En estos días es prácticamente imposible encontrar a alguien cuya vida no haya sido afectada por el Coronavirus, una enfermedad que no sólo trastoca la salud de quien resulta contagiado, sino que pone de cabeza todo su entorno familiar. A continuación algunas personas comparten su experiencia con la pandemia del Siglo XXI.

El Covid me arrebató a mi hermano
Por Samuel González
Recuerdo que llegamos a platicar sobre este tema unas tres semanas antes de que enfermara, lo hablamos por teléfono. Era una persona muy analítica y me contó sobre las pocas posibilidades que existían de morir si contrajéramos la enfermedad. Lo veía como algo muy lejano.
Éramos solo él y yo de familia, nuestros padres fallecieron hace años, por lo mismo éramos muy cercanos. Todo el tiempo estábamos en constante comunicación, nos gustaba juntarnos cuando había eventos deportivos importantes como el Super Bowl, la Nascar o las finales de fútbol.
Siempre fue mi apoyo, mi soporte, yo podría decir que él me cuidaba, era un año mayor que yo, tenía 51. Incluso, llegué a pensar que si un día faltaba, él podía cuidar de mi familia. Nunca pensé que el Coronavirus me lo arrebataría y que sería tan rápido.
Desde que inició la pandemia, mi esposa, mis hijos y yo la tomamos muy enserio: no salimos de casa más que para hacer la despensa. Por lo general hago ‘home office’, pero cuando es necesario ir a la oficina voy con las medidas de precaución porque soy de la idea de que al cuidarnos nosotros cuidamos a todo el mundo.
Yo tenía toda la pandemia que no veía a mi hermano y él en varias ocasiones insistió en que lo fuera a visitar, pero nunca me animé. Solamente en una ocasión, una semana antes de que lo internaran, casualmente tuve que ir a la oficina a trabajar y estaba muy cerca de un negocio que tenía él.
En ese momento me habló para que conociera su local, porque tenían una semana en la que ya solamente él y su hijo eran los dueños. Después de hablar con mi esposa acepté ir y fui a verlo. Él estaba como siempre, muy alegre, muy emocionado, muy platicador. Nunca pensé que esa sería la última vez que lo vería.
Recuerdo que ese día mi hermano me platicó que su esposa se sentía mal, que estaba en cama y que ella pensaba que era Covid, pero que seguramente era otra cosa. Incluso, días después le volví a llamar para saber cómo seguía mi cuñada y él me comentó que los síntomas continuaron.
Al no presentar mejoría, mi hermano llevó a su esposa a hacerse el examen del Covid a los famosos ‘drive thru’. Para ese entonces, él aún no mostraba ningún síntoma y, de hecho, nunca los mostró, al grado que le dijeron que no tenía por qué aplicarse la prueba.
Pasó más o menos una semana de que lo vi cuando mi hermano mostró por primera vez un síntoma de Covid, me dijo que le dolía un poco el pecho, pero se lo atribuyó al minisplit.
Días después, como mi cuñada seguía con malestares, los dos fueron a tomarse unas placas a una clínica particular y cuando les entregaron los resultados se dieron cuenta que traían unos puntitos blancos en los pulmones y decidieron irse a checar.
En su trabajo le recomendaron que fueran al Hospital Metropolitano y ahí inmediatamente los internaron a los dos porque ya traían problemas de respiración, pero antes de eso, él nunca tuvo fiebre, tos, ni nada. Eso fue el 16 de junio.
A mi hermano y cuñada los hospitalizaron en zonas diferentes. Ella, con la medicación y el oxígeno, logró estabilizarse, pero mi hermano no. Los doctores dijeron que el daño en sus pulmones ya estaba muy avanzado al punto que horas más tarde tuvieron que intubarlo.
Cuatro días después de estar conectado a un ventilador artificial, el sábado 20 de junio, no llegó la peor noticia: mi hermano falleció.
Fue muy traumante porque no pudimos hablar ni estar con él. Intentamos hacerle una video llamada con para que nos escuchara, lamentablemente ya no se pudo. Sentimos mucha impotencia de no poder hacer nada para ayudarlo, ni siquiera el trasplante de plasma, la enfermedad no dio tiempo para nada.
El día que a mí me comentaron que lo iban a intubar fue el día más difícil. Me agarré a llorar como niño porque sabía lo delicado que era y tenía mucho temor a que pasara lo que lamentablemente pasó.
