México en una esquina

Son las seis de la mañana en Toronto, Canadá, y de a poco el estacionamiento de esta plaza comercial ubicada al noroeste de la ciudad se va llenando de personas que hablan español.
Caminando despacio, algunos llegan solos, otros en grupos de tres o cuatro. No llevan uniforme, pero la forma de vestir es muy similar: pantalón de mezclilla manchado de aceite y pintura, botas de trabajo con punta de metal, y algunos ya usando un delgado chaleco de color naranja o amarillo fosforescente.
Dentro de la plaza, muchos se arremolinan en la entrada del pequeño local de Tim Horton’s que opera las 24 horas. En México, esta franquicia parece que busca darle la pelea a Starbucks; acá es uno de los lugares de café y comida rápida más económicos que existen. Para los que extrañan el sazón casero y la comida picante, en la esquina norte del estacionamiento varias minivan ofrecen tamales, tacos y tortas calientitos.
Tras la pandemia, la migración de ciudadanos mexicanos a Canadá aumentó significativamente, al igual que las solicitudes falsas de refugio que colapsaron el sistema legal y que hace cinco meses hicieron que el gobierno federal reimpusiera la visa para turistas mexicanos.
La gran mayoría de los trabajadores temporales que llegan a la plaza comercial en la intersección de las avenidas Keele y Wilson viajaron como turistas con la intención de quedarse a trabajar. Algunos decidieron Canadá ante la crisis en la frontera norte de México, que con las caravanas de migrantes centro y suramericanos han dificultado el paso ilegal a los Estados Unidos, ya sea por la vigilancia de la Patrulla Fronteriza o por el riesgo de ser víctimas de las organizaciones criminales que se han apoderado con más fiereza del tráfico de personas.
Para los que se encuentran buscando asilo, el gobierno les otorga un permiso de trabajo temporal. A ellos es más común verlos en los grandes edificios trabajando en limpieza, una actividad que aunque paga menos que la construcción ofrece protección y empleo durante el invierno.
Toronto ha sido designada como una “ciudad santuario”, lo que significa que aquellos inmigrantes sin status legal tienen acceso a algunos servicios ofrecidos por la ciudad, además de que la policía tiene prohibido solicitar el status migratorio y no debe compartir esa información con las autoridades federales a menos de que se requiera por leyes provinciales (estatales) o federales. Esta designación les hace la vida un poco más sencilla a los trabajadores sin permiso, ya que un empleador puede pagarles en efectivo sin necesidad de solicitar un seguro social.
Para las 6:30, además de las decenas de personas que ya deambulan aquí y allá, el estacionamiento se llena de camionetas que, despacio, circulan observando a los de a pie, quienes entusiastas manotean para llamar la atención de potenciales empleadores. Esta es una pasarela laboral para los jornaleros y jornaleras que buscan trabajo en la construcción, la jardinería, la pintura o la demolición en donde el pago es de contado porque la mayoría no cuenta con permiso de trabajo. De hecho, su estancia en Canadá es justificada, ante el gobierno federal, con una visa de turista que habitualmente es válida por seis meses.
A diferencia de los Estados Unidos, donde los empleadores de jornaleros indocumentados son habitualmente anglosajones, en Toronto muchos de los patrones son latinoamericanos que desde los 80’s llegaron en las diferentes oleadas que las guerras civiles, las dictaduras militares o el paramilitarismo expulsó de la región. Hoy, son ciudadanos canadienses y saben del valor del trabajo de los mexicanos y en no pocas ocasiones aprovechan la oportunidad de pagar menos por la mano de obra irregular.
Además, el hablar el mismo idioma siempre facilita las negociaciones de trabajo.
Hace años, antes de la presencia mexicana en esta plaza comercial de Toronto, el lugar era punto de reunión de trabajadores originarios de medio oriente. Sirios, Árabes, Turcos o Persas eran quienes llegaban a buscar trabajo. Ya no. Recientemente, inmigrantes africanos se ven buscando una oportunidad, que por el momento se ve lejana con la dominante presencia de los mexicanos.

Para las 7:00 AM, el estacionamiento se quedó vació. El que logró colocarse se ha ido a trabajar, y el que no consiguió regresa a casa. Los migrantes se van, pero la influencia permanece. La plaza comercial es sede de BTrust, un supermercado de propiedad china en el que ya se ofrecen productos importados de México como la Maseca, diferentes variedades de chile seco, los mazapanes de la Rosa, las tortillas de maíz empacadas en Nueva York, las salsas Herdez, el chocolate abuelita, los Jarritos y las latas de pozole. Evidentemente, los precios son más elevados, pero el sabor de la patria ausente bien que los vale.
Son las 4:00 PM, el estacionamiento de la plaza comercial vuelve a la vida en español. Pronto regresarán los trabajadores, y seguramente vienen con mucha hambre. Lo que iniciara con un par de minivans ofreciendo tamales es ya un pequeño mercado de comidas con 14 vendedores. Elotes en vaso, dorilocos, tortas, tacos de canasta, chilaquiles con pollo y enchiladas se preparan en mesas plegables instaladas sobre la banqueta. Incluso uno de los emprendedores ya armó una carpa doble con mesas y sillas para los comensales.
Por la mirada nerviosa de los vendedores cuando escuchan una sirena acercarse, es evidente que nada de lo que se ofrece tiene permiso de la ciudad, mucho menos de la oficina de salud pública que certifica la limpieza de los alimentos. Aprovechando el verano, la improvisada plaza de comidas opera hasta las 8:30 PM. Quedarse más tarde no es lo más sabio en esa área, conocida por ser una de las entradas a los barrios con población predominantemente latina y afroamericana que viven en condiciones de pobreza y con elevados índices de adicciones e inseguridad.
Además, los que regresan de trabajar vienen molidos, arrastrando los pies por el cansancio. Solo quieren irse a casa sabiendo que mañana, a las 6:00 AM, hay que estar de regreso en esta pasarela laboral que habla español.

 

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