Una tarde de alegría, decepción… y basura en las banquetas


La tarde del domingo 5 de julio, el Ángel de la Independencia volvió a teñirse de verde. Desde el transporte colectivo Metro era evidente que el partido entre México e Inglaterra no sería un evento cualquiera. Familias, grupos de amigos, turistas y aficionados con la playera de la Selección compartían el mismo destino.
Los vagones iban llenos, aunque el flujo de personas permitía abordar sin mayores complicaciones. Durante el trayecto, elementos de la policía capitalina orientaban a quienes preguntaban cómo llegar al Ángel de la Independencia. Al descender en la estación Sevilla, cientos de aficionados caminaban en la misma dirección, guiados por las vallas y el operativo instalado para el evento.
Los primeros filtros de seguridad aparecían apenas al salir del Metro. Policías revisaban mochilas y bolsas antes de permitir el ingreso. También se aplicó la llamada Ley Seca, por lo que no estaba permitido entrar con bebidas alcohólicas, aunque dentro del espacio era evidente que algunas personas lograron ingresar con ellas. Después de recorrer cuatro cuadras, el Ángel de la Independencia aparecía rodeado por miles de personas que esperaban el inicio del encuentro.
Apenas cinco días antes, el martes 30 de junio, durante el partido entre México y Ecuador, la lluvia también retrasó el inicio del encuentro, pero el ambiente nunca disminuyó.
El consumo de alcohol era evidente; la venta de cerveza ocurría prácticamente a plena vista, la espuma cubría gran parte de Paseo de la Reforma y los tradicionales “¡quiere volar!” reunían a decenas de aficionados.
Al terminar el partido, mientras unos intentaban salir y otros seguían buscando entrar al Ángel, la aglomeración terminó en una tragedia que dejó cuatro personas fallecidas. La basura cubría las calles y las inundaciones ocasionadas por la lluvia complicaban todavía más la movilidad. Ese antecedente explicaba el reforzamiento de la seguridad para el duelo frente a Inglaterra.
Ya dentro del Ángel, uno de los primeros problemas fue encontrar un baño. Los policías indicaban que los sanitarios estaban sobre la avenida Sevilla, al principio de los filtros de seguridad, por lo que era necesario salir completamente del acceso, caminar hasta ellos y volver a formarse para ingresar. Al principio el proceso era rápido, pero conforme avanzaba la tarde las filas crecían y regresar tomaba cada vez más tiempo.
Mientras la gente buscaba un buen lugar frente a las pantallas gigantes, comenzó a llover. En cuestión de minutos y como por arte de magia (un acto que solo en esta ciudad puede verse realizado con tal maestría), aparecieron vendedores ofreciendo paraguas e impermeables. La lluvia provocó que el inicio del partido se retrasara una hora, pero lejos de apagar el ánimo, el ambiente parecía fortalecerse. La música no dejó de sonar; las personas bailaban, cantaban, lanzaban espuma al aire, convivían y aprovechaban la espera para seguir alentando a la Selección.
Antes de que iniciara el encuentro, varios aficionados comenzaron a subir a los semáforos para ondear enormes banderas de México. Desde lo alto animaban a la multitud, que respondía con gritos y aplausos, mientras otros levantaban sus celulares para grabar el momento. Era una imagen que resumía el entusiasmo de miles de personas reunidas alrededor del Ángel de la Independencia.
Aunque algunas personas decidieron retirarse después de anunciarse el retraso del partido, la mayoría permaneció en el lugar y casi nadie se quitó el impermeable. Todos esperaban el silbatazo inicial.
En medio de esa espera ocurrió un momento que sorprendió a varios asistentes. Durante unos segundos apareció en todas las pantallas el aviso de alerta sísmica. La alarma nunca sonó; únicamente se mostró el mensaje durante aproximadamente cinco segundos. Casi al mismo tiempo se percibió un ligero movimiento del piso que duró apenas un par de segundos. El aviso desapareció tan rápido como apareció y el evento continuó con normalidad, aunque quienes alcanzaron a verlo intercambiaban miradas de incertidumbre.
Cuando finalmente comenzó el partido y eran más los aficionados que se reunían ahí, cada tarjeta amarilla, expulsión o cada jugada favorable para México era celebrada con gritos y aplausos. Sin embargo, los dos primeros goles de Inglaterra provocaron un silencio inmediato.
La esperanza regresó cuando Julián Quiñónez marcó el primer gol para México; fue cuando el Ángel de la Independencia explotó: la espuma volvió a cubrir el aire, desconocidos se abrazaban como si se conocieran de toda la vida y los gritos retumbaban sobre Paseo de la Reforma. Así terminó el primer tiempo, con una afición convencida de que todavía era posible remontar el marcador.
Durante el descanso nadie parecía rendirse; las conversaciones giraban alrededor de los cambios que podía realizar la Selección y de la posibilidad de empatar el encuentro. Todavía había sonrisas, confianza y quienes aseguraban que el segundo tiempo sería completamente distinto.
La segunda mitad volvió a poner a prueba los nervios de todos. Inglaterra amplió la ventaja y, minutos después, México respondió con otro gol que devolvió la ilusión. Cada ataque hacía que miles de personas se levantaran al mismo tiempo, esperando el empate que nunca llegó.
El silbatazo final confirmó la eliminación de la Selección Mexicana. Aunque sobre el escenario permanecían artistas locales ofreciendo presentaciones para quienes quisieran quedarse, la mayoría comenzó a retirarse de inmediato. Ya no había cantos ni espuma; únicamente rostros serios y conversaciones marcadas por la decepción.
Mientras la multitud abandonaba el Ángel, el pavimento comenzaba a cubrirse nuevamente de botellas, vasos, envolturas, plásticos y restos de espuma que dificultaban incluso caminar entre la gente. Desde el sonido local anunciaban que las líneas del Metro operaban con normalidad, por lo que miles de asistentes apresuraban el paso para regresar a casa.
Entre el ir y venir de los aficionados también hubo oportunidad de conversar con algunos de ellos. Las entrevistas reflejaban orgullo por el esfuerzo de la Selección, tristeza por la eliminación y la esperanza de volver a vivir un Mundial en casa.

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