Creo que lo mejor manera de iniciar este relato es reconociendo que una parte mí no quisiera haber pasado esta helada mañana de menos un grado centígrado del 19 de febrero en el Hospital Zambrano Hellion, en San Pedro Garza García, donde me inyectaron la vacuna CVnCoV o un placebo (no sé de cierto cuál de las dos fue).
A unas horas de que la jeringa pinchó mi brazo derecho, una parte en mi interior ni siquiera quiere escribir esta crónica.
Lo digo porque lo que en verdad deseo es que allá afuera no haya un virus que ha matado a más de 8 mil personas en Nuevo León y, si no hacemos lo que nos corresponde, seguirá enlutando a muchísimos hogares más.
Sin embargo, la realidad es que el Coronavirus existe y las circunstancias pusieron frente a mí la oportunidad única de hacer algo para ayudar a evitar que más personas pierdan la vida: ser uno de los 3 mil que en Nuevo León ayudarán a determinar la eficacia de este biológico de nueva generación elaborado por el laboratorio alemán CureVac.
Todo empezó hace unas semanas, cuando Tec Salud convocó a voluntarios para participar en el estudio clínico fase 3 del biológico CVnCoV.
Debo reconocer que al enterarme de la invitación dudé un poco en participar pues, después de todo, estaba seguro que serían miles de personas quienes se apuntarían.
Aún así decidí jugármela e ingresé a la página web de registro donde respondí un pequeño cuestionario con mis datos personales y algo de mi historia médica. Un proceso bastante sencillo.
ME DIERON EL SI
Para mi sorpresa, unos días después fui notificado vía correo electrónico que había sido aceptado en el estudio y debía acudir el 19 de febrero al Hospital Zambrano Hellion para participar en la prueba de evaluación.
Como me dieron la oportunidad de seleccionar la hora de mi cita escogí las 9:50 algo que, al final, comprendí que fue la mejor decisión pues todo el proceso dura cuatro horas.
Puntual llegué al módulo que el lujoso centro médico instaló en su primer piso, donde me encontré a una docena de personas quienes, como yo, esperaban su turno. Me llamó la atención que, aunque distintos en edades (había desde jóvenes hasta ciudadanos de la tercera edad), todos los voluntarios evidenciaban una condición económica bastante holgada.
De hecho, durante la espera algunos de ellos platicaban cómo tienen amigos que no dudaron en subir a sus aviones privados y volaron a Estados Unidos para, en la más clásica definición de “turismo de vacunas”; recibir la inmunización en el vecino país.
La primera sorpresa: tras anotar nuestros datos personales y confirmar la hora de la cita, el guardia que resguardaba el acceso al módulo nos solicitó que nos despojáramos de nuestros cubrebocas y nos entregó uno nuevo, de esos color celeste que usan algunos doctores, que debíamos usar.
Algunos minutos de espera más y uno a uno ingresamos al módulo donde dos chicas nos solicitaron (otra vez), nuestros datos personales y credencial de elector, además de que nos proporcionaron un formulario que debimos llenar con una simpática pluma azul en forma de jeringa con la leyenda: “gracias por ser parte de la historia” que, luego nos dijeron, eran un regalo. Mi primer souvenir.
Cumplido el llenado de las formas, diez de nosotros ingresamos a una sala de juntas donde nos sentamos en unos elegantes pupitres… no pude evitar pensar que me hubiera encantado que los mesabancos de mi época de estudiante hubieran sido la mitad de lujosos que éstos.
¡Ah! lo olvidaba. Antes de tomar asiento uno de los médicos del hospital, quien terminó convirtiéndose en el guía del proceso que estábamos a punto de iniciar, nos invitó a utilizar el dispensador automático de gel antibacterial que había en la entrada, una práctica que se repitió una y otra vez durante el resto de la mañana, pues cada vez que entrábamos a una nueva habitación debíamos colocarnos desinfectante en las manos.
Ya sentados y sanitizados nos entregaron ocho hojas de papel donde se detalla todo el proceso del estudio, además de nuestros derechos y “obligaciones” por llamarlo de alguna manera pues, siempre fueron muy claros, estábamos en esa habitación en calidad de voluntarios y podíamos salirnos al momento que quisiéramos.
MIS ‘OBLIGACIONES’ Y DERECHOS
Pero ¿cuáles son las obligaciones a las que se someten las 32 mil 500 personas que colaboran en esta fase del estudio en varios países del mundo? De entrada, completar la participación en las 56 semanas (13 meses y medio) que puede durar este procedimiento que, nos explicaron, podría terminar anticipadamente si es que CVnCoV es aprobaba para su venta en el mercado internacional.
Como voluntarios, nuestro compromiso es que durante los próximos 13 meses no vamos a vacunarnos contra el Covid-19, aun cuando estamos conscientes que sólo la mitad de nosotros recibirán la verdadera inmunización.
