El clima es cálido y en El Ranchito aún más, el pequeño barrio enclavado a un costado de la carretera a Reynosa, justo antes de la caseta, parece arrancado del área rural más escondida de Nuevo León.
El sol pega fuerte y los niños que corren entre las polvorientas calles sólo pueden guarecerse de los rayos bajo sus endebles hogares erguidos con lámina y madera que, conjugados con el clima, se convierten en un horno donde el buen humor se va consumiendo a fuego lento.
Pertenecientes a la comunidad guadalupense, por más de 30 años los 180 habitantes que aquí viven se dedican al oficio que va último en la cadena de los subempleos: son carretoneros, recogen la basura que los servicios municipales de limpia no aceptan y viven de lo que les regala la gente.
Con el paso del tiempo se han convertido en una gran familia que encabeza el sexagenario José Dolores Montoya, líder de los carretoneros y que a pesar de sus años sigue dando la cara por los suyos, saliendo avante en luchas con alcaldes, fuerza pública municipal, incluso lo han encarcelado y hasta su mujer lo abandonó cuando vio que no renunciaría a su papel de dirigente.
Hay carencias pero Don Lolo no reniega de lo que ha sido su destino y se siente feliz; en su esperanza ya no entra la posibilidad de tener una mejor calidad de vida, tan sólo se conforma con la oportunidad de que los dejen seguir trabajando y viviendo como hasta ahora lo han hecho.
DÍA A DÍA
Apenas aparece el sol y el movimiento en El Ranchito comienza ya que es el astro rey el que anuncia que el día de trabajo ha comenzado, según el reglamento municipal que regula el movimiento de los carre-toneros en el municipio de Guadalupe.
Según Don Lolo, su oficio es lo único que saben hacer para sobrevivir y están en este sitio con el fin de no molestar a las personas.
“Las horas de salida son de 7 a 9, el regreso es ya de 3 a 6 porque el reglamento dice que a la salida y a la entrada del sol el carretonero tiene que estar recogido, pero no-sotros con el interés de trabajar pues tenemos que reglamentarnos y traer el sustento de nuestros hijos a la casa.
“El estar aquí es con la intención de nuestro trabajo que es recolectar basura, para los que no fuimos a la escuela y no estudiamos, lo que nosotros trabajamos es lo último de la ciudad, pero también es de mucha ayuda para nosotros porque a veces nos dan ropa, la lavamos y se la ponemos a nuestros hijos, porque imagínese el que tiene ocho de familia para comprarle a todos”, dijo.
Son 40 las personas que tienen como arma de trabajo un carretón; sin embargo, son más de 180 los habitantes para los que su día a día está en este lugar, ya que la familia crece y si no tienen a donde irse a vivir ahí se quedan.
Don Lolo es uno de los pocos afortunados que tienen casa -en la colonia Nuevo San Rafael- sin embargo prefiere estar al pie del cañón porque, como dice, si no se ocupa de sus carretoneros ¿quién lo va a hacer? ya que hasta su esposa lo abandonó cuando vio que no dejaría este lugar.
Y es que a lo largo de su mandato ha dado la cara por los suyos, prueba de ello es que en una ocasión le tocó enfrentarse con policías municipales bajo la orden del entonces alcalde Jesús María Elizondo.
“Chema quería terminar con la gente pobre porque hasta anduvo haciendo embargos a los que no le pagaban el predial y andaba embargando hasta abanicos y pues a mí me quería asustar a garrotazos y no me dejé, yo estoy sordo por eso, porque a puros golpes me agarraron los policías y ahí tengo reportajes y fotos de cómo me traían los policías, pero no me les rajé”, recuerda.
Señala que en aquella ocasión hasta se enfrentó a palabras con el entonces edil panista, quien lo conminaba para que dejara de hacer su vida entre la basura.
“El me preguntaba que por qué peleaba tanto la basura y yo le decía: ‘señor alcalde porque usted tiene su cama… se quiebra y me la da, yo le clavo una tabla y vengo y acuesto a mis hijos en la cama que yo ni en sueños tendría una cama de las de usted, la ropa que usted tira se la pongo a mis hijos la ropa de marca sólo la conocemos porque nos la dan”, dijo.
