especializadas en el mundo.
Afortunadamente, los cuatro personajes de la cinta inicial regresan en esta comedia de alto presupuesto, pero ahora recolocados en un entorno laboral donde la comunicación ha sido absorbida por las redes sociales y las plataformas electrónicas, y con el periodismo serio amenazado por la epidemia de chismes. Aquel ambiente en el que se formaron ha desaparecido, engullido por un progreso cargado de superficialidad.
Frenkel recrea el actual mundillo de la costura internacional y el moderno jet set en el que se desenvuelven estas personas, integrantes de una élite donde se decide qué es lo que vestirá el planeta cada semana.
Pero algo ha cambiado considerablemente. La jefa ya no es ese robot que aniquilaba con el zapato todo aquello que consideraba inferior o lo que se presentaba como competencia. La historia pierde mucho con esta Miranda convertida en un ser más empático, soberbio aún, pero sin aquellos arrebatos viscerales que la convertían en un torbellino sigiloso y despiadado.
Los tiempos son tumultuosos. Runway, la publicación que dirigió hasta la cumbre, ya es presidida por el hijo del dueño, un joven con ideas nuevas, que ignora la condición legendaria de la editora en jefa, y ha decidido dar un cambio a la revista, con mayor difusión en el ámbito digital.
¿Dónde quedó aquella mujer de hielo, incapaz de conmoverse por nada? Se quedó en la lucha que libró dos décadas atrás. La mujer vista ahora es como una guerrera fatigada por batallas pasadas. Se ve cansada y disminuida. La corrección política ya le impide expresarse libremente. La conciencia social le impide ahora maldecir y denigrar, como en un no muy lejano pasado glorioso, so pena de castigo en el área de recursos humanos. La corrección le sienta muy mal, pero es ahora condición obligada para desenvolverse en una generación frágil y quejumbrosa.
Incluso muestra simpatía por Andy, la aprendiz de asistente que, en el pasado, decidió renunciar a esta posición rebasada por las demandas y las exigencias del puesto. Andy está de regreso y juntas deben hacer equipo para salvar la publicación de la que son guía y alma.
En esta secuela, que se mueve entre Nueva York y Milán, se ve mucha menos moda y más intriga empresarial. Hay pasarelas y cocteles, pero la acción transcurre más en las oficinas, pues la historia gira en torno al legado de la publicación. Hay traiciones y deslealtades, pues todos se esfuerzan por sobrevivir en el estanque plagado de cocodrilos. También entrega dulcitos en forma de cameos de Lady Gana, Donatella Versace, Heidi Klum, Dolce y Gabanna, Naomi Campbell, Karl-Anthony Towns y Ciara entre muchos otros.
El guion de Aline Brosh McKenna y Lauren Weisberger trae montones de frases replicables en forma de meme y los personajes se mueven con aura risible de superioridad, solo entendible en un entorno donde todos sus semejantes se sienten parte de una casta divina. No hay ningún pudor entre ellos para moverse en burbujas de exclusividad, prerrogativas de las que gozan… mientras son útiles al negocio.
Eso lo entiende muy bien Miranda, que oportunamente lee su futuro. Ha envejecido y la tendencia apunta hacia los jóvenes. Se ha convertido en un vejestorio y pronto será producto desechable, igual que ella tomó a otras personas cuando tenía energía y lozanía.
Sufre por las incomodidades de la exclusión. Cierto, todavía es respetada en un círculo de conocedores, pero ya no tiene la jerarquía de otros tiempos. Ahora debe viajar en aviones comerciales, tener juntas en la cafetería y tolerar las bromas inaceptables del dueño nuevo, que la trata con insultante familiaridad. Hasta despierta ternura la señorona sometida a las incomodidades de ser una más entre los mortales, al constatar, con sufrimiento, que la nueva administración de la publicación ha reducido los gastos superfluos, lo que representa una considerable disminución de las comodidades.
Llama la atención la inclusión de Keneth Brannagh como la pareja de Miranda, un papel de florero, que no le hace justicia a su laureada trayectoria como actor, productor, escritor y director.
El Diablo viste a la Moda 2 es una película ligera, pero deliciosa, con grandes actuaciones que reviven la magia de este equipo genial que, veinte años después, aún participa en los caprichosos dictados de la alta costura.
@LucianoCampos G








