En la avenida Aramberri número 1026, una vivienda marcada por la tragedia vuelve a abrir sus puertas con un propósito: preservar la memoria, dignificar a sus protagonistas y corregir las versiones que durante décadas distorsionaron la verdad.
La Casa de Aramberri, escenario del crimen que estremeció a Nuevo León en 1933, renace como un espacio histórico y cultural gracias al esfuerzo de la familia y del equipo que la ha rescatado.
Miguel Ángel Lara, gerente de la casa, comparte que este proyecto comenzó hace más de veinte años, cuando su hermano soñó con devolverle vida al inmueble. Lo que parecía imposible, como restaurar un espacio abandonado, lleno de escombro y vandalizado, se volvió realidad tras casi tres años de trabajo.
“Cuando él me dijo que iba a abrir la casa, yo quería ser el primero en entrar”, recuerda. Hoy, Lara no solo administra el lugar: también es su historiador, guía y guardián.
La misión, asegura, va mucho más allá del morbo. Aunque muchos visitantes llegan atraídos por la fama de la tragedia, lo que el equipo busca es transmitir cultura, memoria y verdad.
“Queremos que la gente se vaya bien informada. Hay muchas versiones equivocadas, pero aquí contamos lo que realmente sucedió”, explica.
Y esa precisión histórica ha sido fundamental: por ejemplo, aclara que no fue un solo atacante, sino cuatro, y que había parentesco entre uno de ellos y la familia Montemayor.
Dentro de la casa se conservan entre 15 y 25 objetos originales de la familia Montemayor, entre ellos un peinador, un sillón, baúles y vestidos pertenecientes a Florinda. Estos artículos fueron resguardados en su momento por la familia para evitar que el vandalismo los destruyera, y su retorno permite a los visitantes reconstruir la vida cotidiana de la época.
La mayor parte de la vivienda permanece fiel a cómo lucía en 1933, lo que convierte cada recorrido en un viaje al pasado.
Sobre el impacto emocional del espacio, Lara reconoce que no es un lugar para cualquiera. “Mucha gente entra y se siente mal, ya se quiere retirar”, afirma. Pero para él, estar ahí es un privilegio que honra cada día con respeto absoluto hacia Antonina y Florinda.
“Nunca me ha pasado nada, y creo que es porque siempre he sido muy respetuoso con la casa y con ellas.”
El proyecto también simboliza un acto de justicia histórica: contar la verdad para dignificar a las víctimas.
“Al decir las cosas como realmente fueron, siento que a ellas les da tranquilidad”, comparte.
Cada visita es una oportunidad para combatir mitos, rescatar memoria y mantener viva una parte esencial de la historia regiomontana.
La Casa de Aramberri abrirá nuevamente sus puertas a partir de este martes 4 de noviembre invitando a las nuevas generaciones a conocer su historia desde un lugar de respeto y verdad. Los horarios serán martes de 10:00 a 18:00 horas, y viernes y sábado de 10:00 a 22:00 horas.
Una casa que fue símbolo de tragedia se convierte ahora en un espacio de aprendizaje, reflexión y homenaje. Porque recordar no es solo mirar atrás: es honrar, comprender y contar lo que realmente sucedió.
