Además, durante este tiempo debemos de acudir al hospital cuatro ocasiones más para aplicarnos una segunda dosis y someternos a una serie de estudios donde, nos advirtieron, nos van a sacar sangre (muy poquita, eso sí); además de que tenemos que responder tres llamadas telefónicas que nos harán en un futuro para saber cómo vamos,
Debido a que no se sabe qué efectos tiene CVnCoV en las mujeres en gestación y lactantes, además de los fetos, se recomienda evitar embarazarse en los próximos 13 meses, algo que en lo personal fue fácil de aceptar, pues mi esposa y yo tenemos las manos llenas con este bendito terremoto que Dios nos mandó y a quien conocemos como Irene.
Por último, debíamos de bajar en nuestros teléfonos celulares una aplicación donde podemos reportar cualquier síntoma adverso que manifestemos en nuestro cuerpo.
Claro que cuando escuchamos eso más de dos levantaron la ceja, después de todo nadie quiere salir del hospital hablando alemán, con la piel verde o convertidos en zombies… algo que no suena tan improbable, pues de 250 personas que han recibido esta vacuna: 56 presentaron mareos, cambios transitorios en las sensaciones de la piel, fatiga, dolor de garganta, cambio en el sentido del gusto, latidos cardiacos irregulares, dolor abdominal, sensación general de malestar, dolor en el pecho y problemas de presión arterial irregular.
Eso sí, nos aseguraron que todos estos efectos secundarios fueron de intensidad baja y desaparecieron en un plazo de 48 horas.
Debo decir que en mi caso seis horas después de haber sido inyectado sentí un pequeño mareo y náuseas ligeras pero, quien sabe, quizás eran mis nervios.
A cambio de este apoyo, en caso de que alguno de nosotros llegara a contagiarse de Covid-19 durante el tiempo que dura el estudio, tenemos garantizada tanto la atención especializada, como el internamiento en el Zambrano Hellion, incluso si en el resto del estado la ocupación hospitalaria está al tope. Eso, debo decirlo, no lo esperábamos.
Además, nos proporcionaron una tarjeta de débito donde nos depositaran lo suficiente para pagar los gastos de combustible generados por el traslado de nuestro domicilio al hospital las ocasiones en las que tenemos que acudir.
Por último, una vez concluido el proceso, las personas quienes recibieron el placebo serán convocadas para, ahora sí, ser vacunados.
No puedo negar que todas estas condiciones suenan muy atractivas y compensan la posibilidad de que, milagrosamente, el Gobierno de México arreglara el relajo que se trae con las vacunas y consigue inmunizar a toda su población en los próximos meses.
Pero también es cierto que por más que me gustaría convalecer en este reconocido centro médico, conectado con lo mejor del equipo que hay en el país, no quisiera tener que solicitar este servicio pues infectarme de Covid-19 no está en mis planes.
NOS ‘APAPACHARON’
Enterados de lo que nos espera, nadie “se rajó” y vino el cuidadoso proceso del llenado de las autorizaciones por escrito, donde había que escribir fechas, nombres y direcciones de una forma muy precisa, pues los abogados de la farmacéutica alemana así lo solicitaron.
El proceso es tan minucioso, que un voluntario debió de recibir una forma nueva pues se equivocó al escribir el formato de la fecha.
Terminadas las firmas salimos de la sala de juntas (no sin antes aplicarnos gel antibacterial) y las chicas que nos recibieron ya tenían listos unos brazaletes de plástico color verde con nuestros nombres, fecha de nacimiento y algunos números que no supe para qué eran.
De ahí a otra habitación (otra vez el gel) donde nos esperaban varias enfermeras listas para checar nuestros signos vitales con un aparato portátil tan fifí, que haría llorar de depresión a cualquier médico del IMSS.
Creo que aquí vale la pena la acotación: estoy seguro que para Tec Salud y el Zambrano Hellion participar en este estudio no solo brinda prestigio, sino futuras y muy jugosas contribuciones a sus programas de investigación, es por ello que entiendo por qué los encargados del hospital decidieron sacar lo mejor de su equipo para checarnos, además de asegurarse que el trato que nos daban sus médicos y enfermeras, todos muy jóvenes por cierto, rayara en el apapacho.
Qué lejos está la imagen de la enfermera refunfuñona del hospital público quien, debido a la sobrecarga de trabajo, apenas se molesta en verte a los ojos cuando te dirige la palabra.
Aquí todo fue “hola, buenos, días soy la enfermera tal” o “con permiso, lo voy a tocar para pincharlo para sacarle una muestra de sangre”, una chulada.
Tan comprometidos están, que fui testigo cómo una enfermera retrasó lo más que pudo su hora de comida y cuando prácticamente le ordenaron que se fuera, sacó un pequeño “toper”, salió de la sala donde estábamos y, en el pasillo, de tres bocados se terminó lo que ahí traía para regresar a su puesto, todo en menos de cinco minutos. Cuánta entrega, lo aplaudo.
Tras registrar nuestros signos vitales, altura y peso (me informaron que ando en los 101 kilos, qué pena), nos pasaron a un consultorio, donde un médico nos dio una revisión más exhaustiva y aplicó un cuestionario donde preguntó no solo nuestro historial médico, sino el de nuestros padres y abuelos.
