Las ratas saltan del barco que se hunde

Es un hecho comprobado que, por instinto natural, las ratas saltan de un barco a las primeras señales de que se está hundiendo. Por tanto, no debe extrañarnos que en la política como en los negocios, el símil se aplice a muchos seguidores de un partido quienes ante el riesgo de quedarse sin “hueso” cambian de siglas de inmediato, para irse con el viable triunfador.
Así se comportan los que ven a la política como negocio. La ideología es lo que menos cuenta para ellos, ni los programas de acción. El dinero es el señuelo para seguir mamando del erario. El presupuesto, con sus montos estratosféricos, es su meta formal. O cuando menos, un sueldo jugoso sin trabajar como es debido. “Para no robar”, dicen algunos. Pero otros replican: “Para lograr la oportunidad, ahora o nunca”. Aunque ahora quién sabe cómo les vaya a los que alientan esos pensamientos y se han puesto del lado de Andrés Manuel López Obrador, promotor de la honestidad a toda prueba y de la austeridad republicana.
En la política como negocio y no como servicio, también vemos a muchos compatriotas ejerciendo su clásico derecho al pataleo después de perder un puesto de elección popular, reclamando lo que se les ocurra con tal de tratar de revertir un resultado, pero la verdad es que lo que les aterra es pensar que ahora sí tendrán que trabajar al quedar fuera del presupuesto oficial, especialmente después de tener años pegados a la ubre gubernamental. Y si no, piense en Cristina Díaz, quien desde la campaña de Luis Donaldo Colosio, en 1994, había sido favorecida con jugosos sueldos y la oportunidad de meter a su hijo Tomás Montoya de diputado. O imagine el golpe al bolsillo y al orgullo de Marcela Guerra, otra priista que no sabía más que vivir del chapulineo en el Congreso de la Unión.
No me hago a la idea acerca de lo que les dolió a Marco Antonio “La Papa” Martínez y a Karina Barrón ser ninguneados por los electores el 1 de julio, después de que habían llegado como diputados locales valiéndose de las siglas del PAN, para renegar luego de este partido y llamarse “independientes”. El destino les hizo ver que, al buscar la reelección, la marca sí pesa y que no es fácil tumbar el voto duro de muchos azules, no obstante tratar de hacer valer lo positivo de su gestión, su cercanía con los vecinos de los sectores por los que contendían.
Como ellos, en todo México hay muchos políticos desahuciados, en especial el hijo de Emilio Gamboa Patrón, que no tiene otro camino más que trabajar si quiere vivir como cree que se merecen. Y solamente las “ratas” que alcanzaron a brincar oportunamente al barco de López Obrador podrán seguir haciendo de las suyas, especialmente los parásitos del Congreso de la Unión que, a pesar de sus ausencias en sesiones importantes, con solo levantar el dedo han tenido asegurada una buena compensación y “palancas” para lo que se ofrezca.
Finalmente, los que sostienen que con el nuevo gobierno que inicia el 1 de diciembre volveremos a los tiempos viejos del PRI, por haber ganado MORENA casi el carro completo, habrá que aclararles que esta vez sí está legitimado el triunfo por obra y gracia de la democracia (el poder del pueblo), mientras que antes las elecciones eran mera farsa y el fraude era parte consustancial del partido hegemónico y sus partidos satélites, igual que la corrupción que le ha adornado desde que nació.
Sí, es cierto que hoy López Obrador se parece mucho a Luis Echeverría por su protagonismo e hiperactividad. Pero al menos aquél ha llegado al poder legitimado por la transparencia y respeto del voto popular. Al anciano expresidente le llamaban “el vendaval de la guayabera”, por su forma de arrastrar a los miembros de su gabinete en los actos públicos y porque, igual que AMLO, no se sabía que descansara en su trabajo diario, ya que desde la madrugada se ponía a despachar y llamaba a algunos de sus colaboradores. Pero no estaba tan viejito. Y su populismo y megalomanía lo exhibían de a feo.
Ojalá el presidente electo aprenda de esos errores de su antecesor en el mismo PRI, donde él militó de joven. Y es de esperarse que, al estar consciente de la esperanza del pueblo en su mandato, no lo defraude para que pase a la historia con los entorchados de la gloria y no de la ignominia. Echeverría llegó por inercia a la silla presidencial, después de haber sido seleccionado por el tradicional dedazo de entonces, en los tiempos en que él preguntaba “¿qué horas son?”, y sus lacayos para no hacerlo enojar le contestaban: “Las horas que usted diga, señor presidente”. Hoy vivimos otras circunstancias y la sociedad civil ya no es tan dejada, además de que el sistema autoritario fue tan repugnante, que ni al que ganó con el 53 por ciento de los votos le nacería revivirlo. Esperemos, entonces, lo mejor, igual que las ratas que brincaron a tiempo del barco que se hundía al de aquel que los salvó de la catástrofe personal de tener que trabajar para sobrevivir como a ellos les gusta.

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