Las nuevas conquistas de Julio


Tras ingresar a una pandilla a los nueve años, ser encarcelado por narcotráfico a los 17 y de allí sobrevivir casi la mitad de su vida entre prisiones de México y Estados Unidos, Julio Almanza jamás pensó que el próximo día de reyes podría estar frente a su pastel de cumpleaños con el número 50.
Fundador de una pandilla en Chicago, colaborador de grupos criminales de Michoacán y Sinaloa en México, amigo personal y escolta en el liderazgo de uno de los grupos más poderosos en el crimen organizado en el norte de los Estados Unidos, Almanza inició su vida de crimen y violencia cuando buscó en las calles de Moroleón, Guanajuato, apoyo emocional después de sufrir , entre los cuatro y los nueve años, abuso sexual y maltratos que bien podrían clasificarse como torturas. Lo peor, fue su tío materno quien lo hizo.
“Nací y crecí en el lado sur de Chicago, pero una buena parte de mi niñez la pasé en Moroleón. Allí fue donde me metí a las pandillas. Abusaron de mi sexualmente, en muchas formas, que causaron que me volviera violento, porque no quería que nadie me tocara. Comencé a buscar amor en las calles y me junté con gente del barrio y aprendí a pelear”, narra desde su casa en Arizona.
De regreso en Chicago, Julio expandió su conocimiento criminal con el uso de armas de fuego; su comportamiento conflictivo lo llevó a reubicarse a la casa de sus abuelos en el sureste de la ciudad, en donde en 1990 se convirtió en miembro fundador de la pandilla “Discípulos de satanás 59th and Spaulding”, dentro de la zona conocida hasta por el FBI como “el parque de juegos del diablo”, por su incidencia delictiva.
Todos los días, indica, yo salía tratando de matar a alguien o que alguien me tratara de matar.
A los 16 años, la reputación y contactos lo acercaron con pandilleros mexicoamericanos con lazos familiares y criminales en Apatzingán. La invitación llegó, y Julio, apodado “el pollito”, volvió a México para emplearse con narcotraficantes asociados con la Familia Michoacana.
Imagínate, narra, entonces me ofrecieron diez mil dólares, ¡por supuesto que les dije que sí!.
Aprovechando el beneficio de su edad, su nacionalidad estadounidense y una revisión más laxa en la frontera por ello, Julio completó el primer viaje de varios traficando drogas.
“Hice muchas cosas por la juventud que tuve y las cosas que me pasaron. Mis decisiones fueron basadas en lo que pensé que era un hombre y seguía los ejemplos de los pandilleros, del narcotráfico y pensaba que eso era lo que yo quería ser.”
A los 17 años, envalentonado por la inmadurez y el hasta entonces éxito, Almanza llegó a Matamoros, Tamaulipas con un cargamento de 40 kilos de marihuana. Como otras veces, esperaba cruzar la frontera sin problemas. Esta vez no fue así. A pesar de que era menor de edad, Julio fue encarcelado en la entonces prisión de “El Castillo” en San Luis Potosi.
Dentro de la prisión, el joven mexicoamericano sufrió el acoso de internos de más edad, lo que lo arrastró a una espiral de violencia en la que, asegura, lo llevó a defenderse de ataques a diario.
En su experiencia de crimen binacional, Julio asegura que el ambiente delincuencial en México es peor que en los Estados Unidos. “Cuando me metí en el narcotráfico allá (en México) vi y viví cosas muy fuertes. Allá la vida es más ‘barata’; hay mucha violencia, muchas cosas malas que me afectaron, especialmente cuando caí en la cárcel.”
Almanza estima que, en el sistema penitenciario de México, la facilidad de convivir físicamente con la familia es esencial para lograr una eventual rehabilitación y reinserción social, que hoy es limitada debido a la sobrepoblación nacional excedente de 34 mil personas, el autogobierno al interior de las cárceles y el rezago en la resolución de sentencias, que de acuerdo con los Censos Nacionales de Sistemas Penitenciarios en los ámbitos federal y estatal 2026, tiene a cuatro de cada diez internos esperando una resolución.
“El dinero es veneno en la cárcel en México, porque puedes comprar todo. Muchas familias mandan dinero a sus parientes en la cárcel y no saben que lo único que están haciendo es ayudando a que se maten por las adicciones. A mí me mandaban mil dólares por mes, y siempre terminaba con deudas, porque había que pagar por todo allí adentro.”
Mientras Julio -literalmente- luchaba por sobrevivir en la prisión, se acordó una “cuerda”, o traslado de reos de nacionalidad estadounidense encarcelados en México de vuelta a su país para cumplir sus sentencias en su nación. Allí se inició un peregrinar que llevó al joven a las cárceles de Saltillo, al tenebroso penal del Topo Chico y al polvorín siempre encendido del Cereso Municipal de Ciudad Juárez, de donde fue repatriado.
Al salir de la cárcel, el “pollito” ya era gallo.
Con más y mejores conexiones en el inframundo, Almanza regresó a México, a las Islas Marías, a donde acudió a pagar una deuda que lo acercó a mandos del grupo criminal de Sinaloa, donde también se reencontró con dos viejos vecinos de Chicago: los gemelos Margarito y Pedro Flores, quienes para ese tiempo ya eran socios importantes en los Estados Unidos.
