Debió haber sido por el fallecimiento de mi padre y mi inocencia infantil, pero en 1952 me pasó de noche el ungimiento del presidente Adolfo Ruiz Cortines, y no fue sino hasta 1958 que por primera vez tuve conciencia de lo que a los adultos llamaba más la atención. A partir de entonces me ha sido dado ser testigo del ascenso, sexenio tras sexenio, de un nuevo gobernante al poder ejecutivo en México. Y fue en 1964 cuando ya tuve noción de lo que realmente significaban las elecciones presidenciales, el informe del 1 de septiembre y el cambio de mando en el Palacio Nacional cada seis años el 1 de diciembre. Sin embargo, esos eran otros tiempos en los cuales vivíamos el gozo del llamado “milagro mexicano” o largo período de estabilidad económica con el peso dándole la pelea al dólar con una paridad de 12.50 por uno, durante años, además de un crecimiento sostenido de 6 por ciento y una baja inflación. Y la farsa democrática campeaba en la política a lo largo y ancho del país. La libertad de prensa y de expresión estaba bien acotada. El PRI era el amo y señor en todos los comicios, pues se consideraba el dueño de los guantes, los bates, las pelotas e, inclusive, de los ampayers. Por eso cada presidente designaba descaradamente a su sucesor y “palomeaba” a cuanto candidato le era servil para alcanzar un cargo público.
No obstante, todo fue que ocurriera el 2 de octubre de 1968 para que se calentara el ambiente y los jóvenes capitalinos de entonces buscaran romper las cadenas de la dictadura invisible y la cerrazón de las autoridades, con el fin de cambiar el rostro amodorrado de México. Gustavo Díaz Ordaz se fue entre acusaciones muy serias de tirano y asesino, pero cometió el error de dejar a quien cargaba también con la sospecha de haber participado directamente en la llamada “Noche de Tlatelolco”, pues se le atribuía la orden de disparar a los manifestantes que llenaban la Plaza de las Tres Culturas. Eso fue lo de menos, pues apenas se sintió intocable hizo de las suyas, y comenzó con su populismo enfermizo a echar por tierra el “milagro mexicano”. Le dio vuelo a su sueño guajiro de entrar a la historia como líder del tercer mundo y futuro secretario general de la ONU. Instrumentó la “guerra sucia” contra sus opositores y movimientos subversivos, de modo que en 1971, en el Jueves de Corpus de junio, trató de lavarse las manos inmediatamente por la muerte de estudiantes a manos de los “halcones”, echándole la culpa a Alfonso Martínez Domínguez.
Desde su inicio en 1970 hasta el final de su mandato hundió al país en una espantosa crisis económica. En 1976 el peso sucumbió ante el dólar Y se avivó la esperanza del cambio que ha sido motivo de júbilo sexenio tras sexenio. José López Portillo, candidato único en un país sin libertad política, encarnó la llegada de los dioses buenos en 1976. La gente se creyó de sus promesas y del perdón que les ofreció a los pobres, con lágrimas de cocodrilo de por medio. Se engalló diciendo que defendería el peso como un perro y satanizó a los sacadólares sin hacer nada por el verdadero México. El país por poco se le desmorona en las manos y la corrupción de él, de su esposa Carmen Romano y de su hermana Margarita fue su sello distintivo, junto con amantes gananciosas, una colina histórica donde amontonó sus libros y un Arturo “El Negro” Durazo haciendo de las suyas con el Partenón ignominioso en Zihuatanejo. En septiembre de 1982 aprovechó su último informe de gobierno para decretar la expropiación de los bancos, ante la sorpresa y enojo de quien sería su sucesor, Miguel de la Madrid, presente en el recinto legislativo, quien no esperaba esa noticia que cimbró al sistema.
