Se levantó a las siete de la mañana como todos los días. Iván acostumbraba darle un beso a su esposa cada vez que se marchaba a trabajar, pero el pasado 11 de octubre no fue así; jamás se imaginó que no volvería a besar a los amores de su vida: su esposa, sus hijos y su madre.
Luego de permanecer por varios meses sin empleo, Iván Eduardo López Hernández aceptó laborar sin seguro y con un raquítico sueldo en la construcción de una plaza comercial. Lo que no sabía era que 15 días después encontraría la muerte.
Transcurría la mañana del 11 de octubre, el reloj marcaba casi las 12:00 horas cuando una construcción se desplomó en la colonia Espacio Cumbres, al poniente de Monterrey.
De inmediato se activaron los servicios de emergencia y en cuestión de minutos ya estaban sobre la calle prolongación Ruiz Cortines, entre Cumbres del Sol y Castellana, para auxiliar al personal de esa obra.
Casi de manera inmediata llegaron los medios de comunicación y algunos familiares, quienes desesperados aguardaban detrás de la cinta que delimitaba el área de la tragedia.
Las cifras variaban a cada momento, sobre todo porque no se tenía un estimado de cuántas personas había en la construcción, en principio se hablaba de tres muertos, 13 lesionados y más de 10 desaparecidos.
Aún desorientados, los sobrevivientes daban destellos de información para indicarles a las autoridades cuántos y quiénes se encontraban en el sitio.
Los vecinos del sector llegaron a tratar de ayudar a remover los pedazos de concreto y los bloques, pero las autoridades no daban acceso a los civiles, pues señalaban que el terreno era muy inestable.
“El año pasado se les cayó una barda, no sé por qué siguieron con la construcción”, comentó una vecina que estaba inconforme con la edificación de la plaza comercial.
Varios trabajadores que no se presentaron ese día, llegaron al lugar para ver lo que estaba sucediendo, y cuando veían la estampa de los rescatistas sacando cuerpos de entre los escombros, el terror se apoderaba de ellos.
Un obrero tuvo la fortuna de que, como castigo, lo regresaran ese día, pues uno antes había faltado porque su hija estaba enferma y la había llevado a consultar.
Los lesionados de esa tarde fueron: Roberto Nicolás Benítez Martínez, José Guadalupe Cepeda Rivera, César Iván Escalona Pérez, Juan Manuel Escalona Rodríguez, Manuel Meza Flores y Sergio Alejandro Pérez Ruiz.
También Samuel Ramírez Bautista, Juan Jorge Sánchez González, Kevin Uriel Escalona Pérez, Juan Daniel Almaguer Morón, Luis Alberto Márquez Acosta, José Aarón Cepeda Medrano y Arturo David Solís Reyna.
Después de las tres de la tarde, la cifra de muertos aumentó a cinco, y cuando las manecillas del reloj marcaban las 17:00 horas ya eran siete las personas que habían sido localizadas sin vida, según informó el director operativo de Protección Civil del Estado, Miguel Ángel Perales.
Los binomios caninos, entre los cuales estaba la perrita Maya, del grupo Jaguares de Protección Civil de Santa Catarina, fueron esenciales para la localización de dos personas con vida y los cuerpos de los fallecidos.
Cuando las maniobras se llevaban a cabo, los familiares permanecían con la incertidumbre de no saber si sus allegados se encontraban bajo las montañas de concreto y varillas.
BUSCÓ TRABAJO Y ENCONTRÓ LA MUERTE
Iván fue uno de los trabajadores que perdió la vida en el derrumbe de esa plaza comercial, obra que ni siquiera contaba con la licencia de la Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología de Monterrey.
Los otros cuatro cuerpos identificados eran José Yesman Olvera Flores (el contratista), Francisco Javier Escalona Rodríguez, Francisco Javier Escalona Pérez y Pedro Escalona Pérez.
15 días antes, José Yesman Olvera Flores lo llevó a trabajar a esa construcción, en donde no había Seguro Social y el sueldo era muy bajo.
Iván tenía varias semanas sin trabajar y su esposa Daniela era quien lo apoyaba llevando algo de sustento a la casa, pero esa situación ya lo había incomodado y decidió aceptar el empleo mientras salía algo mejor.
De inmediato se dio cuenta de las malas condiciones en que se encontraba el edificio, pero la necesidad pudo más que el miedo de sufrir algún accidente.
“Ya tenía varios meses sin trabajar, de repente ‘la grilla’ (como apodaban al contratista) le ofreció ese trabajo sin seguro, y por la desesperación aceptó.
“Una semana antes me había platicado que el edificio se veía muy viejo, como si tuviera mucho tiempo en construcción y hubiera estado parado por varios años, pero así quedó”, relató Silvia, la madre de Iván.
Era padre de tres niños quienes, cada vez que Iván llegaba a la puerta de su hogar, saltaban a su regazo para recibirlo con un fuerte abrazo y un sinfín de besos.
Evelyn Daniela de ocho años, William Gael de cuatro, e Iván Alexander de 11 meses, se quedarán esperando detrás de la puerta con sus miles de besos.
