La difícil vida en el centro


Vivir en la zona centro de una urbe como Monterrey ha perdido todo su glamour y beneficios, y un grupo de vecinos son testimonios de esta triste realidad. Diariamente sufren por la delincuencia, el ambulantaje, la basura, el caos vial y todo lo que conlleva residir en esta área.

Todavía no son ni de las 6:30 de la mañana y el sonido de automóviles atrapados en el tráfico resuena como un despertador que perturba hasta el sueño más profundo. La “alarma citadina” continúa con el motor de los camiones urbanos, la entrega y recepción de mercancías para los negocios fijos y ambulantes y el caminar deprisa de cientos de peatones, que convierten el entorno en una auténtica sinfonía urbana que “deleita” todas las mañanas a los vecinos del centro de Monterrey.
Y es que, si transitar por el primer cuadro de la capital regiomontana resulta caótico, vivir en él lo es aún más.
No existe un censo que detalle cuánta gente habita en el área que comprenden las avenidas Constitución, Pino Suárez, Colón y Félix U. Gómez, pero sus residentes -muchos de ellos de alquiler- conviven a diario con el descontrol de la zona que se traduce a tráfico, inseguridad, basura, ambulantaje, indigencia y demás.
Plagado de comercios y oficinas, el centro aún resulta atractivo para decenas de regiomontanos que buscan acortar distancia para sus lugares de trabajo, escuela o actividades recreativas, pero en ocasiones el precio que se tiene que pagar -no sólo el económico- es alto.
María Elena Álvarez es una de las residentes del corazón de la capital neolonesa. Junto a su familia, habita desde hace 24 años en el sector. Específicamente, desde hace 15 años reside en la calle Jiménez, entre 5 de mayo y Washington, a tan sólo una cuadra de la avenida Cuauhtémoc, una de las zonas de mayor tráfico y ambulantaje de la zona metropolitana.
Llegar a su domicilio es todo un reto, ya sea en auto o a pie: primero por el tráfico y la falta de estacionamiento; segundo por la invasión de comerciantes informales de calles y banquetas.
Y es que, si de por sí las vialidades son reducidas, el ambulantaje resta espacio a banquetas y arterias, obligando a los peatones a caminar por las peligrosas calles en las que todavía osan transitar unidades urbanas.
Originarios de la Ciudad de México, la mujer de 49 años llegó con su familia a Monterrey en 1991 y desde entonces el centro fue su lugar predilecto.
Al principio rentaban un local en la avenida Cuauhtémoc, en donde tenían su negocio de distribución de revistas, pero en 1993, al abrirse la línea 2 del Metro, decidieron comprar una casa en el primer cuadro de la ciudad.
En poco más de dos décadas la dinámica del centro ha cambiado… y mucho. Doña Elena recuerda con nostalgia cuando el corazón de la capital asemejaba a un pueblo por su tranquilidad.
“Antes era hermoso, podías estar con la cortina abierta hasta media noche. Sí pasaba el borrachito y no faltaba que te pidiera dinero para seguir tomando, pero era todo. No había delincuencia”, mencionó la vecina del centro.
Hoy, la situación es distinta: la paz se esfumó. Desde 2011 la inseguridad en el centro se recrudeció a pesar de la vigilancia municipal y estatal. Los asaltos a transeúntes, a comercios, a casas habitación, autos y demás son el pan nuestro de cada día.
Una población flotante de millares que diariamente confluye en la zona, convierte a los hogares del centro en el blanco perfecto de la delincuencia, al confundirlos con negocios.
“La gente cree que uno no vive aquí, que sólo son comercios y tratan de meterse a la casa”, aseveró doña Elena.
Meses atrás, como si se tratara de una manda, una vez por semana intentaban asaltar la casa de esta vecina, quien se vio obligada a convertir su hogar en una auténtica fortaleza.
“Pusimos barrotes, pusimos doble ventana, pusimos puertas de fierro porque ya vives con miedo. Como dice mi vecina: ahora vives para estar pagando y cada vez encerrarte más porque tuvimos que cambiar cerraduras”, expresó Álvarez.
