Hace 30 años murió la Fundidora

No importa quién la haya matado. La Fundidora pasó a mejor vida el 10 de mayo de 1986 y aún hay lágrimas de dolor por su ausencia. La historia registra las versiones confusas de quienes aseguran que fue el gobierno el que aniquiló a la empresa al hacerse de la misma, después de serios conflictos internos, y también las de aquellos que señalan a los malos líderes sindicales que “empinaron” a la compañía con exigencias y orientaciones suicidas, aunque éstos se defienden todavía por voz de muchos trabajadores y familiares de ellos, entercados en que la propia “Maestranza” puso su cuota de ineficiencia administrativa para contemplar el paso de los triunfadores en Monterrey y hacerse a un lado por voluntad propia.

Total, haya sido quien haya sido el que aportó su interés o desinterés  para efectos tan nocivos, la empresa ya no existe. No importa quién haya sido el culpable o responsable de su muerte, la Fundidora ya no está, y sólo queda el recuerdo de sus proezas en el campo de la siderurgia y la riqueza de sus anales y sus fotografías para suspirar por los buenos tiempos que le dio a la ciudad y el prestigio con que vistió el surgimiento de la industrialización en el norte de México.

Su nacimiento se remonta al 15 de marzo de 1900 con el registro de la solicitud ante el gobierno estatal de Bernardo Reyes para acogerse a los beneficios de exención de impuestos estatales y municipales así como para la adquisición de los terrenos donde operar. Dicha legislación, anticipada por el gobernador Lázaro Garza Ayala en diciembre de 1888 benefició a Nuevo León a través de grandes inversiones industriales, entre ellas las primeras competidoras en la rama siderúrgica como la Nuevo León Smelting (solicitud del 6 de febrero de 1890, con una inversión de 500 mil pesos para la instalación de edificios y maquinaria), así como la Compañía Minera, Fundidora y Afinadora Monterrey, S.A. (concesión solicitada por Juan Weber, Reinaldo Berardi y Francisco Armendáriz, el 24 de mayo de 1890, con una inversión de 600 mil pesos) y la Gran Fundición Nacional Mexicana (solicitud del 18 de octubre de 1890, con 100 mil pesos de inversión inicial), denominada en 1906 American Smelting and Refining Co. cuando invirtió 2 millones de pesos oro.

De hecho Monterrey debe agradecer de más a Bernardo Reyes que esta última se haya instalado aquí, pues cuando el coronel Joseph A. Robertson interesó a la Kansas Smelting Company de establecer en Monterrey una fundición mucho más equipada que las número uno y dos, el representante de la Kansas dispuso que el mejor lugar para fundar la empresa era Saltillo, por lo cual fue a ver al gobernador de Coahuila, coronel José María Garza Galán para negociar las facilidades que le podría ofrecer, pero el ejecutivo coahuilense negó toda exención de impuestos o rechazó toda concesión. Por tanto, al enterarse el gobernador de Nuevo León de tales gestiones de la compañía y de la negativa oficial, ofreció un amplio abanico de privilegios con tal de que la Fundición No. 3 se estableciera en la urbe regiomontana, como ocurrió finalmente.

Así es que Saltillo perdió su oportunidad de desarrollo fabril, y gracias a esas empresas, Monterrey se volvió la capital industrial de México pues solamente el sector metalúrgico generó altos valores de producción. Según el Anuario Estadístico de la República Mexicana, de 1900, editado bajo la dirección de Antonio Peñafiel en 1901, la preeminencia de Nuevo León era ostensible en este importantísimo rubro, en momentos en que la exportación de minerales en bruto y transformados en metales crecía con rapidez. Y posteriormente la Maestranza alcanzaría el liderazgo desde su creación.

LOS PRIMEROS PASOS

En el acta constitutiva de la Compañía Fundidora de Fierro y Acero de Monterrey, S. A. se asienta que el 5 de mayo de 1900 se reunieron en la casa número 78 de la calle del Dr. Mier, entre Zaragoza y Escobedo, con el objeto de proceder a la constitución legal de la empresa, los señores Antonio Basagoitti (1848-1933), León Signoret (1857-1919), Vicente Ferrara (1858-1938) y Eugenio Kelly, a la sazón banquero de Nueva York, casado con Sara Milmo, la mayor de las hijas de Patricio, quien fue, además, padre de tres varones con su esposa Prudenciana, la hija del gobernador de Nuevo León Santiago Vidaurri (1809-1867).

Dice, igualmente, que los señores Vicente Ferrara, como presidente del Consejo Directivo, y Adolfo Zambrano, como secretario, comparecieron ante el Notario Público Tomás Crescencio Pacheco el 7 de mayo, a efecto de legalizar dicha constitución y al mismo tiempo los estatutos de la compañía, instalada en una superficie de 226 hectáreas (sumando talleres, estaciones, vías férreas, oficinas y habitaciones).

La cuantiosa inversión de 10 millones de pesos corrió a cargo de los mayores accionistas  que fueron don Antonio Basagoiti y don León Signoret pero participaron como socios fundadores 60 importantes hombres de negocios,  cuatro de ellos también fundadores de la Cervecería Cuauhtémoc 10 años antes: Isaac Garza Garza (1853-1933), José A. Muguerza (1858-1939), Francisco G. Sada (1856-1945) y José Calderón Muguerza (1878-1946). Sin embargo, la Casa Milmo también suscribió una respetable cantidad de acciones puestas a nombre de Patricio Milmo y Eugenio Kelly.

