Antes de cerrar la puerta de salida, Sergio Ramos deslizó algunos datos de consuelo para la afición de Rayados: con el equipo regio jugó 34 partidos, con más de 3 mil minutos en la cancha; tuvo marca de 8 goles acumuló “tantas emociones que no se pueden describir en cifras”. Jugó este año el Clausura y el Apertura, defendió la playera de rayas en el Mundial de Clubes, Concachampions y Leagues Cup.
Apenas el pasado sábado La Pandilla fue echada de la semifinal por el Toluca. Como colofón de su paso por la ciudad, el español anotó de penal en ese juego, aunque no le alcanzó a su equipo. Al finalizar el juego dijo adiós. Para sorpresa de la directiva, no se esperó a una despedida formal. Solo agarró sus maletas y se subió a una aeronave de Iberia, para no volver.
En retrospectiva, el paso de Ramos por el futbol mexicano fue más anecdótico que nada. Cierto, le dio realce al circuito. El sevillano lo ganó todo con la absoluta de España y con el Real Madrid, su equipo emblemático. Fue un defensa de la élite, considerado uno de los mejores centrales de la historia. Todos los homenajes que se le otorguen por su impecable trayectoria serán merecidos, pues él solo, como figura, contribuyó a la grandeza del deporte.
Pero en Monterrey, su firma a los 38 años significó únicamente la llegada de un jugador retirado que fue reactivado por una cantidad de dólares muy atractiva, más estímulos por comercialización de imagen. Con el cuadro merengue se embolsaba al año 12 millones de euros; en el conjunto regiomontano se llevó 4 millones de dólares, cifra nada despreciable, si se considera que los dos equipos están a años luz de distancia en todos los rubros.
Para un futbol de calidad media como el mexicano, la presencia de un estelar internacional viste. Para Rayados fue la llegada del más relevante jugador en la historia del equipo. También fue de las figuras de mayor nivel que pasaron por nuestra Liga.
Pese a todo, por el nivel de los jugadores que hay en el balompié azteca, Ramos García se vio bastante bien. Tenía temple de líder. Le costaban los duelos con los jóvenes correlones, pero sabía colocarse bien, para evitar competencias en arrancones, así que entregó buenas cuentas. Es un experto en los cobros del penal y cuando había oportunidad, pedía la pelota, porque sabía muy bien lo que de él se esperaba. Iba, además, muy bien por lo alto. Su sola presencia física impuso a muchos jugadores que empequeñecieron a su lado, rebasados por su potencia y energía. Aún y con sus años encima, estaba en buena forma y lucía mejor que muchos de sus compañeros más chavales.
Pero al cierre del año no ganó nada con Monterrey. Se esmeró con honestidad, eso está fuera de discusión, pero no le alcanzó para levantar alguna copa en suelo mexicano. Su paso por acá será recordado por las futuras generaciones, pero más por su nombre luminoso que por sus hazañas en la cancha. Se inscribirá a la lista junto a otros grandes como Bebeto, Eusebio, Ronaldinho, James Rodríguez, Iván Zamorano, Lato, que alguna vez fueron estelares en la escena global, pero que llegaron a México, en el ocaso, a acabar sus carreras.
Ramos confirma que en México se batalla mucho para traer astros en plenitud. No hay presupuesto para enganchar a cracks de las ligas grandes que tiene un costo superior a los 100 millones de euros. Por eso jugadores como el francés André-Pierre Gignac, firmado por Tigres, son pájaros raros que se aparecen en el país una vez cada 20 años.
Buena suerte a Sergio Ramos, se le agradece haberlo intentado en México.







