Jerónimo, con “J”, así dice él que se escribe su nombre, no con “G”, hizo mucho más que generar futbol, de ser quizá el mejor extranjero que ha vestido la playera de los Tigres y de ser clave en dos títulos de Liga.
“El Patrulla” generó un lenguaje, una comunicación con la afición, una manera de entender el juego, creó que una serie de símbolos lingüísticos que sólo podrían entender lo que han sido arrastrados por la pasión que envuelve al equipo.
A eso se le conoce como identidad, esa que en medio de la vorágine de la globalización nos hace falta cada vez más a los pueblos, para poder entender los problemas y desafíos que enfrenta cada sociedad de manera individual, y no con recetas que funcionan en otra parte del mundo, pero no en la nuestra.
Barbadillo hizo aún algo más: a cada regate, a cada quiebre, a cada escapada con el balón cocido a los pies generó magia, esa magia, esa fantasía, que los seres humanos necesitamos cada día.
Una magia, una fantasía, por lo cual desde tiempos remotos han tenido y siguen teniendo éxito los cuentos de hadas, para contrarrestar la rudeza del mundo.
Cuando decidió desafiar a las autoridades de la Selección de Perú para integrarse más al plantel que participaría en el Mundial de España 82, para quedarse con los Tigres a disputar el partido de Vuelta de la Final de la temporada 81-82, Barbadillo selló en piedra el valor del amor a la camiseta en la historia de la institución.
Cuando partió a Italia, esparció su magia por el Calcio italiano, entonces el mejor futbol del mundo, caracterizado por la presencia de los mejores jugadores del planeta y las defensas a ultranza.
En ese entorno Barbadillo supo brillar, tanto así que apenas hace algunas semanas la famosa revista italiana, el Güerin Sportivo evocó su legado y recordó que Diego Armando Maradona lo pidió para que jugara a su lado en el Napoli, pero el presidente del Udinese se negó a venderlo.
Conozco el 99 por ciento de los estadios de México, y puedo decir que en casi ninguno se vive la pasión y la energía que encierra el Estadio Universitario.
Una energía, un lenguaje que se ha ido codificando al paso de los años en base a esos emisores de pasión, de valores y de garra que han dado forma al perfil tigre, desde los héroes del ascenso en 1974, los Tigres de Miloc, los que regresaron al equipo a la Primera División en 1997, y los que conformaron la reciente década dorada.
En esa serie de simbolismos, la magia de Barbadillo es pieza fundamental, no porque sea el mejor extranjero que haya venido a Tigres o porque haya habido mejores, o porque haya sido decisivo o no en los títulos, sino por las series de valores que sembró.
Un perfil que además representa el regionalismo que ha hecho de Nuevo León un orgullo para sus ciudadanos, una brújula para emprender y salir adelante, y de que un tiempo acá se está reflejando en el futbol, modificando la geografía de la Liga MX.
Si alguien empezara a encender en cada partido una sirena cada vez que el equipo escapara en contragolpe, y de alguna manera lo asociara con el legado de Barbadillo, se convertiría en ese tipo de anclajes de los que hablan los especialistas de neurolingüística, pero ahora de manera colectiva.
El título del libro sobre Barbadillo escrito por Héctor Leal es muy acertado: la Leyenda del 7.
El número 7 resume entonces, sintetiza en una imagen una serie de valores, un lenguaje, una manera de entender el futbol, nuestro regionalismo, esa energía invisible pero que se siente y unifica, y que da forma al perfil tigre.







