‘En México ya no existe la izquierda’: Lucas de la Garza


Pocos personajes han transitado por todos los espectros de la política local como Lucas de la Garza, quien por igual ha sido funcionario estatal, priista y perredista; hoy sale del retiro en el que se encuentra para hablar del próximo proceso electoral y quién es el candidato que ofrece la mejor oferta a los electores

Cuando personajes de la política de Nuevo León como Adrián de la Garza, Clara Luz Flores y Víctor Fuentes apenas cursaban su educación primaria, Lucas de la Garza González ya era un protagonista del sistema político mexicano, al que siempre intentó cambiar, junto a figuras como Cuauhtémoc Cárdenas y otros activistas sociales.
Su trabajo como funcionario público, dirigente partidista y candidato a gobernador por el Partido de la Revolución Democrática (PRD), ayudó a sentar las bases de lo que actualmente son la vida política y social de la entidad.
Es válido afirmar que los alcaldes de hoy gozan de los beneficios que otorgan programas de ordenamiento urbano y desarrollo social como Tierra Propia, y la reglas para la creación de nuevos fraccionamientos, mismos que fueron implementados hace casi 40 años por De la Garza, durante su paso como director de Asentamientos Humanos y Obras Públicas en el sexenio de Alfonso Martínez Domínguez.
De la Garza accede a dialogar con los periodistas de Hora Cero sobre el momento coyuntural que vive México, frente a las próximas elecciones presidenciales y las concurrentes en decenas de estados y municipios. Habla sin tapujos, bajo la advertencia previa de que “mi memoria ya me empieza a fallar, perdónenme si desvarío”.
Exmilitante del PRI y fundador del PRD -de este último dirigente y candidato a gobernador-, afirma enfático: “En México ya no hay que temer. No existe la izquierda”.
Precisa: “Andrés Manuel López Obrador podrá tener muchos pecados y defectos, pero lo que sí reconozco es que no es deshonesto. No es corrupto ni abusivo, lo sé porque hace mucho fuimos muy amigos, pero ya no”.
El diálogo es fluido. Y las ideas y conceptos sobre lo que era la real “politike” en los tiempos cuando fue funcionario en los gobiernos de Alfonso Martínez Domínguez y Jorge Treviño son precisos y acertados, apegados al devenir diario del país.
“En México podrá haber las elecciones más limpias y transparentes, más vigiladas y festejadas por los partidos políticos, pero eso no garantiza una verdadera democracia. Si hay millones de pobres en el país que no tienen ni para comer, nadie puede decirse demócrata”, sentencia.
Comenta que la transición democrática en México no está bien hecha, no se concretó plenamente, a pesar de que hace 18 años Vicente Fox y el PAN arribaron a la presidencia de la República y el PRI ha perdido gubernaturas, alcaldías y escaños en el Congreso Federal y varios estatales.
“La característica de los países que no tienen democracia es la falta de alternancia, como era en México durante 70 años de carro completo del PRI”, añade De la Garza, al recordar que desde el gobierno de Lázaro Cárdenas hasta el de Ernesto Zedillo los avances de la oposición eran escasos o nulos.
Precisa que, aunque el PRD ganó las elecciones del Distrito Federal con Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, sería hasta que Fox Quezada obtuvo la presidencia del país cuando se pudo hablar realmente de una transición a la democracia, aunque incompleta.
“De ahí para acá no es cierto que la democracia mexicana esté bien acabada, a menos de que confundamos un aspecto, al compararnos con países con dictaduras como la española y la chilena después del franquismo y el pinochetismo, aquí si se empezó hace años a respetar el voto”, afirma.
Enfatiza que, si bien se dan casos aberrantes de alteraciones de votaciones, fraudes plenos que son documentados, también se dan hechos concretos que señalan el avance democrático y de respeto a la voluntad de los electores, como fue el triunfo de Jaime Rodríguez “El Bronco”, en Nuevo León.
“Imagínese que un candidato independiente y modesto intelectualmente tenga más votos que el PRI y PAN juntos, es algo digno de reconocer, no sólo al sistema político sino a los ciudadanos.
“La crítica no es hacia las instituciones electorales, sino a los gobernantes, porque se esperaba que aparejada al cambio democrático vendría una mejoría sustancial en lo económico”, refiere.
Abunda en ello: “Más votos y más partidos alternándose el poder desde el 2000 y con dos presidentes panistas y el regreso del PRI, apenas y generaron en México durante los últimos 18 años un dos por ciento de crecimiento en el Producto Interno Bruto, igual al aumento de la población, pero con millones viviendo en la pobreza.
“La democracia no ha tenido beneficios reales. No trajo como lo pensamos muchos de que con la transición iba a ver un reparto generalizado de la riqueza. No forzosamente la democracia produce desarrollo social”, puntualiza.
Ejemplifica con China cómo un país en donde un sistema antidemocrático le ha permitido alcanzar el primer lugar como la economía más desarrollada del mundo.
“No siempre muchos votos, significa muchos pesos”, asegura.

