El rey Odiseo deja su hogar y a su esposa Penélope, en Ítaca, para acudir a la guerra de Troya. Después de invadir la ciudad adentro del caballo mítico, debe regresar a casa. Pero el viaje de vuelta, junto con sus camaradas de armas, se convierte en algo más que un trayecto accidentado.
Con La Odisea, el genio Christopher Nolan se embarca en un proyecto mega ambicioso, al interpretar en imágenes de cine una de las historias más apasionantes que la humanidad ha conocido, escrita hace casi tres mil años. La calidad de la anécdota está más que probada, por su condición de clásico literario. Lo que el mundo ahora atestigua es su lectura personalísima, con un resultado monumentalmente exitoso, por el gran espectáculo visual entre las remotas costas de Grecia, Turquía e Italia, con navegaciones tormentosas por el mar Mediterráneo.
Es evidente el uso de licencias creativas que el realizador se toma para optimizar los efectos del relato épico, lo que engrandece aún más su obra, pues pone al servicio de la mitología el lenguaje cinematográfico que maneja con maestría. El desfile de monstruos y la exhibición de encantamientos han sido concebidos por una mente de ideas virtuosas que le ha dado al mundo joyas como Oppenheimer, Interestellar, Inception y la trilogía del Caballero de la Noche.
Damon es un Odiseo maduro y fatigado, pero vigoroso, que representa al héroe arquetípico que debe volver a casa luego de dos largas décadas. La bella y digna Penélope (Hathaway) debe soportar durante todo ese tiempo el asedio de más de una decena de fastidiosos pretendientes que han tomado su casa como su sala de aquelarres en espera de que se decida por alguno. Ella, como ya se sabe, se mantiene irreductible en su decisión de esperar a su amado esposo. Su hijo, el valiente Telemaco (Tom Holland), debe manejarse con astucia para no provocar su propio asesinato, en manos de los depravados advenedizos.
Las casi tres horas de duración de esta historia péplum son empleadas con precisión y sabiduría para describir, literalmente, la odisea del protagonista para mantener viva la esperanza del regreso. Al enfrentar la insubordinación de sus acompañantes, pasa por pruebas que son cada vez más peligrosas.
Odiseo quiere llevarlos de regreso y para ello desafía a los dioses, que le hacen numerosas advertencias sobre los riesgos de su atrevimiento. De esta manera, enfrenta al gigantesco Cíclope que devora hombres; dialoga con los soldados muertos, que le reclaman batallas pasadas; enfrenta gigantes con armadura, que los hacen huir; pasa por la isla de las sirenas mortales. Hasta alcanzar la prueba última, que es el esperado regreso al hogar.
Este griego es contradictorio. No hay concesiones hacia su legendaria investidura. Es un tipo honorable, pero ha participado en bajezas imperdonables. Por su culpa los compañeros sufren y mueren. Ha decidido descender a los infiernos para mantenerse con vida. Este no es un Odiseo angelical, si no un hombre hecho de instintos y la indeclinable idea de alcanzar la meta, aunque tenga que mentir, traicionar, asesinar.
Todos los recursos tecnológicos para fotografiar la película son puestos al servicio de la narrativa, no del espectáculo. El gigantesco formato IMAX, el arte meticuloso para recrear la época, y los pasajes angustiantes en altamar sobre las barcazas de vela y remos, sirven para contar con energía el poema homérico lleno de magia y fantasía. Todo, enmarcado por la banda sonora inquietante del prodigioso Ludwig Göransson.
Afortunadamente, el asalto a Troya es contado solo como un incidente dentro del periplo. Ya con anterioridad. Wolfgang Petersen había tomado la Ilíada para hacer su propia versión de Troya (2004) con Aquiles, como un guerrero de galanura imposible interpretado por Brad Pitt. Acá ni siquiera hacen referencia al inmortal combatiente de sandalias y falda, aunque sí se muestra, con emocionantes escenas, el regalo del famosísimo caballo de madera gigante.
La Odisea destaca como una lectura maravillosa del texto imperecedero. Igual que el protagonista de la epopeya, el realizador reta a los dioses cinematográficos, y los derrota, al orquestar una producción descomunal en presupuesto e ideas, que aproxima a los cinéfilos jóvenes a una de las más bellas historias jamás escritas.
Christopher Nolan ya puede ser considerado el Homero de los cineastas.v
@LucianoCampos G







