‘Siempre pienso en la luz del desierto para contar cosas’: Luis Jorge Boone


La tragedia de perder a tus paisanos, vecinos, amigos y familiares por culpa de la delincuencia organizada es algo que ocurre desde hace años no sólo en el norte de la República, sino en muchos pueblos del centro y sur de México. Sin embargo, los deudos llevan su luto en silencio, invadidos por el miedo.
En el marco de la pasada edición de la UANLeer 2019, Luis Jorge Boone (Monclova, 1977) presentó su novela: “Toda la soledad del centro de la tierra” y confesó a los asistentes que fue muy doloroso escribirla, pero sentía que tenía que hacerlo para honrar la memoria de las víctimas de la violencia que ha penetrado en todos los rincones de este país.
“Es el libro que más me ha provocado dolor escribir. Es un libro que disfruté porque uno disfruta la escritura, pero es un libro que me arrepentí en algún momento de escribir. Alguna vez pasé por Allende, Coahuila, pueblo en el que está basado todo esto y que no lo quise ubicar tanto porque me di cuenta que en Michoacán, en Veracruz, en Guerrero, aquí en Nuevo León, en muchos lados, ha habido pueblos tomados por la delincuencia organizada.
“Es una historia que yo me sentí con la responsabilidad de escribir, yo lo estoy viendo, de esto no se habla; y yo sé que es un tópico que usamos mucho de pronto que es el darle voz a los que no tienen voz, pero lo que quise es hablar del dolor de la gente, que no se olvidara y lo quise hacer como un memorial”, expresó Boone.
Los escritores regiomontanos Gabriela Riveros y Hugo Valdés acompañaron al autor coahuilense en la presentación que se realizó en “Café Literario”, lugar al que acudieron un buen número de personas que ya habían leído el libro.
“Pese a su relativa brevedad, Toda la soledad del centro de la tierra es una larga meditación sobre la humanidad perdida y avasallada por la violencia y la existencia de un pozo, esa nada desesperante, hambrienta que se abre a no muchos kilómetros del villorrio donde se va deshilando una narración repartida entre la voz de un niño, el Chaparro, y una especie de contrapunto responsorial conformado por los ecos del pueblo vecino, diezmado sistemáticamente por comandos de un cártel del narcotráfico.
“Por obra de esta oposición que se complementa y detalla en amplios trazos la tragedia colectiva, la novela sortea el reportaje tremendista que concitaría un tema real como la masacre y desaparición de más de trescientas personas de todas las edades en el municipio de Allende, Coahuila, entre los años 2011 y 2012”, apuntó Hugo Valdés sobre la novela.
Para Gabriela Riveros esta historia es un mapa de la condición humana y habla de lo que significa ser niño en México en estos tiempos, como sucede al Chaparro, el protagonista, un niño de 10 años.
“Es un texto que evidentemente exprimió la realidad y nos está dando a degustar ese jugo que se queda. Porque en esta novela no importan los datos, no importan las estadísticas, no importan los muertos como en el tema de las novelas de narcotráfico, él lo lleva a otro nivel.
“Boone recupera la esencia humana del dolor, de la desolación, de la infancia, del abandono y lo lleva, entonces se vuelve un texto universal por su ritmo, por su prosa, y creo que hay algo de teatralidad también”, señaló.

EL CANTO DEL POETA
Luis Jorge Boone leyó uno de los capítulos de la novela y entonó un par de canciones que aparecen como parte del texto. Dijo que en nuestra cultura la tristeza se acompaña con música.
“Lo que quise hacer fue retratar un poco la educación sentimental popular, porque me parece que las grandes obras creativas son como pequeñas cápsulas que son como canciones donde nos guardan un sentimiento y una emoción que nosotros les damos.
“Para mí eso es la música y para mí eso es la literatura; se entrecruzan y se suman algunas de ellas; como cuando recordamos un libro que leímos, pero no nos acordamos en qué lugar o de qué vivíamos en ese momento”, reflexionó.
La poesía está siempre presente en la obra de Boone y esta segunda novela no sería la excepción, pues considera que en el dolor, el desamor y otros sentimientos, se encuentra la comunión con los demás, lo cual crea una empatía entre el escritor y el lector.
“Es que hay momentos de claridad, de luz y de belleza; y la belleza no necesariamente es algo bueno. La experiencia estética es una cosa muy contradictoria, muy confrontadora, porque de pronto vamos a estar sintiendo dos cosas al mismo tiempo, contrapuestas.
“Creo que es en la comunión donde está la belleza; en la escritura, en cómo lo escribimos y en cómo tendemos ese punto desde mi dolor hacia el dolor de los otros, y esa capacidad que tengo de comunicarlo. A final de cuentas la belleza no está ahí, está en que podamos entender en esa especie de telepatía que es decir: él está pasando por esto y yo también he pasado por ahí”, argumentó.
Como escritor del norte, el entrevistado acepta que al iniciar una novela, un cuento o un poema, siempre se imagina Monclova, el desierto, Ciudad de México, Monterrey, Saltillo, es decir, los lugares en los que ha vivido o visitado.
“Que tres cuartas partes de lo que escribo, sucede en el norte, y yo siempre estoy pensando en la luz del desierto para contar las cosas”, afirmó.

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