UNA BATALLA TRAS OTRA. Anarquía y racismo

Una batalla tras otra sustenta su narrativa en temas importantes y de actualidad ardiente: racismo y anarquía.
El director y guionista Paul Thomas Anderson crea una trama agotadora y divertida, llena de acción y giros espectaculares, donde los personajes prácticamente no tienen descanso, pese a que pasan corriendo entre décadas.
Lejos de ser un pronunciamiento panfletario sobre la supremacía blanca que permanece en la sombra, la cinta presenta una atmósfera de comedia social, donde algunos personajes son delineados como caricaturas que se consumen por sus propias obsesiones risibles por mantener tras la frontera a los migrantes y controlar el mundo.
En el centro del tumulto se encuentra el paranoico Bob (DiCaprio) un revolucionario de viejo cuño, que se ha quedado atrapado en el sueño libertario, al interior de su país. Hubo un tiempo en que este tipo soñador, adicto a los enervantes y enamorado de una compañera de raza negra, participó en asaltos a bancos y a estaciones migratorias, tiroteos y sabotajes. Y sobrevivió.
Años después, el destino lo alcanza, mientras lleva una vida apacible, con su hija adolescente Willa (Chaze Infiniti), bronca y reactiva, igual que él.
Su Némesis es el jefe de la migra Lockjaw (Penn) quien, con una perseverancia javertiana lo ha perseguido junto con sus aliados de aquellos años para, tener a su alcance la posibilidad de echarles el guante.
DiCaprio está, como siempre, en plan coloso. Su actuación completamente despojada de glamour, es la de un tipo que ve conspiraciones en todos lados; ha aceptado su pasado como una carga que debe llevar toda su vida y cree que su hija es asediada por chicos que se quieren aprovechar de ella. Y, por encima de todo, se siente permanentemente perseguido, al suponer de manera permanente, que alguien algún día derribará la puerta de su casa para ponerlo tras las rejas.
Es de risa su manera de afrontar la urgencia. Permanentemente desconcertado, anda de aquí para allá enfundado en una bata de baño, con lentes oscuros, como si lo hubieran sacado de la cama para que emprendiera la huida de los feroces enemigos. Igual hilaridad provoca Penn como el rudo militar con aspiraciones patéticas. Ridículamente formal, temerario y disciplinado, constantemente cruza la línea de la legalidad, motivado por filias y fobias que mantiene en secreto. Aún un hombre como este, que se comporta como un santón, tiene sus esqueletos en el armario.
En medio de las preocupaciones de unos y otros, y las traiciones y lealtades que circulan entre los grupos anarquistas, Bob se da cuenta de que le ha llegado el momento de hacerse responsable de sus actos. Sus ilusorios sueños subversivos, que nunca se concretaron, ahora le han regresado deudas con la justicia que alguien se encargará que cumpla. Rejoneado, cuando los ataques se derivan hacia lo que más ama, asume de nuevo su postura revolucionaria y contraataca.
Es interesante el discurso de Anderson sobre la existencia permanente de migrantes ocultos en el país en tiempos de Trump, donde la persecución y la sospecha han creado un clima generalizado de inestabilidad. Sin trivializar el tema, evidentemente lo aligera con un sesgo compasivo, a través del sensei Sergio (Benicio del Toro), actor puertorriqueño de nacimiento, que aquí se burla de la persecución contra los no nacidos en el país, como un eco de la comunidad latina que se moviliza para escapar de las autoridades que se empeñan en su deportación. Mientras los agentes rompen la puerta, ellos se evaden por túneles.
En medio de la sátira y los absurdos, el realizador nunca pierde de vista la desesperación de Bob, un tipo que nunca ha encontrado lugar en el mundo. Audaz de joven, envejece como una antigualla, un Che Guevara empolvado y olvidado en un ropero. Es una leyenda en la comunidad de la resistencia, pero no consigue encajar en ningún lugar más que en sus escapatorias canábicas que lo mantienen aturdido y ajeno a su realidad insulsa.
Una batalla tras otra es una cinta oportuna. En momentos en que el mundo se convulsiona por la xenofobia, Anderson se da tiempo para reflexionar sin solemnidad sobre los extremos que puede alcanzar la brutalidad de los opresores, y las decisiones desesperadas que pueden tomar los oprimidos.
Imperdible.
@LucianoCampos G

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