En medio de semejante desastre nacional, ¿cómo no iba a haber fiesta el 1 de diciembre de 1982 con un pueblo ingenuo entregando nuevamente su esperanza a otro supuesto enviado del cielo? Hacía falta enderezar el camino. Revivir la fe en la bondad del primer mandatario que llegaba a encumbrar a México. No importaba la inflación estratosférica ni el vaivén continuo en la paridad del peso frente al dólar. No podía haber algo peor que los dos peores presidentes emanados del mismo PRI (Echeverría y López Portillo). La tecnocracia política llegaba a rescatar lo rescatable. Los acarreados, con vivas y confeti, lo decían todo al paso de MMH en su toma de posesión. Hizo lo que pudo, pero no para dejar contentos a sus gobernados. Por eso en 1988 se rebeló el ala izquierda del PRI en su afán de ganar la presidencia con un Frente Democrático Nacional abanderado por Cuauhtémoc Cárdenas, en lucha férrea contra el establishment liderado por el candidato del PRI, Carlos Salinas de Gortari. Y a pesar de la sospecha de fraude electoral fincado en la “caída del sistema” que alegaba Manuel Bartlett, el triunfo adornó la mente de quien se decía originario de Agualeguas, Nuevo León. Imposible no vibrar con la retórica del brillante economista graduado en el extranjero. Imposible no entregarle la confianza en manifestaciones celebratorias a lo largo y ancho de México. De nuevo la algarabía y la euforia el 1 de diciembre.
Pero seis años después fue lo mismo, tras el susto del levantamiento zapatista en Chiapas el 1 de enero de 1994, así como del asesinato en marzo de Luis Donaldo Colosio, candidato presidencial del PRI, y de José Francisco Ruiz Massieu, secretario general del PRI. Ernesto Zedillo arribó con la bandera de la recuperación económica ante la fuga de capitales y las arcas oficiales casi vacías de dólares. El 1 de diciembre se desbordó el entusiasmo como siempre, aunque en el mismo mes ocurrió el alegado “error de diciembre”, según Salinas, que puso al nuevo presidente a parir cuates y a enfrentar una severa crisis financiera, de la mano de la depreciación del peso, que llevó a muchos mexicanos a no poder pagar las deudas de sus automóviles y residencias, y a sufrir los efectos del FOBAPROA.
Así es que al perder el PRI la mayoría en el Congreso y luego su largo récord de victorias en pos de la Presidencia de la República, las matracas convocaron a celebrar el histórico cambio. Vicente Fox, abanderado del PAN, representaba lo mismo que hoy representa para Morena López Obrador. Al pie de la columna de la Independencia, la misma noche de su triunfo en julio gritó a todo pulmón: “No les voy a fallar”, mientras Martha Zahagún se frotaba las manos planeando una bonita boda con el divorciado, sin permitir que la señora Corcuera, y otras mujeres apuntadas para lo mismo, se le adelantaran. El 1 de diciembre de 2000 fue rubricado con el estruendo de los festejos propios de la fecha, unidos a la esperanza de un México mejor, pues el primer mandatario había dicho en su campaña que acabaría con las tepocatas y víboras prietas, además de meter a la cárcel a los corruptos del PRI.
Pero cuando le presentaron la lista de esos corruptos le temblaron las corvas y la manos. No firmó la denuncia y expresó que no valía la pena la persecución porque el país requería la unidad. Quizá pensó políticamente: “Los carniceros de hoy, serán las reses de mañana”. Luego entró en litigio con el PAN y se distanció de Felipe Calderón al ser designado éste candidato en 2006. Como quiera, no le quedó más que apoyarlo al hacer todo lo que pudo para impedir que llegara el candidato de la izquierda, Andrés Manuel López Obrador. De modo que, consumado el plan de asustar a medio mundo con el eslogan del “peligro para México”, la celebración del 1 de diciembre fue de estruendo, a pesar de los problemas que el michoacano tuvo para entrar al recinto oficial a ceñirse la banda de presidente.
La fiesta de Enrique Peña Nieto el 1 de diciembre de 2012 fue obligada por el retorno del “nuevo PRI” que sí sabe gobernar, además de los reiterados elogios a sus atributos físicos de parte de Televisa, a la que se unió el coro de otros medios y mucha gente encandilada con su “guapura”. Por tanto, ¿valdrá la pena seguir hablando de lo histórico del momento que López Obrador disfrutó el 1 de diciembre último y los días siguientes? ¿No será más de lo mismo, aunque ahora con el toque especial de que la izquierda llega por fin al poder presidencial en México? ¿Lo mismo de siempre? ¿La película de otros años rebobinándose ahora, aunque con un toque especial en el Zócalo de la Ciudad de México?
Vale más esperar que se cumpla lo bueno que las mayorías creen que llegará, ahora sí, para todos. Y que la corrupción termine en México, a fin de que no haya pobres, ni gasolinazos, ni aumentos de impuestos, ni abusos de poder. Hasta entonces hay que echar las campanas a vuelo. A los que hemos vivido la misma experiencia, nos queda al mero pelo el famoso dicho: “El que con leche se quema, hasta al jocoque le sopla”.







