Homero Aridjis evoca la bohemia del México de los años sesentas

Un joven poeta de provincia llegó a la Ciudad de México en 1958 con la idea de convertirse en periodista. No imaginaba las sorpresas que le deparaba el futuro, pero en tanto, entró al círculo de intelectuales que formaban parte de la crema y nata del movimiento cultural que reinaba en esa época.
El poeta, narrador y activista Homero Aridjis evoca su juventud, en la que atesoró varios recuerdos que ahora aparecen en “Los peones son el alma del juego”, una novela de autoficción como él mismo la define.
El autor comparte sus primeros encuentros con escritores de la talla de: Juan Rulfo, Octavio Paz, Elena Garro, Gabriel García Márquez y otros más que desfilan por las páginas de este libro en el que quiso hacer una analogía con el ajedrez, juego en el que ha participado en competencias a nivel profesional.
“Desde hace años ambicioné escribir una novela que fuera una autoficción, no formalmente una autobiografía, en el sentido en que el autor se convierte en personaje”, comentó Aridjis
Mencionó que en los años sesentas, entabló amistad con muchos escritores, pintores y poetas que alcanzaron el éxito tanto en México como en el extranjero, pero que formaron una parte importante de su historia y -desde su perspectiva- eran y se comportaban como cualquier persona.
“Porque estar con Gabriel García Márquez, Rulfo, Juan José Arreola, Octavio Paz, en esos momentos había la inmediatez de la circunstancia, pues uno los veía en un café, en una fiesta, en una reunión, en la calle. No los veía en los monumentos que se convirtieron después, sino como seres humanos; por ejemplo, a García Márquez me lo encontré en una peluquería.
“Entonces, para poder retratarme a mí mismo, tenía que verme en esa inmediatez de la vida cotidiana, que uno realmente no sabe qué va a pasar; si por la calle se encuentra a algunos conocidos. Y también hice un retrato de lo que era la Ciudad de México en la década de los sesentas, era una ciudad más pequeña, no como el monstruo que es ahora”, manifestó.
Recordó que la Ciudad de México hace más de 50 años tenía mucha cultura, ambientes sociales, y se podía caminar con tranquilidad. En uno de sus capítulos recrea el momento en que encontró en la calle a Juan Rulfo pasado de copas, y entre él y un amigo lo llevaron a su departamento.
“A Rulfo lo conocí tirado en un prado del Paseo de la Reforma, borracho, había perdido la dentadura y un amigo y yo lo ayudamos para levantarlo del suelo, lo llevamos su casa y apareció su mujer enojada porque nos preguntó qué cosa le habíamos dado de beber a su esposo.
“En el libro no traté de denostarlos, pero uno ve que fulano es muy borrachín, que otro es muy mujeriego y otro tiende más bien hacia personas de su mismo sexo; son circunstancias que uno las ve como parte de la personalidad del individuo”, mencionó.

 

POETA CONFIDENTE

 

Y en lo que concierne a su propia imagen ante los lectores, consideró que no tiene el control de lo que la gente pueda pensar de él, ya que siempre habrá diferentes opiniones sobre su persona y su desempeño como escritor.
“Uno no puede controlar la imagen que proyecta a los demás. Así como me pasó con Octavio Paz, quien fue muy afectuoso conmigo, pues fue uno de los primeros poetas que me reconoció como poeta al decir que yo era el mejor poeta joven de México.
“Yo lo conocí a través de Archibaldo Burns, quien era un playboy millonario y él fue el rival en amores con Octavio por Elena Garro”, refirió.
El también autor de “El poeta niño”, quien se describe a sí mismo en ese entonces como un joven serio y formal, se vio involucrado en este tipo de situaciones en las que hizo las veces de confidente, pues estos personajes con los que tuvo una relación cercana veían en él alguien en quien podían confiar.
“Casi me tocó vivir el affaire de Octavio Paz, Elena Garro y sus dos amantes: Archibaldo Burns y un argentino escritor que se llamaba Adolfo Bioy Casares, y no fuera una cosa que fuera indiscreción mía, sino que cenábamos juntos, hablábamos de literatura y de pronto había cosas que suceden”, relató el ganador del Premio Xavier Villaurrutia categoría Mejor Libro del año por “Mirándola Dormir”.

 

LA VIDA EN EL TABLERO

 

El poeta nacido en Contepec, Michoacán en 1940, practica el ajedrez desde muy joven, también compartía esta afición con Juan José Arreola, ya que asistió al taller que impartía el escritor jalisciense.
“Con Arreola, estaba jugando ajedrez y de repente llegaban los acreedores porque debía los abarrotes, debía la renta, estaba mal pagado y con él mi primer contacto más fuerte fue con la poesía y luego con el ajedrez”, señaló.
Comentó que con el ajedrez aprendió a ser sistemático, a ser sereno y a analizar las situaciones con calma porque a decir de su experiencia, si se pierde la paciencia en el ajedrez se pierde el juego.
“De hecho, este título ‘Los peones son el alma del juego’, es una frase de un campeón mundial de ajedrez que se llamaba Philidor, y publicó un libro en el siglo XVIII que se llamó “Análisis en el juego del ajedrez” y a mí me gustaba mucho ese jugador, y era músico también, pero se dedicó más al ajedrez.
“Entonces practicar el ajedrez me enseñó a mí a tener el control de las situaciones, no solamente en el juego, sino en la vida”, puntualizó el autor cuya obra poesía, narrativa, ensayo y literatura infantil ha sido traducida a quince idiomas y reconocida con importantes premios en México, Estados Unidos y Europa.

 

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