De cinco años a la fecha, el centro de Monterrey también tiene nuevos inquilinos intermitentes: los migrantes centroamericanos que deciden quedarse en el estado al no alcanzar el llamado Sueño Americano.
Se les ve por las calles de toda la mancha urbana, pero han optado por pernoctar en el primer cuadro de la capital, cobijados por las fachadas de los edificios. Ellos, sin afán de estigmatizar, también han contribuido a la intranquilidad de la zona, de acuerdo con doña Elena.
“La población flotante genera mucha inseguridad, no sólo de los ladrones que podemos tener nosotros, también de los migrantes.
“En ocasiones nos hemos topado con migrantes a los que los vemos necesitados y dentro de nuestras posibilidades les ofrecemos comida, pero con el paso del tiempo ya no quieren que les demos comida y nos exigen dinero y eso no les podemos dar. A mi parecer, entre los ladrones y ellos sí nos generan problemas”, mencionó la vecina.
Pero la inseguridad puede ser el menor de los inconvenientes si se vive en el centro de Monterrey. Tener residencia en dicha zona también acarrea vecinos incómodos: los comerciantes informales.
Y es que, para darse una idea, los vecinos fijos de doña Elena no pasan de 40 personas, mientras que tan sólo en la calle 5 de mayo (contigua a su domicilio) diariamente se instalan cerca de 70 comerciantes informales, mismos que pueden duplicarse en días festivos.
Los ambulantes no serían un problema para la vecina si no dejaran basura en las calles e invadieran con total impunidad las banquetas y vialidades de la zona aledaña a Colegio Civil.
Caminar por el área es un deporte de alto riesgo que implica sortear los puestos colocados en las banquetas, bajar a la calle y no chocar contra un comprador con prisa mientras se esquivan unidades de transporte urbano.
Cuando la familia de doña Elena llegó al centro, el sector estaba habitado en su mayoría por personas de la tercera edad, descendientes de los primeros habitantes de la Sultana del Norte.
Poco a poco los vecinos fijos fueron muriendo y los itinerantes comenzaron a llegar.
“Era una colonia de puros viejitos, ya quedaban puros viejitos. Nosotros llegamos literalmente jóvenes. De cinco años para acá ya es muy complicado vivir en la zona. Ha crecido mucho el comercio informal.
“Por ejemplo, la Plaza de San Jorge la hicieron muy bonita y pusieron locales, pero igual hay mucha gente que está inundando afuera en la calle de puestos ambulantes que ocasionan tráfico y te impiden caminar. Ya había comercio desde antes, pero no estaba tan inundado de que estuvieran en medio de la calle.
“Si te sales, todos tienen obstruida la banqueta. Por ejemplo: el taquero tiene local y aparte pone otro carrito en la calle, no entiendo por qué, si está obstruyendo la calle. No se vale porque los que rentamos local tenemos el local y tenemos que pagar para que se lleven la basura, pagar multas, atender a salubridad, pagarle a Hacienda y los demás, pues no”, expresó la ama de casa.
La presencia de comerciantes informales es permanente, pero en diciembre el caos se vuelve hecatombe: los puestos se multiplican por doquier y transitar por el área es imposible.
“Del primero de diciembre al 24 es de terror, de película de terror. Olvídate de salir. Si quieres comprar de comer, tienes que ir antes de las nueve de la mañana para que ya no tengas que moverte de tu casa porque el tráfico es terrible; nada más para entrar a 5 de Mayo y dar una pequeña vuelta en Jiménez, fácil puedes hacer una hora”, mencionó doña Elena.
Sin embargo, los puesteros no sólo invaden vialidades, también generan basura. Y aunque el servicio de recolección de desechos es diario en el corazón de Monterrey, la falta de cultura de los vendedores y compradores provoca que las calles aledañas al domicilio de doña Elena luzcan sucias la mayor parte del tiempo.
Otro dolor de cabeza para los vecinos del primer cuadro de la capital es el tráfico, que aunque no desaparece, si tiene un respiro por la noche y madrugada. La presencia de cientos de autos ajenos a los residentes provoca caos vial y falta de estacionamiento durante el día y la tarde.
Cada día, doña Elena saca su camioneta a las 6:00 de la mañana de su negocio de comida -adaptado por las noches y madrugadas como cochera- y la estaciona afuera su casa-local.
