Ni chairos, ni fifís. ni nacos ni pirrurirs. Ni liberales ni conservadores. Ni barriobajeros ni fresas de estirpe. Ni progresistas ni neoliberales. Ni de izquierdas ni de derechas. Ni populistas ni oligarcas. Ni demagogos ni mafiosos del poder político. Ni asistencialistas ni usureros. Ni nacionalistas ni malinchistas. Ni globalifóbicos ni globalifílicos. Ni racistas ni xenófabos. Ni machistas ni feministas. Ni misóginos ni mandilones. Ni comunistas ni fascistas. Ni demiurgos iluminados ni abyectos incrédulos. Ni un extremo ni el otro. No a los ultras. No a los antis. Mexicanos todos. Y punto. Unidos, bien unidos, y siempre junto en torno a los valores supremos de la humanidad y de la patria.
Lo peor que le puede pasar a nuestro querido México, en el amanecer del 2019, es que los polos opuestos de nuestros sentimientos nos enfrenten a mexicanos contra mexicanos. Que el fanatismo de un lado u otro del espectro político nos lleve a una perniciosa polarización. Y ya sabemos por la historia que cuando más mal le ha ido a esta patria nuestra es cuando el enemigo nos ha encontrado divididos. Es decir, si adoptamos una posición de rivalidad enfermiza y nos medimos unos contra otros no solamente puede devenir en una guerra civil, sino en franquear la puerta a un oportunista extranjero que venga a hacer de las suyas en tierra azteca.
Está bien defender nuestra visión y valores, pero dentro del respeto al otro y al orden establecido. Vale la pena la disidencia y decir no a la sumisión, pero sin quebrantar los principios elementales de la libertad. Hay que consolidar la democracia escuchando todas las voces pero sin caer en la confusión y el engaño. Hay que luchar contra el autoritarismo pero sin llamar a la violencia. Hay que combatir el fanatismo pero sin caer en otro fanatismo. Como dijera el filósofo francés, Voltaire, no se puede ser tolerante con el intolerante. Y el primero que debe poner el ejemplo en todo este enjambre de axiomas es quien representa al poder ejecutivo nacional, comportándose como el mandatario de todos y no solamente como el político en campaña, complaciente solamente con quienes votaron por él, por mucha tentación que sienta de que puede decir y hacer lo que le venga en gana porque se ufana de estar avalado por los 30 millones de mexicanos que le brindaron su confianza, pues los que no le dieron su aprobación en las urnas fueron casi el doble, más otro tanto que aún no puede participar en los procesos electorales.
Por eso debemos felicitar a quienes se arman de valor y le corrigen lo que deben corregirle al presidente Andrés Manuel López Obrador y a su camarilla entre los diputados y senadores para bajarles las ínfulas y la arrogancia que les da tener la mayoría de asientos. Hay que aplaudir esos contrapesos que surgen de las mismas filas de MORENA o de quienes se encandilaron con la oportunidad de que por fin llegara al Palacio Nacional un gobierno de izquierda. Porque no es posible dejar ir al precipicio a todo el país solamente por quedar bien con el que ellos aceptan ciegamente que tiene la razón en todo. No siempre la tiene y es entonces cuando surge la valentía de quienes saben expresar su punto de vista y su voto en contra, viendo por el bien de las mayorías de los mexicanos.
AMLO podrá sentirse ufano de su Tren Maya y de la Guardia Nacional, o de haber echado abajo el nuevo aeropuerto en Texcoco y salirse con la suya en su plan de que el ejército construya las pistas y el edificio en el campo militar de Santa Lucía, y sin embargo su autoritarismo no lo licencia para que proclame a voz en cuello errores sin ningún equilibrio entre los más sensatos y preparados en sus filas. Por lo pronto nadie le ha sugerido que le baje a la descalificación de los conservadores y a la discriminación que entrañan sus palabras al afirmar que la Cuarta Transformación hará justicia al sur de México, en franca referencia a que el norte se rasque con sus uñas, como una señal de venganza porque dice que el liberalismo lo favoreció enormemente. Es de justicia ver por los más pobres y ocuparse de las olvidados pueblos indígenas, pero sin poner énfasis en el rechazo a los demás. México es un hermoso caleidoscopio que asombra por su variedad de enfoques y un escenario en donde debemos caber todos, lo cual hay que recordárselo al político de origen tabasqueño. No se vale la insensatez en las palabras y menos en los hechos. Ni las preferencias tampoco, sino la justicia para que, en un piso parejo, cada quien gane según sus méritos y no según los programas asistencialistas y clientelares del que se siente dueño del presupuesto nacional.
Sí estamos de acuerdo en una más equitativa distribución de la riqueza, pero sin dádivas y favoritismos políticos de por medio. Y, mejor todavía, sin enfrentamientos retóricos que pongan al sur en contra del norte o a mexicanos en contra de mexicanos. Ni que reviva el malhadado tufo de aquella frase de 1985: “Haz patria, mata un chilango”, cuando los capitalinos empezaron a desplazarse a otras ciudades después del devastador terremoto de septiembre. No queremos chairos que aplaudan rabiosa e irracionalmente lo que sale de la voz del presidente y del Palacio Nacional. Ni fifís que rechacen sin valoración adecuada sus propuestas y decretos. Mucho menos deseamos ataques virulentos en las redes sociales ni amenazas ni persecución alguna contra los que no piensan igual ni aceptan la directriz oficial de López Obrador.
Ni chairos, ni fifís. Ni nacos ni pirrurris. Ni barriobajeros ni fresas. Mexicanos todos. Siempre unidos a pesar de nuestras diferencias. Y punto.