Y este ejemplo es real, Don Lolo confirma que la mayor parte de los habitantes de El Ranchito visten con ropa regalada, de igual forma asegura que también sobreviven con otros artículos que sus clientes ya no necesitan y les regalan. Estufas, roperos, lavadoras, son algunos de los objetos que hasta ellos llegan cuando pasan por las calles pidiendo la basura. En ocasiones les son útiles y si no como quiera le sacan provecho al venderlos como fierro viejo.
El oriundo de San Luis Potosí no se queja, ya que dice que si en su rancho hubiera las facilidades de tener la ropa que tienen aquí, qué bonito sería.
De la igual forma que la ropa provienen sus alimentos, ya que en algunos hogares gratifican sus servicios con comida en lugar de hacerlo con monedas.
“Entre los carretoneros no tenemos un salario mínimo ni un salario seguro, somos gente que salimos a la bienvenida de Dios y si pasamos por su casa y usted nos da su basura y nos quiere gratificar con un kilo de frijol ese le agarramos, porque con ese kilo le venimos a dar a nuestros hijos, es más bonito que nos den un kilo de frijol que 5 pesos, por decir, porque con el dinero no compraría ni el maíz para el caballo”, señaló.
En una buena jornada llegan a ganar hasta 100 pesos. El carretón les cuesta 8 mil pesos, más el caballo que alcanza los 14 mil tiene que comer diariamente una paca de alimento que vale 40 pesos. Además también hay que descontar los 15 pesos que pagan a Simprode por tirar la basura que hayan recolectado en el día.
“El caballo es el medio de comer de noso-tros, aunque nosotros nos quedemos a mal comer al caballo hay que darle de comer, porque él tiene que trajinar todo el día. De Simeprode son 15 pesos, pero ahí no podemos tirar nada de solventes, pintura, perro muerto y si usted carga un perro tiene la responsabilidad de abrir un pozo para enterrar a ese perro porque en la planta no lo puede tirar”, explicó.
Aunque con sus carretones transitan gran parte de la zona como Apodaca, Guadalupe y San Nicolás, Don Lolo reconoce que es en las colonias de bajo nivel socioeconómico en donde les va mejor, a su decir, por que ellos saben lo que es vivir en la necesidad.
FELICIDAD ENTRE LA BASURA
En El Ranchito sus calles (por darles un nombre elegante) son cañadas llenas de basura, matorrales y piedras donde se puede encontrar de todo, menos la esperanza de ver pavimento y banquetas.
La razón es simple: la comunidad está ubicada en terrenos federales, a un lado del río Santa Catarina –que en ese sector sí lleva agua-, y por ley están prohibidas las construcciones al lado de los afluentes. Incluso hay planes de trasladar a los carretoneros a otro sector.
Aunque los terrenos son más aptos para los caballos, perros, gatos y gallinas que deambulan dueños del sitio, los niños no dejan de ser imaginativos y juegan entre la basura y el lodazal, aprovechando el agua para refrescarse sin importarles la basura que corre entre ella.
Niños como los 10 que tuvo Don Lolo, son estampa constante en este lugar, y a pesar de que muchos de ellos van a la escuela, es probable que en su camino un carretón y un caballo los acompañe en el futuro. A pesar de la situación Don Lolo afirma que son felices, y cuando la ayuda llega, también son compartidos.
“Aquí somos tan conformes que si viene alguien y nos trae un costal de arroz a cada quien le damos un puñito, siempre les he dicho que hasta donde la cobija nos alcance hasta ahí nos cobijamos”, dice el hombre de 68 años de edad, sentado en el comedor que habilitaron con la ayuda de Cáritas de Monterrey
Gracias a ayudas como la del DIF, el programa de doctor Sonrisas que acude cada domingo y un particular que cada martes les lleva alimento, han podido salir adelante con menos dificultades.
Don Lolo no estudió, reconoce que apenas sabe escribir su nombre y que lo primero que supo leer fue faros (los cigarros); sin embargo tiene la esperanza de que el futuro sea mejor para los más pequeños y se aferra a la idea de exigir una escuela en El Ranchito, más tarde el mismo se desanima afirmando que son cosas imposibles.
A pesar de las carencias, las familias no sienten la crisis, pues siempre han vivido con ella. Los juegos y las sonrisas de los niños no se desdibujan y confirman lo dicho por el dirigente de los carretoneros en El Ranchito: les pueden faltar muchas cosas, menos la esperanza para salir adelante. v