En la evolución de las dinámicas del crimen organizado en México, Julio llegó en un momento en el que su identidad como pandillero todavía lo limitó de obtener un asiento en la mesa de los líderes, aún y cuando sus resultados en el tráfico eran muy redituables. Hasta antes de la gran fractura del 2006, la identidad campesina de los grandes capos predominaba en el liderazgo, y los pandilleros como Almanza eran vistos más como “desechables”, una casta inferior a los de botas y sombreros.
Aún y cuando el negocio del narcotráfico galopaba junto con un restaurante de comida mexicana donde invirtió sus ganancias, Almaraz seguía disfrutando de la vida recia de las pandillas.
“La mera verdad, a mí me gustaba andar en la calle, me gustaba andar de pandillero y ahora que ya tenía dinero, era un pandillero más poderoso, pero se me cayó el cantón a los seis meses. Mi misma pandilla, uno de los jefes me puso una pistola en mi carro en su nightclub y no me quedé en la cárcel, tuve que agarrar un licenciado pagado, o sea machín, machín. Gané ese caso, luego salí y me trataron de matar y tuve que cambiarme a otra pandilla para poder sobrevivir.”
Julio encontró cabida en los “Latin Kings”, uno de los grupos más grandes y peligrosos en el país. Allí, su amigo y líder Rudy Rangel Jr. alias “Kato” lo empleó como su escolta personal hasta el 2003 cuando sorpresivamente le ordenó mudarse a Arizona. Contra su voluntad, Julio obedeció. Días después, “Kato” fue asesinado mientras le cortaban el pelo en una barbería. Una investigación del periódico Chicago Sun-Times reveló que la muerte pudo llegar como venganza por el robo de 150 kilos de cocaína.
Las amistades peligrosas continuaron, así como los arrestos. En total, Julio pasó 17 años interno entre cuatro prisiones en México y al menos 25 en los Estados Unidos hasta que una pieza de pollo desencadenó una serie de eventos que lo llevaron a la redención.
“En California estaba en alta seguridad cuando hay una pelea por una pieza de pollo; yo me quedé viendo como por algo tan simple a un moreno (afroamericano) lo enfierraron (apuñalaron). Me impactó ver como dejaba en las paredes las marcas de sus manos llenas de sangre. Allí dije, ¿que estoy haciendo? Me sentí viejito, no sé por qué, en ese momento me sentí como roto, como viejito, dije esta vez ya no la voy a librar porque ya no soy un joven. Yo tenía una infección en mi corazón; sabía que algo me había pasado que yo vivía ese dolor en mi vida”
Al abandonar la cárcel, Almanza fue enviado a una casa de transición. Allí comenzó su cambio, literalmente, dando un paso a la vez.
Mi primer maestro, explica, fue el semáforo peatonal, que me enseñó a esperar, a seguir la reglas sin que nadie estuviera diciéndome que hacer. Eso lo combiné con escribir un diario, hacer mucho ejercicio y cambiar mi forma de comer.
Una segunda fase ocurrió cuando, ya inmerso exitosamente en el levantamiento de pesas, el exconvicto seguía consumiendo drogas, alcohol y desperdiciando el dinero que ya ganaba como atleta de alto rendimiento y entrenador personal.“Luego de un año me invitaron a hablar en la cárcel aquí en Arizona. Y es porque me miraron en un evento de fitness. Y cuando empecé a hablar, empecé a ir cada mes, y luego empecé a ir cada semana, cada semana y de ahí empecé a escribir mi programa “Wrong to Strong” (de equivocado a fuerte).”
El gimnasio también le dejó en 2019 a su hoy esposa, a quien, bromeando, dice que necesita más terapia que él, después de que decidió aceptarlo como su pareja.
Han pasado diez años desde la última vez que Julio salió de la cárcel. Hoy es copropietario de un estudio de producción de podcasts, conferencista, creador de contenido y líder del programa de rehabilitación y reinserción basado en el acompañamiento al interno y a su familia bajo los principios de disciplina, rendición de cuentas, fe, educación y servicio.
“Este un proceso que tienes que hacer de a poco. No te puedes salir inmediatamente de la situación porque te ven todos los días, pero si lo empiezas a hacer sistemáticamente, despacito, sin hacer ruido, de a poco, los cambios ocurren.”
Hoy, Julio ofrece programas dirigidos específicamente a reos, mujeres, custodios, jóvenes y excarcelados. Además, se encuentra en fase de prueba de una aplicación que espera sea completamente funcional tanto en México como en Estados Unidos y que al mismo tiempo que localiza la prisión donde se encuentra el familiar, educa a la familia para aprender a vivir con un exconvicto.
“Educación sobre las drogas, segregación de los violentos, ejercicio obligatorio, son cosas que se pueden hacer en México para que existan más posibilidades de rehabilitarte, porque el crimen siempre va a existir, pero hay formas de apoyar. No tienen que caminar solos, ni ellos ni sus familias, a las que nadie prepara para recibir a una persona completamente distinta y contra la que se tienen muchos rencores”.
El seis de enero del 2027, Julio cumplirá 50 años, una edad que jamás pensó que alcanzaría, y menos en las condiciones de vida en las que hoy se encuentra. Espera regresar a las cárceles de México para desarrollar sus programas de reinserción y apoyar a quienes buscan una salida real al infierno de la prisión.
“La paz que hoy siento, que hoy disfruto, es incomparable. Después de pasar una vida corriendo, balaceando, creando caos, hoy disfruto cosas que nunca había podido disfrutar. Si me dijeran que me quedan 24 horas de vida, me despediría de toda mi familia, y me iría con una sonrisa”.

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