Todas las mañanas tiene que ser exacta, pues si se retrasa por cinco o diez minutos, no faltará algún visitante que invada el espacio y bloquee su entrada, y por ende, no podrá abrir su restaurante.
Al habitar en una zona altamente transitada, no cuentan con espacio suficiente para estacionamiento particular, pero pagan una cuota anual al Municipio por el uso del parquímetro.
Los pocos espacios para estacionarse son usados generalmente por los comerciantes ambulantes, visitantes o maestros de la Preparatoria Técnica Álvaro Obregón de la UANL, que justo está también frente a su domicilio.
“Estacionarse es todo un caso. A veces mi vecina cuando llega de trabajar del turno vespertino la pobre se queda dormida arriba de su camioneta esperando que se desocupe un lugar para poderse estacionar y entrar a su casa”, comentó la vecina.
Desde las 6:30 de la mañana, cuando los padres acuden a dejar a sus hijos a la preparatoria, después a las 10:00 cuando los locales abren sus puertas y posteriormente cuando llegan los compradores y paseantes, el centro es una zona caótica que envuelve a sus residentes.
La remota tranquilidad llega cerca de las 7:00 de la noche, cuando los comercios ya bajan sus cortinas y las clases están a punto de terminar.
Y aunque para los habitantes de otras zonas de la ciudad podría resultar imposible vivir en dicho sector, sus residentes ya se acostumbraron y hasta sacan ventaja de su ubicación.
Doña Elena disfruta ir al mercado y comprar a precio accesible.
“A mí me encanta vivir en el centro, me encanta ir al mercado. Yo sufro cuando voy al supermercado y al final pago como dos mil pesos y no compré nada. Yo compro diario qué voy a hacer de comer, no compro nada congelado. Voy a diario al mercado y esa parte me encanta”, dijo la mujer de 49 años.
Y es que, a pesar de todos los contras, la vecina de la calle Jiménez asegura que le encanta vivir en el corazón de Monterrey, y sólo le gustaría que hubiera un poco más de orden.
“Es un bonito centro y podemos convivir, pero con orden”, puntualizó doña Elena.

TODA SU VIDA EN EL CENTRO
Reyna García García también es vecina de la calle Jiménez, y aunque actualmente alquila su vivienda -que a la vez es negocio-, toda su vida ha residido en el corazón de la ciudad.
La vecina es una de las pocas habitantes que se resistió a la transformación del centro regio y que decidió seguir viviendo en la zona.
“Antes vivía mucha gente, pero luego de que se hizo la Macroplaza empezaron a comprar casas y ya de ahí se fue demasiada gente. Empezaron a hacerse más comercios, oficinas y demás”, sentenció García García.
La mujer de 49 años menciona que el corazón de la capital siempre ha sido caótico, pero asegura que ya se acostumbró, ante el asombro de muchos conocidos.
“Ya me acostumbré. Hay mucha gente que me pregunta que cómo puedo vivir aquí, pero ya me acostumbré porque todo me queda cerca. Entonces, sí me gusta vivir aquí”, dijo.
Al igual que doña Elena, el tener cerca casi todo es lo que la motiva a seguir viviendo en una zona tan concurrida y tan atacada por la inseguridad, ambulantaje y tráfico.
“Lo bueno es que todo está a la mano. A veces yo no uso ni el carro, encuentro bancos a dos cuadras, si quiero comprar comida aquí está el mercado Juárez.
“Lo malo es por ejemplo el ruido, porque estamos enfrente de una preparatoria, pero como a las 9:00 de la noche ya está tranquilo; también el ruido los camiones, pero ya me acostumbré. Batallo mucho con el estacionamiento, por eso a veces prefiero caminar”, aseveró García García.
Y a pesar de que ya ha sido víctima de la delincuencia en el centro de Monterrey, la regiomontana se siente feliz de residir en una de las áreas más complejas para otros neoloneses.
Y aunque alquila su actual morada, pues su casa se ubica en Los Cavazos, asegura que no se mudaría del centro, pues en dicho sector cuenta con las oportunidades laborales, comerciales y de recreación que no encontraría en otra zona.

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