Creo entender que es este doctor quien da la última palabra para autorizar nuestra participación en el estudio. “Los suertudos” dejamos de ser fulanito de tal y nos convertimos en “000-0130 y algo”, no recuerdo exactamente qué número me asignaron.
Cumplido ese trámite a esperar pues, me explicaron, la vacuna (o el placebo) sólo abandona los refrigeradores que están en habitaciones custodiadas por guardias de seguridad, hasta que un sujeto recibe luz verde para participar en el estudio.
El proceso es tan rígido, que apenas un puñado de personas tiene contacto físico con CVnCoV y para poder lograr este privilegio debieron de pasar por una extensa capacitación… bueno, eso me dijeron.
LA HORA DE LA VERDAD
Cuando todo estuvo listo me pasaron a otra habitación que funciona como sala de espera y de monitoreo de las personas que fueron inyectadas. Por seguridad, los alrededor de 10 voluntarios que ahí estamos debemos de permanecer 30 minutos y no nos podemos ir hasta que nos checan los signos vitales y un médico lo autoriza.
Mientras me llaman para el piquete, unos jóvenes me vuelven a pedir mi nombre, me piden que escanee en mi teléfono celular un código QR que servirá para descargar la aplicación que debo usar si algo no es normal y me entregan la tarjeta de débito donde depositarán el apoyo para los traslados.
Ahí mismo agendan la segunda cita que, en mi caso, será el próximo 23 de marzo.
A las 12:53 llegó la hora de la verdad. Alguien dijo mi nombre y me condujeron a una pequeña habitación donde tres sonrientes enfermeras me esperaban. Otra vez los amables, saludos, otra vez me pidieron nombre y fecha de nacimiento y, otra vez, me identificaron como “000-0130 y algo”.
En una mesita a lado mío ahí estaba, guardada en una bolsa de plástico sellada: la jeringa con la vacuna o el placebo.
Cuando la sacaron no pude evitar recordar las que se usan para la inyección de insulina, solo que esta es mucho más larga y de color blanco.
Otra vez las enfermeras confirman que mi código corresponda con el que viene en la jeringa y cuando no hay duda… llegó el momento.
— Disculpe ¿con qué mano escribe?— me pregunta la enfermera a quien le contesto:
— Soy zurdo, señorita.
— Bueno, entonces se la voy a poner en el brazo derecho.
Decido voltear para el otro lado; siempre que me inyectan evito ver cuando la aguja entra a mi cuerpo pues creo que así me dolerá menos… la técnica no funciona.
Y conste, no fue el piquete, la enfermera tenía una mano más suave que algodones; era el líquido entrando a mi brazo que me provocó un ligero ardor que tras unos segundos desapareció.
— Me dolió- le comenté a la enfermera. Ella solo sonrió.
NO ES UNA VACUNA CUALQUIERA
Cumplido el trámite a esperar media hora que no se presente alguna reacción alérgica, algo que me explicó un médico es poco probable considerando el tipo de biológico que me habían inyectado.
Y es que verán, a diferencia de las vacunas tradicionales que son introducir al cuerpo un virus muerto o debilitado que le permite al sistema inmune vencerlo y aprender a cómo combatirlo en el futuro, CVnCoV fue elaborada a partir de una disección molecular del Coronavirus, donde lograron identificar y aislar la partícula que le ordena al invasor enfermar el cuerpo que ha invadido.
Es curioso, esta tecnología tiene 30 años de estarse aplicando y en el caso de CVnCoV se estaba utilizando en una vacuna contra la rabia, pero llegó la emergencia de la pandemia y los laboratorios tuvieron que ponerse creativos.
Fue ello lo que les permitió encontrar, aislar e inyectar al cuerpo de los participantes en el estudio esa pequeña partícula, que es recogida y absorbida por el sistema inmune del receptor, con lo que queda listo para combatir al virus.
Desgraciadamente, estar vacunado contra la enfermedad, no evita que quien pesque el virus pueda infectar a otras personas. Por ello nos recomendaron no confiarnos y seguir aplicando las medidas de protección que nos han repetido hasta el cansancio.
A las 13:30 horas, luego de checar mis signos vitales e informarme que la presión me había subido un poco, pero nada preocupante, me dan las gracias y me informan que me puedo retirar.
Con unas tijeras me liberan del brazalete verde de plástico que es reemplazado por uno de tela color azul con la leyenda “yo reescribí el futuro”. Mi segundo souvenir.
Antes de dejarme ir me entregan un pequeño plástico transparente con una especie de diana pintada… es para medir la cicatriz de la inyección que, en mi caso, es apenas un minúsculo punto rojo.
A las 13:36 estoy afuera del Zambrano Hellion listo para monitorear mi cuerpo esperando que todo salga bien.
Ha pasado más de 24 horas de ese momento y debo decir que no me siento diferente… quizás solo con la pequeña satisfacción de que he puesto mi granito de arena en la lucha contra este maldito virus que ha llenado de luto a tantos hogares.
Esta es una historia que apenas comienza.














