Políticos, empresarios y organizaciones sociales hablan de las necesidades y deficiencias del transporte público en Nuevo León cuando, muchos de ellos, ni siquiera han viajado en una unidad de este tipo. Durante cinco días, un reportero de Hora Cero quien usa el autobús en sus recorridos diarios, consignó su experiencia al usar este servicio. Esto es lo que vivió.
El tema del transporte público retomó relevancia en el estado desde el pasado 1 de noviembre, cuando la Comisión de Costos y Productividad autorizó un aumento del 16 por ciento a la tarifa de los camiones.
La propuesta tiene que ser aprobada en la sesión extraordinaria del Consejo Estatal de Transporte y Vialidad y, en caso de que se autorice, significaría un aumento a la tarifa de entre uno y tres pesos.
El último “tarifazo” fue el 1 de enero del 2014, cuando el costo del boleto en efectivo subió de 10 a 12 pesos en las unidades con y sin clima.
El tema ha dividido la postura del Gobierno del Estado, alcaldes metropolitanos, transportistas y representantes de los usuarios, quienes han dejado a la deriva su voto ante la falta de condiciones que justifiquen el alza.
Los ciudadanos se oponen al el posible aumento. Comentan que la mayoría de los que tienen poder de decisión jamás han usado este medio de transporte y por ello asumen que desconocen del tema.
Con el fin de ver el panorama desde una perspectiva no política, el reportero, que utiliza el transporte público en su día a día, compartió su experiencia de utilizar este servicio por 5 días.
Lunes 11 de noviembre
Mis ‘dos miedos’
Trabajo de lunes a viernes en la zona centro de Monterrey en un horario de 9:00 a las 18:00 horas. Al salir tomo el camión –la ruta 112 República-, en el cruce de las avenidas Melchor Ocampo e Ignacio Zaragoza.
Si tengo suerte, en un lapso de 5 a 10 minutos me subo a la unidad y de no ser así, tengo que esperar hasta media hora. A su favor, la ruta es rápida y eficiente. Si todo sale bien, antes de las 19:00 horas ya me encuentro en casa.
Cabe aclarar que a la hora que dejo el trabajo inicia la llamada “hora pico”, por lo que las calles se congestionan y los autobuses van hasta el tope de su capacidad. He aquí dos de mis miedos al esperar el transporte: que se encuentre lleno y que por el tráfico no pueda pasarse al carril lateral, no haciendo la parada y entonces deba esperar a otro camión.
Para mi fortuna es poco probable que el primer inconveniente suceda. Pero, la segunda situación se da con mucha frecuencia en mí día a día, lo que lleva a ser frustrante ya que no soy el único al que no suben. Cuando esto pasa, los ciudadanos ignorados no se pueden guardar las mentadas de madre al chofer.
Ya a bordo, observo que el mayor movimiento de pasajeros –ascenso y descenso- se da en la Colonia Independencia y la Avenida Río Nazas, zonas bastante populosas.
Yo me bajo en la calle Paseo del Acueducto, uno de los últimos puntos de la ruta. Reconozco que donde lo hago no es una parada oficial, pero es una zona escolar con topes y baches por lo que los usuarios aprovechamos la considerable reducción de velocidad y el chofer nos permite descender.
Martes 12 de noviembre
Más frío adentro que afuera
Justo enfrente de donde me bajo tomó el camión para ir a trabajar. Los tiempos de espera son los mismos que en la vuelta, así que la idea es estar en la parada entre 8:10 y 8:20.
Debido al frente frío que azotó al estado, en mi colonia amaneció a 7 grados y noté que tanto yo como los demás que estábamos en la parada temblábamos al mismo ritmo. Además, esa mañana estaba “chispeando”. La espera fue bastante gélida ya que no hay ningún refugio para cubrirse del agua y el viento.
Al subir encontré el camión prácticamente vacío. Como dato, ninguna de estas unidades está aclimatada, por lo que son susceptibles a los cambios de temperatura. En esta ocasión, sentí más frío a bordo que en la calle. Aunque todas las ventanas estaban cerradas, parecía un congelador ahí dentro.
A pesar de no ser una unidad moderna -aclimatada, con asientos acolchonados, Wi-Fi o pantallas- es bastante cómoda. Son pocas las veces que carecen de lo básico, como asientos o que no funcionen los timbres de parada. Pero en esta ocasión, vaya que añoré que tuviese calefacción.
Durante gran parte del trayecto pensé: “espero que al bajar esté menos helado que aquí”.
Miércoles 13 de noviembre
‘Todos contra todos’
En el camino a mi trabajo existen tres puntos donde cada mañana se vive un caos vial: la vuelta entre Paseo del Acueducto y Camino al Mirador, la Unidad de Medicina Familiar Número 36 del IMSS y Mazda Las Torres, todos ellos sobre la avenida Lázaro Cárdenas.
