Se dice que cobrar un penal en la Copa del Mundo es una responsabilidad tan grande para un equipo nacional, que debería ejecutarlo el Presidente de la República.
Roberto Baggio lo sabe. El mejor jugador del orbe en el Mundial de 1994 falló en el momento decisivo. Le tocaba al italiano el turno desde los 11 pasos, en la serie final, luego de un empate sin goles en tiempos extras.
El tiro del Divino fue el último de la primera ronda, y pasó por encima de la cabaña custodiada por Claudio Taffarel.
El nacido en Caldogno, uno de los mejores jugadores del Siglo XX, falló en el momento decisivo. Si él tuvo un desliz en una ocupación en que era experto, cualquiera tiene derecho a equivocarse.
Desde entonces lleva la letra escarlata. Se le ha impuesto a Baggio el remoquete de El hombre que murió de pie, pues dejó una estampa indeleble luego de poner el balón en órbita. Tras la pifia monumental se quedó mudo y con la mirada baja, en el Estadio Rose Bowl; exhibía la miseria en la que se había convertido su vida, ante millones que seguían la transmisión y de los 90 mil asistentes al cotejo histórico. Al llamarlo así pretenden alabar su templanza inquebrantable, pues no se derrumbó ante el tamaño de su decisión, aunque, en realidad, perpetúan el recuerdo del yerro.
La equivocación de un futbolista puede tener para un país una significación mayúscula. A Moacir Barbosa, arquero de la Canarinha, el país no le perdonó que se le escurriera la trucha para el 2-1 del infame maracanazo ante Uruguay, en 1950. Lo llamaron El hombre que murió dos veces, pues luego de aquella final fue sepultado en vida por los aficionados que le cargaron a él todo el peso de la frustración nacional.
Italia no puede reprocharle nada a su jugador marcado. Les dio todo antes de ese instante. Cómo lo van a crucificar por que se le cayó de las manos la copa dorada que ya sentían suya. Fue el episodio más doloroso en la historia del calcio, pero no se le puede ensuciar la trayectoria a quien toda su vida le dio trato tan fino a la pelota.
Por el contrario, se le ha agradecido por llevar a la azzurra tan lejos. Para estar en una final de copa del mundo un futbolista precisa estar en la cúspide de su trabajo. Y eso de meterte en la lista de los cinco disparadores para la tanda de los once pasos es para llevar los pantalones cortos bien fajados. Se debe tener muchísimo valor para pedir la redonda y colocarla en el manchón penal. A la mayoría le temblarían las piernas. En esa tanda también fallaron Baresi y Massaro, pero nadie los recuerda, porque sus disparos desviados ocurrieron antes, cuando el equipo se podía recobrar si los contrarios fallaban. Tampoco se les tiene presentes porque no eran tan reconocidos como el Divino. Claro, eran jugadores de élite pues estaban en ese partido definitorio, pero no llamaban tanto la atención como el que estructuraba toda la idea de juego y le daba sentido al diagrama ofensivo.
Su turno era el quinto de su equipo. Pero dado que habían fallado dos previamente y Brasil solo uno, aún si lo hubiera anotado, para que su equipo se mantuviera con vida, se necesitaba que Bebeto, el cobrador último de los rivales, hubiera errado su oportunidad, lo cuál era altamente improbable. Nunca se sabrá qué hubiera pasado si Baggio la mete.
Pienso en el significado de ese instante para Roberto. Lloró esa tarde ante millones de un planeta que atestiguó su dolor. El destino es injusto, por naturaleza. Si Italia estaba tachado por la fatalidad, debió ser otro jugador menos relevante el villano. En entrevistas que ha dado a lo largo de las décadas, el 10 repite que nunca se perdonará el traspiés. La culpa lo persigue como un fantasma silencioso por todo el mundo y cada instante de su vida.
Es el precio que tuvo que pagar, por retar a los dioses del futbol que dan dicha y tristeza a borbotones. Era el último cobrador, el más importante. Sus compañeros pudieron haber dispuesto las piezas para ponerle el terno de héroe. Pero no. Con sus fallas lo metieron en una trampa que el mismo se encargó de cerrar, para desgracia suya y de todo su pueblo.
Así es el futbol, a veces mágico y a veces un hijo de perra, dependiendo de quien lo vea.v