Sentí mucha impotencia y desesperación, al grado de que pedí en mis redes sociales que oraran por mi hermano. Yo no soy de las personas que hacen publicaciones, pero sentía que era lo único que podía hacer por él, pedir una oración en su nombre.
Fueron días negros, rezando, intercambiando mensajes por Whatsapp entre familiares y amigos porque era una situación diferente, no era una situación normal en donde tu familiar se enferma y vas al hospital a verlo y puedes preguntar sobre su estado.
Antes de intubarlo mi hermano pudo hablar con mi sobrino, esas fueron sus últimas palabras. No nos podemos quejar de la atención del Hospital, fue muy buena en realidad, pero nada se pudieron hacer por él.
Su muerte fue muy triste porque no pudimos velarlo, solo mi sobrino, un amigo de la familia y yo tuvimos que hacer los trámites de defunción. Hicimos una pequeña misa virtual, pero mucha gente se quedó con las ganas de darle el último adiós.
La noticia para mi cuñada fue el doble de complicada porque como ella también estaba internada no supo nada de su esposo hasta que la dieron de alta. Ese día le avisaron que mi hermano estaba intubado y dos días después murió. Imagínate el dolor.
Ella tampoco tuvo la posibilidad de despedirse porque incluso después de su muerte tuvo que seguir aislada por una semana más, solo mi sobrino podía dejarle comida en su cuarto y nada más.
El día que fui a recoger las cenizas de mi hermano fue un día muy incómodo, me llené de rabia y de tristeza porque antes de salir de la colonia conté tres reuniones familiares. Te juro que me dieron ganas de pararme y preguntarles si estaban conscientes de lo que estaban haciendo.
Me dio mucho coraje, mucha rabia, no podía entender que no comprendieran lo que está pasando. En las reuniones hasta había personas de la tercera edad, pero preferí no parar y seguir mi camino rumbo al “reencuentro” con mi hermano.
Y esa es la historia de cómo la enfermedad me arrebató a mi hermano. Es demasiado triste porque te llenas de impotencia por no poder hacer nada, por no saber si tu familiar está sufriendo. A mi hermano no le gustaban los hospitales, procuraba nunca ir y nosotros no pudimos estar ahí para apoyarlo.
Una vez que supe de mi hermano, el lunes 15 de junio me hice la prueba y muchas veces llegué a pensar que podría haberme contagiado, pero nunca tuve ningún síntoma. Ya se va a cumplir un mes de que fui a un ‘drive thru’ a hacerme el examen y es fecha que aún no me entregan mi resultado.
Yo pienso que estoy bien porque como ya lo dije, nunca he tenido síntomas, pero sigo esperando mi resultado porque si llegué a tener Coronavirus me interesa ser donador de plasma.
Solo me resta decirle a la gente que, por favor, entiendan que la enfermedad sí existe, que evitemos las convivencias, las reuniones, el no usar cubre bocas, el no usar anti bacterial. Esto existe y ha sido la peor enfermedad que ha atacado a mi familia.
El Covid me quitó a mi hermano, mi amigo, mi compañero del alma. Me duele profundamente y no quisiera que alguien más sufra lo que nosotros sufrimos.
A las personas que se recuperaron de la enfermedad les pediría que donen su plasma, que si Dios les dio la oportunidad de quedarse y no se los llevó que agradezcan ayudando a otras personas donando plasma.

Las familias también sufren
Por Héctor Hugo Jiménez
Los familiares de un paciente Covid-19 sufren también a su manera.
Cuando lo ven alejarse dentro de una ambulancia y sabrá Dios cuándo y en qué condiciones lo volverán a ver; cuando antes lo meten a una cápsula hombres con uniformes que sólo habíamos visto en películas sobre virus contagiosos; cuando en un hospital público te conformas con un escueto comunicado sobre su estado de salud; cuando sabes que dentro de ese nosocomio hay otros 200 en iguales o peores condiciones; cuando te enteras que a diario hay decenas de nuevos ingresos más o menos graves; cuando antes, como periodista, publicaste fotos de un tráiler con una caja refrigerante en ese mismo hospital porque no hay espacio suficiente en la morgue; cuando rezas para no escuchar una voz, o recibir ese mensaje que no quieres oír o leer; cuando decidiste poner tu celular con sonido cuando antes lo tenías en silencio, y te sobresaltas con cualquier ruido; cuando sabes que tu familiar es inaccesible para ti, porque no te puedes quedar a cuidarlo en las noches, no puedes llevarle una revista, los saludos de sus papás, hermanos o hijos, o meter al cuarto a escondidas el postre que le gusta; cuando el lugar y la cama en que se encuentra sólo te la imaginas; cuando te dice el doctor que estar intubado es tener una manguera que entra por la tráquea, lleva el aire a los pulmones, está boca abajo, inconsciente y con la boca abierta; cuando elevas plegarias para que los signos vitales y el estado estable de su salud no vayan a tener una recaída; cuando sabes que entre tanto paciente hay bacterias que pueden entrar a su organismo poniendo en riesgo a tu familiar y al resto de los demás internados; cuando le mandaste un mensaje por WhatsApp preguntándole al doctor que lo atiende: ¿cómo está mi hermano?, y pasan lentos los minutos para obtener esa respuesta que quieres leer y que, apenas la recibes, la reenvías a tu familia y la compartes con tus amigos.