En esa obra, la cual estaba a cargo de Gerardo Villarreal Costilla, Edna Cynthia López y Gerardo Vargas Cortés, Iván se desempeñaba en la tablaroca, oficio que aprendió desde muy chico, aunque su verdadera pasión era la música.
Debido a que su padre es un músico nato -formó parte del reconocido grupo Súper Pegue-, Iván también adquirió el gusto por la música, pero se inclinó más por el género vallenato.
Le encantaba escuchar cumbia colombiana, inclusive sus amigos le apodaban “Omar Geles”, por el parecido en el color de su piel al acordeonista del grupo colombiano Los Diablitos, otros simplemente le decían “kaps”.
En su tiempo libre deleitaba a amigos y desconocidos con el repique de sus congas, cuando se presentaba en fiestas y eventos “cumbiamberos” con su grupo Vida Kolombiana.
“Era una persona muy alegre, servicial; el único de mis hijos que era amoroso conmigo.
“Se me fue el único que me hacía cariños”, expresó la madre.
MOMENTOS DESGARRADORES
El día que escucharon la noticia, rápidamente se fueron a la zona del derrumbe ella, su exesposo y sus otros cuatro hijos.
Fernando Tomás, el único hermano varón de Iván, compañero de juegos y travesuras, no daba crédito a lo sucedido y forcejeaba con los militares, quienes trataban de impedir que se abalanzara sobre los escombros.
“‘Déjenme, quiero sacar a mi hermano, ustedes se tardan mucho, no hacen bien su trabajo’, era lo que mi otro hijo les decía a los militares; hasta le tuvimos que dar un calmante”, recordó la madre.
La impotencia de no poder hacer algo al saber que su hermano estaba bajo los escombros y pensar que aún podría haber estado con vida, hizo que Fernando, como Iván lo llamaba, cayera en una crisis de histeria.
¿Y cómo no habría de sentir que el corazón se le desgarraba, si cuando eran pequeños, juntos fabricaban “tirabolijas” con botes de Cloralex y globos para tirar latas de aluminio o se divertían jugando carreras con “cochinillas”?
¿Cómo no iba a querer sacar de entre pedazos de concreto a quien lo acompañó a lo largo de su vida en las buenas y en las malas, y ahora partía sin poder decirle adiós?
Entre esos pedazos de hormigón y bloques de arena terminó la vida de su hermano, amigo y cómplice de travesuras.
Después de varias horas pudieron ver cómo los rescatistas sacaron el cuerpo de su ser querido de entre los escombros y, en una dolorosa escena, rompieron en llanto.
No bastó con que una madre pudiera reconocer el rostro inconfundible de su hijo, sino que también tenían que hacerles pruebas de ADN debido a que las identificaciones habían quedado entre las ruinas.
Ahora todo era cuestión de trámites y burocracia.
OBRA ILEGAL
Por la tarde, casi al anochecer, el secretario de Desarrollo Urbano y Ecología, Luis Bortoni, así como el secretario del Ayuntamiento de Monterrey, Genaro García de la Garza, reconocieron que la obra no contaba con permisos.
Identificaron a Gerardo Villarreal Costilla y Edna Cynthia López como los propietarios del predio que contaba con el expediente catastral 83296-001-002-003, así como la licencia en trámite.
Revelaron que el 11 de octubre de 2017, Gerardo Vargas Cortés, quien dirigía la obra, solicitó la licencia para construir una plaza comercial de 14 locales y 39 cajones de estacionamiento.
Y aunque 43 días después habían clausurado los trabajos porque una barda perimetral había colapsado, casi de manera inmediata retiraron los sellos y los dueños siguieron construyendo sin que alguien los molestara.
Las autoridades se escudaron en que el retiro de los sellos era exclusivamente para que los responsables se encargaran de remediar la barda, sin embargo, no sucedió así y continuaron con la edificación de manera ilegal.
Durante una visita del gobernador de Nuevo León, Jaime Rodríguez Calderón, a la zona de desastre, aseguró que sería la Fiscalía General de Justicia y el mismo ayuntamiento de Monterrey quienes se encargarían de deslindar responsabilidades.
Mientras tanto, los padres de Iván y sus hermanos esperaban impacientes en casa esperando la hora para recoger el cuerpo y poder darle el último adiós.
AMENAZADOS
Aunque las autoridades habían declarado ante los medios de comunicación que darían todo el apoyo a las familias afectadas, la madre de Iván aseguró que eso no sucedió.
De entrada, les querían proporcionar un terreno en el panteón municipal que, después de un año, tendrían que pagar para poder conservar.
“Mi hijo no tiene por qué quedar en un panteón municipal recibiendo migajas del gobierno, díganme qué ayuda es esa”, precisó Silvia.
Por otra parte, afirmó que no han obligado a la constructora a indemnizar a las familias.
Incluso señaló que los dueños de esa inmobiliaria o desarrolladora están amedrentando a los sobrevivientes para que no declaren en su contra.
“Un amigo de mi hermano nos dijo que los están amenazando con no pagar los gastos médicos y las indemnizaciones.
