Así comenzó la vida académica de Sebastián

No hay fecha que no se llegue ni plazo que no se cumpla. Desde meses atrás, cuando comenzamos a buscar el lugar en donde habría de estudiar nuestro hijo Sebastián, mi esposa Judith y yo nos preguntábamos cómo sería el inicio de su vida académica.
Después de evaluar diversas opciones optamos por el Instituto Excélsior de Monterrey, donde hicimos varias visitas para conocer el plantel y hasta entrevistarnos con la directora.
Al completar el proceso de inscripción llegó la lista de útiles, la cual surtimos con unos meses de anticipación para no andar como gallinas sin cabeza.
Faltaban 10 semanas para el inicio de clases y ya le decíamos a Sebastián que pronto acudiría al jardín de niños para aprender cosas nuevas.
“Te vamos a llevar a la escuela un ratito ‘Papi’, ahí sólo puede ir el bebé, no te pueden acompañar ni papá, ni mamá ni Ata y Tata (como les dice a sus abuelos maternos)”, era lo que le decíamos.
Entre otras cosas también le aclaramos que no iba a ser un abandono, sino que en ese lugar sólo podían acudir sus compañeros de clase y las maestras. De alguna manera ya nos preparábamos para el primer día de clase.
Días antes mi esposa me compartió una publicación de Facebook en donde se advertía que la despedida no debía durar más de un minuto, y sobre todo que los padres no debían derramar lágrimas para no conmover a los hijos.

SU PRIMER DÍA

Se llegó la hora. Sonó la alarma a las 5:00 de la mañana y mi esposa se levantó para hacer los preparativos, Sebastián y yo seguimos durmiendo un poco más, hasta que ella entró para hablarnos.
“Sebastián, ya despierta”, le decía constantemente.
Yo, recordando el coraje que me daba que mi madre me despertara para ir a la escuela le recomendé: “mejor prende la luz y la tele para que vea que hay movimiento”.
No sé si sería que todo un día antes le estuvimos recordando que iría al kínder o la hora a la que le hablamos, pues contrario a los casi cuatro años de su vida, cada vez que su madre salía de la cama, se despertaba como si tuviera un sensor, pero ese lunes no fue así.
En fin, por fin despertó al escuchar la televisión y su reacción, como era de esperarse, fue decir que no quería ir a la escuela. Hubo un pequeño conato de berrinche que poco a poco fue disminuyendo y cuando íbamos en la camioneta ya estaba tranquilo.
Ese primer día nos dieron permiso de entrar hasta el salón, le dimos la bendición, el también no persignó y nos dijimos adiós; en su cara se dibujó un puchero pero no se derramaron lágrimas.
Había una pequeña llorando, pero eso no influyó en Sebastián.
Tal vez sería que meses atrás se acostumbró a decirnos adiós desde la ventana de la casa cuando nos íbamos a trabajar. Hubo un tiempo que si hacía sus rabietas y quería impedir que saliéramos a nuestras labores.
Días atrás invité a sus abuelos maternos a que lo acompañaran en su primer día de clases pero su madre, posiblemente anticipando una escena triste, les dijo que mejor después lo acompañaban a algún festival.
Regresando a la despedida, a su mamá si se le hizo un pequeño nudo en la garganta. La melancolía se incrementó cuando llegó a la casa, pues ese día lo pidió para estar disponible por si se ofrecía algo.
“Ahora siento lo que sentía mi bebé cuando nos íbamos a trabajar”, me comentó en un mensaje de WhatsApp.
Pasó la mañana, ya contábamos las horas para saber cómo le había ido a nuestro hijo en su primer día. Por fin se llegó la una de la tarde y nos lanzamos a la escuela para esperar a que saliera, pues queríamos estar antes para que no nos esperara.
“Cómo te fue mi amor”, le preguntamos.
Con una cara sonriente respondió que habían jugado al trenecito y le habían enseñado números. Según él, eso fue todo lo que hicieron en más de seis horas.

SEGUNDO DÍA

Contrario al primer día de clases, Sebastián se despertó muy contento, dijo que ya quería irse al colegio y estar con sus nuevos amigos.
En la casa todo fluyó de maravilla, pero ¡oh sorpresa! Una vez llegando a la escuela nos dijo que tenía ganas de ir al baño, lo llevamos y ahí comenzó el conato. Primero se engoriló porque no quería lavarse las manos en el área de niños.
Total, salimos y le pidió a su madre que lo cargara. Para esto, traía un Ferrari a escala que se había ganado por vencer su miedo de ir al baño, y quería que se quedara con él.
Le dijimos que no se podía, pero que cuando saliera de clases lo iba a estar esperando. Cuando su mamá ya pretendía bajarlo comenzó la triste escena. Creo que una orquesta de unos seis niños llorando contó para que Sebastián se contagiara y decidiera unirse.
Con lágrimas y a grito abierto le decía a su mamá que no lo dejara, justo en el momento más crítico intervino la coordinadora de preescolar para decirnos que ya nos alejáramos.
En eso nos dimos la vuelta y subimos unas escaleras; las ganas me ganaron y dirigí la mirada a la ventana para ver que pasaba. Estaba Sebastián llorando.
Logró escaparse de la coordinadora y abrió la puerta para decir: “Papá espera”. Justo en ese momento si sentí como si me apretaran el corazón, pero no ganas de llorar. En cambio Judith me dijo que si quería derramar las de cocodrilo.
“No llores Chaparrita, no lo estamos dejando porque no queramos estar con él, es parte de su nueva vida, es para su beneficio”, le dije a mi esposa para que no llorara; creo que funcionó.
Ese martes solo regresé yo por él, y cuando me vio sonriente me dijo: “papá”, y aventando a la miss, corrió a abrazarme.
Miércoles, jueves y viernes ya no hubo conatos de berrinche ni escenas tristes de despedida; al preguntarle a su maestra cómo le había ido en toda la semana, me respondió que muy bien, que si hacía caso y participaba mucho en la clase.
Cuando se atravesó el fin de semana y llegó el lunes 8 de septiembre, creí que volveríamos a batallar, pero no.
Hasta el domingo antes dijo que ya quería que fuera lunes para regresar al Instituto Excélsior, claro que lo interpreté como que no quería, pues en las despedidas si había un adiós nervioso en su rostro, pero ya no lágrimas.

 

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