Gracias a Dios mi hermano César está en muy buenas manos y tengo información sobre su salud de primera mano, sin demora. Las oraciones de ustedes lo fortalecen.
El médico intensivista me dijo anoche que hasta 21 días puede permanecer intubado y que, antes de pensar en retirar el ventilador y pasar a una traqueostomía, tiene que salir negativo de Covid-19.
Así he vivido estos 13 días como familiar de un paciente con el virus (nueve de ellos intubado).
Espero paciente, confiado y con fe el reporte de este jueves. #FuerzaCesar
P.D.: Mi mamá, de 83 años, le grabó unas palabras de aliento que, Dios quiera, haya escuchado después de mandarle anoche el audio al doctor Leal.
Me prometió que lo haría.
César Felipe Jiménez Castillo falleció
el sábado 11 de julio a las 6:59 horas. Descanse en Paz.

La tragedia de Celso
Por Patricia Meza
Estando en comunicación con mi familia recibimos la noticia de que mi sobrino Diego llevaba unos días sintiéndose mal, presentando síntomas tales como dolor de cabeza y tos.
En su trabajo le ordenaron realizarse la prueba del Coronavirus y de los otros cuatro miembros de su familia, sólo dos de ellos comenzaron a sentir algunas molestias.
La prueba se la hizo el 26 de mayo y el día 30 tuvo su resultado, el cual fue positivo. En ese momento el miedo reinó en toda la familia, ya que a pesar de haber respetado la orden de quedarse en casa corrían riesgo por la convivencia diaria.
Al momento de enterarme les compartí la noticia a mis hijos, quienes no tardaron más de cinco minutos para enviarle mensajes de apoyo y buenas vibras a su primo, con quien han compartido grandes anécdotas.
Cabe mencionar que después de que Diego se realizó el test, permaneció aislado y su hermano mayor, que es médico, decidió empezar el tratamiento para él y sus padres.
Al siguiente día su padre, Celso, comenzó a tener complicaciones respiratorias y debido a que entraba en el grupo de “población de riesgo” al ser mayor de 60 años y diabético, decidieron llevarlo al hospital.
Varias horas después y tras no haber sido recibido en su clínica de zona ya que se encontraba saturada, fue en el Centro Médico Nacional “20 de Noviembre” del ISSSTE donde lo aceptaron y fue internado para ser tratado en el área exclusiva de Covid-19.
A partir de ese momento el personal médico les informó que estarían en constante comunicación vía telefónica para darles el parte médico diario, mientras en casa Diego y su madre seguían con tratamiento ambulatorio.
Los síntomas más latentes de mi sobrino fueron la tos y la pérdida de apetito, este último ocasionándole que bajara significativamente de peso.
Al mismo tiempo la menor de la casa, Bertha, quién estuvo en mayor contacto con su papá, empezó con síntomas muy leves e inmediatamente recibió tratamiento en casa, sintiéndose mucho mejor después de tres días.
Los tres mejoraban día a día, pero el tener a uno de ellos internado y con pronósticos no muy favorecedores los entristecía profundamente, sentimientos compartidos por toda la familia, que no dejaba de orar por su recuperación.
Por su parte, Diego y su madre se encontraban en un mejor estado y dos semanas después de haber dado positivo fueron dados de alta. Sin embargo, la mayor preocupación estaba en la situación de Celso.
Aproximadamente entre el 15 y 17 de junio el primogénito también dio positivo a Covid-19, y a diferencia de su familia nuclear fue totalmente asintomático, aunque por cuestiones preventivas su esposa y tres hijos menores de 10 años recibieron tratamiento.
Después de varios días de angustia y preocupación, les informaron que Celso tuvo que ser intubado, permaneciendo así hasta el día 19 de junio, fecha en que perdió la vida aproximadamente a las 09:00 horas.