“Ellos platican que se estaban utilizando materiales de menor costo y que no eran adecuados, como la implementación de varillas más pequeñas”, evidenció su hermana Karen.
Sin embargo, confían en que al final las autoridades impartan justicia y la muerte de su familiar y los otros obreros no queden impunes, pues aseguran que la tragedia fue resultado de negligencia y corrupción.
“Vamos a demandar a la constructora, no es posible que esto quede impune, los tenían sin seguro social en condiciones que no eran seguras”, expresó la madre.
EL ADIÓS
Ya en Facebook se veían algunas muestras de cariño de sus familiares y amigos.
Karen, la menor de sus hermanas, realizó un pequeño video titulado: “Te amo hermoso”, donde mientras sonaba la letra de una canción de los Inquietos del Vallenato, se veían algunas fotografías de Iván.
Por fin se llegó el 12 de octubre y después de las 16:00 horas les entregaron el cuerpo.
En casa esperaba Daniela, su esposa, renuente a la pérdida.
Ella quería ver a su marido entrar por la puerta para poder despedirse y darle el último beso, pero no fue así.
Lo trasladaron a la capilla Consuelo Memorial, ubicada en Jerónimo Treviño entre Doctor Coss y Arista, en el centro de Monterrey, hasta donde llegaron cientos de personas.
Tomás, el padre de Iván, había mandado a hacer unas estampas con la imagen de su hijo y una oración para repartir a los más allegados.
Al exterior de la capilla de velación, el padre le daba la bienvenida a los familiares y amigos, mientras Fernando se embriagaba en un rincón para tratar de aminorar el dolor que sentía en el corazón.
Entre rezos y cánticos de alabanza se esfumó la luz del día y llegó la noche, una noche triste que se podía ver en cada mirada perdida en el horizonte, seguramente recordando alguna anécdota con Iván.
“Siempre tenía una sonrisa en su rostro y nunca te negaba un saludo afectuoso”, rememoró Martina, su madrina de bautizo.
En punto de las 11 de la noche, entró a la capilla un puñado de amigos y uno de ellos traía consigo una guitarra.
De pronto se arremolinaron alrededor del féretro y a una sola voz, comenzaron a entonar paseos vallenatos.
Mientras algunos amigos sostenían sus celulares para grabar ese preciso instante, otros cargaban latas de cerveza con una mano y con la otra apartaban las lágrimas de sus rostros.
Media hora después, el nudo que poco a poco se formaba en las gargantas de los cantantes, no dejó que la serenata siguiera y los amigos salieron del cuarto para seguir acompañando a Fernando en su dolor.
A Iván le habían dejado una caguama sobre el ataúd, junto con un cigarro y la playera de su grupo, Vida Kolombiana.
Así pasaron la madrugada del sábado, y durante la mañana siguieron rezando por el alma de su ser querido.
Como ya le habían solicitado una misa de cuerpo presente para las 14:00 horas del sábado y el cuerpo tenía que dejar la capilla a las 12 del mediodía, Daniela vio cumplido su deseo y llevaron el cuerpo de Iván a su casa.
Era el sábado 13 de octubre alrededor de las 13:00 horas, Iván podía haber estado disfrutando de una cerveza bien helada, pero en cambio se encontraba dentro de un cajón esperando a ser inhumado, gracias a la irresponsabilidad de algunas personas.
Por fin entró a su casa -en la colonia San Ángel Sur- por última vez, y desde ahí Daniela pudo decirle: “Hasta pronto mi amor”.
Al llegar a la parroquia Jesús Sacerdote que se encuentra a una cuadra de el que fue su hogar, Iván iba acompañado de más de un centenar de personas, entre amigos y familiares.
Dicen que una muerte repentina siempre convoca a una buena multitud, pero su madre aseguró que fue su carisma, alegría y amistad la que hizo que mucha gente lo acompañara aquella tarde.
El sacerdote Alejandro Leal Alejos consoló a la multitud y dijo que Iván no se encontró en la hora ni el lugar equivocado, que él no había errado al encontrarse ese día laborando por su pan de cada día, se equivocaron otras personas.
Ya en el parque funeral Jardín de los Pinos, su familia y amigos lo despidieron como él hubiera querido: al ritmo de mariachi y cumbia colombiana.
Primero tocó el turno para los charros quienes, con guitarras, trompetas, violines y el bandolón, entonaron varias canciones, mientras la gente se despedía del cuerpo.
Había quienes cantaban, otros lloraban y unos más aventaban flores encima del ataúd.
Sus compañeros de grupo no dudaron en ponerse de acuerdo para entonar algunas canciones y recordar aquellas parrandas en donde todos se divertían hasta el amanecer.
Mientras Tomás, el papá, marcaba el concreto con el nombre de su hijo y las fechas de su nacimiento y muerte, la caja santa anunciaba el inicio de un pequeño concierto para el más fiel amigo, Iván.
Así, entre sonidos de cumbia, el repique de tambores y el sonar del acordeón, Iván fue despedido, pero no le dieron el último adiós, le dijeron: “hasta pronto amigo”.

