YA NADIE ES DE IZQUIERDA
“Sí ningún partido ni ningún candidato cuestionan el régimen capitalista, ¿cómo puede haber izquierda en México? Todos pensamos que exista una economía de mercado con ricos y pobres en la que personas como yo podamos tener una fortuna, y haya 100 millones de mexicanos al borde de la pobreza extrema”, sentencia al desmentir la lucha de clases como eje de la política nacional.
Hijo primogénito del exgobernador Arturo Bonifacio de la Garza y Garza, Lucas cuestiona no sólo a quienes como militantes de partidos como PRD o Morena, sino a sus críticos y detractores, cuestionan su ideario político, cercano a pensadores socialistas Carlos Marx, Lenin o Fidel Castro.
Lo que se da en el país es una lucha de fuerzas políticas, en las que los proyectos sociales no son muy diferentes entre ellas, añade.
“Algunos partidos que se dicen de izquierda sí proyectan ese sentimiento entre la gente, pero no proponen nada. Pero es un sentido erróneo”, asegura.
Ironiza con los rumores populares: “Quieren asustar con eso de ‘Ahí viene Andrés Manuel que es de izquierda’, si les vamos a repartir la tierra para repartirlas, pero ya nadie vive en el campo, todos en la ciudad. O van a quitar las fábricas ¿para dárselas a quién, si no hay ni quien las pida?”.
De la Garza se cuestiona asimismo cuál es el temor hacia el precandidato presidencial López Obrador, y él mismo se responde: ninguno.
Destaca su desempeño como jefe del Gobierno del Distrito Federal, donde realizó diversas obras públicas, redujo el déficit presupuestal, evitó endeudarse y bajó los índices de criminalidad.
El que López Obrador fuera juzgado y casi fuera desaforado de la jefatura del Distrito Federal -ahora CDMX- por expropiar un predio para dar paso de vía a un hospital, no puede ser señalado como acto populista y de izquierda.
“Hace muchos años fuimos muy amigos Andrés Manuel y yo, ahora ya no. Él tiene muchos defectos que yo conozco y me duelen, por eso dejé su amistad, pero no es ni deshonesto ni corrupto”, explica al referir que el abanderado del Movimiento de Regeneración Nacional es la mejor opción electoral.
No hay riesgos, afirma, de que al llegar a la presidencia de México pueda copiar el modelo económico de países como Venezuela o de Corea del Norte, porque sencillamente cada uno tiene circunstancias diferentes. “Esos argumentos sólo buscan, sin lograrlo, asustar a la gente”, agrega.
“El problema de este país es que por más preparado que pueda estar el candidato, como José Antonio Meade, quien ya fue secretario de Estado en cuatro ocasiones, no convence a los ciudadanos de que es la mejor opción y los puede sacar de jodidos”, agregó el entrevistado.
En contraste, la forma en que el panista Ricardo Anaya y el morenista López Obrador arengan a las multitudes sí tiene el efecto de convencer a quienes los escuchan, aunque los planteamientos no sean viables.
“(López Obrador) tiene algunos problemas de su personalidad que lo llevaron a chocar conmigo y nos llevó al distanciamiento, pero por el tiempo que lo conocí puedo asegurarte que es honrado, no es sinvergüenza.
“Y eso que en la política por cada decente te encuentras un millar de pelados quienes buscan lo que sea para llevárselo en las uñas”, declaró.

EL BRONCO, REHÉN DE SU ÉXITO
Pensar que en Nuevo León la situación en general cambiaría sólo con el triunfo de Jaime Rodríguez Calderón, fue un error.
Lucas de la Garza relata que supo por primera vez del ahora gobernador con licencia en su época de funcionario público en el gobierno de Alfonso Martínez Domínguez, cuando Jaime apenas era un “jovencito líder estudiantil”.
Cuando ganó “El Bronco”, un excolaborador de Lucas de la Garza y amigo del mandatario independiente, le pidió una cita para que conversaran y le diera algunos comentarios sobre su futura gestión.
“Para mí fue una sorpresa que ganara la elección, porque Nuevo León es uno de los estados más bipartidistas. Lo invité a comer, y ha sido la única vez que lo he visto”, relató.
Rodríguez Calderón “me preguntó: y ¿tú cómo ves? Y pues le dije: tú vas a tener un desafío muy grande. Porque si hubieran ganado el PRI o PAN la gente no espera nada, por lo mismo que hicieron Nati, Medina y otros. Ningún cambio para que todo siguiera igual”.
El experredista le señaló enfático y directo: “Tú Jaime, eres rehén de la gente que tan entusiastamente votó por ti, porque esa gente quiere cambios y que mañana tu levantes el patíbulo, pongas la horca y cuelgues al papá de Medina y a (Rodrigo) Medina y si no los cuelgas, te van a colgar a ti”.
En suma, sentencia, no cambió nada con el triunfo de un gobernador independiente, sencillamente “porque la corrupción en México es muy difícil, le dije al Bronco y por eso no puedes echar a un político a la cárcel. Porque como decía Luis Cabrera en 1930, hay muchos corruptos, pero están libres porque no son pendejos”.