El cuerpo les fue entregado por la tarde y de ahí fue llevado inmediatamente a la funeraria para ser cremado al siguiente día.
La noticia nos golpeó fuertemente a toda la familia porque teníamos esperanza de que saliera adelante. Días después, el mayor de sus hijos fue dado de alta; sin embargo, la tristeza y lágrimas persistieron en la casa y hasta el día de hoy solo nos queda recordar los buenos momentos.

‘Vivimos en una casa Covid’
Por Angélica López
En mi familia somos cuatro: mis padres, mi hermana y yo, pero como mi hermana está casada, ya no vive con nosotros. Mis padres son población de riesgo ya que mi mamá a sus 58 años tiene diabetes e hipertensión, mientras que mi papá, de 60 años, es hipertenso.
La primera que comenzó con síntomas fui yo, el 12 de junio, con fiebre y un leve dolor de cuerpo. En esos momentos no pensé que fuera el virus, me confié y pasó el fin de semana como si nada.
El lunes 15 empezaron con síntomas mi hermana y mis padres, y un día después decidí ir a hacerme la prueba al San José para descartar el contagio, pero el 18 de junio me llamaron para confirmarme que era positivo. Oficialmente tenía Coronavirus.
De inmediato me comuniqué con mi familia y les dije que se fueran a hacer la prueba, ya que habían presentado síntomas y habían convivido conmigo. El viernes 19 acudieron a realizarse la prueba y el lunes 22 mi papá y hermana salieron positivos y mi madre negativa.
Una vez contagiados, nuestro mayor pendiente fue mi mamá ya que no estaba infectada, aunado a su edad y comorbilidades. Por otra parte, mi hermana tuvo que venirse a aislar con nosotros ya que tenía niños en casa y mi cuñado tuvo que pedir días en el trabajo pues seguía yendo a laborar presencialmente. Afortunadamente se hizo la prueba y dio negativo.
Comenzamos el periodo de aislamiento de 14 días y una vez que transcurrieron las dos semanas acudimos a realizarnos una prueba de seguimiento, y la sorpresa que nos llevamos fue que mi padre y yo volvimos a dar positivos y la nota afortunada fue que mi hermana ya no tenía el virus, por lo que regresó a vivir a su casa con su marido.
Al día de hoy llevamos entre 25 o 26 días con el virus y seguimos en la espera de cómo nos va ir. La doctora que nos diagnosticó nos dijo que hay casos en los que virus puede permanecer en tu cuerpo por un lapso de 28 días, por lo que debimos continuar con el aislamiento y eso aumenta tus probabilidades de ser vehículo de contagio.
Gracias a Dios, entre lo malo la buena noticia fue que ninguno de nosotros requirió hospitalización; sin embargo, la primera semana fue la más pesada, con mucho dolor de garganta y cuerpo, no hueles nada, la comida no te sabe y en ocasiones ni el Paracetamol nos hizo efecto.
Algo curioso que me sucedió fue que a los 10 días ya no presenté síntomas, me llegué a sentir muy bien, pero a los dos días de volver a ser positiva regresaron los malestares; otro punto a favor que observé fue que, a pesar de su edad, el buen estado de salud de mi padre contribuyó a que no se pusiera grave.
He de admitir que todo esto te pega muy gacho en el estado anímico por toda la información que recibes que te mete miedo y luego piensas que no te sucederá a ti. No imaginaba que entre tanta gente yo iba a resultar contagiada.
Prácticamente nuestra cuarentena familiar se puede resumir en que la pasamos en una “Casa Covid”. Lo impactante es que hay días que te sientes muy bien y otros en los que piensas que te vas a morir. A pesar de no haber padecido incapacidad para respirar, el dolor de garganta es como si te quemara, te arde, no puedes pasar comida o agua y por más que te mediques el dolor es incesante.
Desde que empezamos la cuarentena nos mantuvimos totalmente aislados, yo era la encargada de hacer los pagos y actividades esenciales. Sentí bastante impotencia porque a pesar de acatar todas las medidas y reforzar la higiene, me contagié; fue una sensación bastante extraña, quedé impactada y hasta me enojé por ello.
No sabemos cómo entró el virus a la casa y el día que di positivo fue una montaña rusa de emociones; además, nunca fui incrédula, pero llegué a tener ciertas dudas, pensando que no me iba a pasar.
Volver a la vida normal no será posible por el momento, pero hoy más que nunca puedo afirmar que el virus es real y quedarnos en casa es la mejor solución.