El primero se caracteriza porque el semáforo que divide la vuelta entre las dos calles dura 6 segundos, lo que provoca que el chofer pite a más no poder e insulte a todos con tal de pasar. Después, en las instalaciones del IMSS, abundan los taxistas y autos particulares que se estacionan en la acera, lo que contribuye al embotellamiento y evita -en ciertas ocasiones- que los autobuses se frenen en la lateral y puedan subir pasajeros.
Entre la unidad médica y la agencia de autos existe un punto digno de una “mención honorífica”: el cruce de la avenida Alfonso Reyes con Lázaro Cárdenas, por donde pasan quienes vienen de Garza Sada y Revolución. Aquí los automovilistas ignoran los semáforos provocando un “todos contra todos”.
Esta vez el camión se quedó atorado veinte minutos justo en el tramo a lado de la Mazda.
Superado este punto el resto de la travesía fue bastante rápida. En Río Nazas y La Independencia aumentó el número de pasajeros en el camión, pero aún se mantuvo lejos de su capacidad total. Ni la fluidez vehicular de estas zonas evitó que llegara tarde al trabajo.
Jueves 14 de noviembre
Caos vial… al revés
Con el fin de darle una variación al experimento, tomé el camión de casa al trabajo en la tarde, específicamente a las 13:30 horas. Para mi fortuna noté algo que acaparó mi atención. Parecía el “día opuesto”, comenzando porque el sol volvió después de dos días helados, cortesía del clima bipolar de la ciudad.
Después me tocó muy poco tráfico en los puntos de congestión mencionados anteriormente. Sin embargo, vi que ahora el embotellamiento estaba con dirección al sur de Lázaro Cárdenas. Deduje un factor que contribuyó a esto: la hora de comida de los oficinistas.
Una vez visto el fenómeno del “tráfico invertido”, se repitió en la “Indepe”. En este tramo era obvio el por qué: la hora de salida de las escuelas primaras y secundarias. Al ser una colonia popular, prácticamente hay instituciones educativas cada dos calles y por consecuencia de la hora se acercó al lleno total el camión.
Procedí a bajarme en la salida al puente peatonal de la Plaza Multimodal Zaragoza. Puedo confirmar que es una parada, sin embargo, los choferes tienen la maña de con tal de ir más rápido tomar el carril central, a pesar que el lateral permite tanto la vuelta como seguir derecho. Aún y haciendo esto, no se presentó problema cuando pedí la parada en ese punto.
Consideré bastante asequible esta medida ya que más allá de que me agrade caminar, lo hice con el fin de ahorrar tiempo y así evitar el tráfico por el que pasa la unidad en las avenidas Cuauhtémoc y Juárez.
Viernes 15 de noviembre
El tráfico del ‘Buen Fin’
A pesar de ser viernes de quincena, puente y que daba inicio “El Buen Fin”, en cuestión de tráfico la situación estuvo muy tranquila en la mañana. Eso sí, tomé el camión a las 8:30 por lo que sabía que iba a llegar tarde. Al subir, noté que era una “unidad reducida”: la columna del lado del chofer contaba con dos asientos por fila mientras que la opuesta solo con uno.
Me senté y observé que la cabecera estaba adornada con una bandera mexicana, el número 68 en verde y el nombre Verónica con un corazón y una estampa de carita feliz, pensé: ¿quién será? ¿la mujer del conductor o el nombre del camión?
De repente escuché una conversación entre dos señores que me llamó la atención: “nombre compadre ahorita ves todo así sin gente y calles tranquilas, espérate a que abran las fregadas tiendas y vas a ver cómo todo esto se llena de carros y chingo de cabrones con las manos llenas”.
En el camino consideré en justificar mi impuntualidad, así que en lugar de bajar entre la “Indepe” y el puente de Zaragoza, opté por seguir en el autobús para ver si en algún punto se daba un lleno total. A la altura de la avenida Cuauhtémoc, en paralelo con el restaurant “La Pesca”, se subieron 10 pasajeros, ocupando los asientos restantes.
Tras dar vuelta en la calle Matamoros, muchos bajaron en la avenida Juárez, principalmente quienes abordaron en partes de Lázaro Cárdenas, Rio Nazas o La Independencia, y a pesar que en esta parada se subieron otros diez, se niveló la capacidad. A lo mucho uno o dos pasajeros iban de pie.
Descendí sin problema justo en frente de InterPlaza, esquina con la calle Morelos. Caminé por esta última con el fin de ver si la gente ya estaba haciendo acto de presencia para ser los primeros en entrar a los negocios aledaños y aprovechar las ofertas del “Buen Fin”.
Después de una semana usando el transporte público, concluí que a pesar que la unidad que utilizo en mi día a día no será la más nueva o mejor equipada, es eficiente en cuanto a su ruta, capacidad y tiempos de traslados. Ya para cerrar el día, deduje: para ser el estado con el transporte más caro a nivel nacional, los camiones están muy lejos de lo que los ciudadanos merecemos.