Víctima del sistema
A Lucas de la Garza prácticamente le tocó estrenar al Partido de la Revolución Democrática (PRD) en la elección estatal de 1991, pues el organismo apenas tenía 18 meses de haber sido creado en la entidad. En esa aventura, el sistema político mexicano -vestido con las siglas del PRI-, lo aplastó.
De la Garza, ex secretario general de Gobierno y destacado militante priista, era ideal para ser usado como res de sacrificio político.
Y lo fue de fea manera.
Desde la Secretaría de Gobernación, que encabezaba Fernando Gutiérrez Barrios -también conocido como “el policía del sistema”-, el Centro de Investigación y Seguridad Nacional (Cisen) fraguó un plan para desestabilizar las elecciones en Nuevo León, que en ese entonces aún eran organizadas por el gobierno estatal.
De la Garza inició su campaña en el mes de febrero, arropado por el dirigente nacional perredista, Cuauhtémoc Cárdenas y con el apoyo de cientos de expriistas que se sumaron a su causa para tratar de derrotar al priista Sócrates Rizzo García y al empresario panista Rogelio Sada Zambrano.
Eran los días finales del gobierno de Jorge Treviño, amigo de la infancia de De la Garza, y quien lo había hecho secretario general de Gobierno, el segundo puesto más importante en el gabinete estatal.
También era la época en la que su sucesor en la Secretaría General de Gobierno, José Natividad González Parás, nieto de un exgobernador y futuro mandatario, sería el último funcionario estatal en presidir la Comisión Estatal Electoral, la cual organizaba, validaba y reconocía al ganador de las elecciones estatales.
En torno a De la Garza González se armó una fuerte coalición de izquierda y centro izquierda: al PRD se sumaron los partidos Auténtico de la Revolución Mexicana, Popular Socialista y Frente Cardenista de Reconstrucción Nacional.
Poco a poco, día a día y mitin a mitin, el abanderado del partido del Sol Azteca subía en las intenciones del voto, sin saber que en su círculo inmediato se preparaba el golpe que minaría su posible triunfo electoral.
Un agente del Cisen infiltrado como un simpatizante que cargaba banderolas, colocaba mantas y ayudaba a instalar las sillas y el sonido en los mítines, comenzó a hacerse de las confianzas del candidato a gobernador y de los dirigentes del PRD.
Tal fue la cercanía que el aspirante a la gubernatura le profesó al espía, que un día lo designó como chofer de la camioneta Suburban en la que se transportaba para todos los rincones del estado durante la campaña.
Identificado sólo como “Eduardo P.”, el agente del Cisen fue testigo privilegiado de las reuniones del candidato y sus colaboradores, conoció los entresijos de sus entrevistas con empresarios de Nuevo León que pretendían apoyarlo económicamente y, sobre todo, tuvo acceso a los planes de defensa del voto en las casillas y la estructura que el PRD desplegaría durante la jornada electoral.
Sin que nadie lo previera, tres días antes del 7 de julio, Eduardo P. desapareció. Se fue con las listas de representantes de casilla y coordinadores de secciones y distritos electorales perredistas, con los nombres de los notarios públicos y abogados que harían la defensa jurídica.
El espía electoral se fue con datos y señas de los simpatizantes que el día de los comicios apoyarían al partido invitando a potenciales votantes y a quienes formarían parten de la logística de repartir alimentos a los representantes del partido en la mayoría de las 3 mil casillas de votación.
Desarmado, sin sus brazos, piernas, ojos y oídos, la coalición en torno a Lucas de la Garza se enfrentó al PRI, y en su estreno electoral apenas logró registrar 25 mil 517 votos, cuando la expectativa era superior a los 100 mil.
Muy lejos quedó de los 561 mil 186 sufragios obtenidos por el priista Sócrates Rizzo o los 294 mil 25 alcanzados por el panista Rogelio Sada.
Y como reza el famoso corrido Contrabando y Traición, del agente de Gobernación… ya jamás se supo nada.

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