El capital inicial fue de 10 millones de pesos, suma que requirió la centralización de capitales dispersos más allá del ámbito regional, por eso no extraña que entre los accionistas, además de los Milmo-Kelly, Ferrara, Basagoiti,  Signoret, Garza-Sada y Muguerza,  destaquen Tomás Braniff, José Negrete y León Honnorat  y distinguidos apellidos de entonces como Madero, Armendáriz, Zambrano, Hernández-Mendirichaga, Rivero y Calderón. Igualmente aparecen los Máiz, Tárnava, González Treviño, Bortoni, Dresel y Villarreal (los tres hermanos: Viviano L., Melchor y Felícitas)

Don Isaac Garza, presidente del Consejo Directivo de la CCSA desde su fundación en 1890, fue también presidente del Consejo de la Compañía de Fierro y Acero de Monterrey hacia 1930 igual que lo fue, como fundador además, de Vidriera Monterrey desde que se estableció en 1909.

La primera vaciada de fierro se efectuó en el departamento de Fundición en octubre de 1901, y a partir de entonces fue tal el éxito de la empresa, que a menos de cuatro años de comenzar a producir, empleaba a mil 700 personas, y su planta industrial incluía un alto horno con capacidad para 500 toneladas diarias, de 24 metros de altura; tres hornos de aceración tipo Siemens Martin, con 300 toneladas de manejo por unidad; grúas eléctricas y locomotoras; un taller de laminación que fabricaba rieles de acero de varias dimensiones, entre otras cosas, con capacidad de producir mil toneladas diarias; un taller de fabricación de hierro comercial; productores de gas, 10 juegos de caldera; un departamento para la construcción y reparación de maquinarias; dos baterías de 60 hornos cada una para la elaboración de coke.

Uno de los primeros productos fabricados por la Maestranza, hacia el año 1903 fueron los rieles, y había que ver la enorme satisfacción del primer gerente, don Vicente Ferrara, por la importancia de ver convertido a México en el primer país iberoamericano que producía estas vigas de acero para las vías férreas del propio país, producción que se prolongó muchos años, siempre bajo un estricto control de calidad que le permitía rivalizar con los rieles norteamericanos y europeos.

En dicho año de 1903 la Maestranza produjo mil 154 toneladas de rieles y accesorios, pero no fue sino a partir de 1909 cuando logró un fuerte incremento esa fabricación, habiendo alcanzado un máximo –notable para la época– de 37 mil toneladas en 1911. La razón principal es que, a diferencia de las metalúrgicas productoras de plomo, la Fundidora de Monterrey tenía como mercado fundamental el nacional. Y su puesta en marcha debía tener en cuenta la competencia que sufrían sus productos por parte de los extranjeros.

Sin embargo, muy pronto sobrevino la primera crisis de la Fundidora Monterrey, lo que obligó a los accionistas a contratar en 1907 a un eminente hombre de empresa, venido de España, quien sería su guía hasta la fecha de su fallecimiento: don Adolfo Prieto (mayo de 1867- enero de 1945), pues este hombre generoso desplegó una enorme labor social que se tradujo en grandes beneficios para sus trabajadores y la ciudad en general.

MONTERREY CUANDO NACIÓ FUNDIDORA

Los terrenos asignados a la Maestranza estaban entonces muy lejos del centro, aprovechando la caída de agua de lluvia desde donde hoy se ubican los Condominios Constitución. Monterrey tenía entonces unos 72 mil 250 habitantes. El municipio regiomontano, en cifras netas, pasó de 41 mil 842 residentes en 1883 a 86 mil 294 en 1910. Y mientras en el primer año mencionado agrupaba a 17.7 por ciento de la gente del estado de Nuevo León, en 1910 tenía el 23.63 por ciento, empezando su centralismo a llevarla a ser una megalópolis desde entonces.

En 1900 sus calles eran sumamente estrechas y no estaban pavimentadas, además de que el alumbrado público era muy deficiente y el transporte urbano casi nulo, pues la ciudad tenía 46 calles de oriente a poniente y 69 de sur a norte: terminaba prácticamente a lo largo de la calle Diego de Montemayor, por el oriente, y al poniente en la hoy avenida del Progreso (llamada después Pino Suárez), mientras que la calzada de la Unión (bautizada luego como calzada Francisco I. Madero) era límite hacia el norte.  Pero todo había empezado a cambiar cuando entró aquí el ferrocarril en la década de 1880.

Por tanto, para que los trabajadores no batallaran para llegar a la Fundidora, sus directivos crearon en 1903 la colonia Acero, y la construcción de las primeras casas despertó un gran alborozo en la ciudad, pues a esta iniciativa, el consejero-delegado de la compañía, don Adolfo Prieto unió la de la fundación de las Escuelas Acero en abril de 1911, abriendo sus puertas en una pequeña casa a los primeros 38 alumnos, con la mira puesta en hacer de la Maestranza no sólo una fábrica de acero sino una forja de hombres. Y todo –todo– pagado por la empresa; no solamente el sueldo de los primeros directores José G. García (1863-1962), Andrés Sauceda y Simón Salazar Mora  sino de todos los profesores e inclusive los libros de los alumnos, utensilios escolares, clases especiales de gramática superior, inglés, dibujo lineal, taquigrafía, mecanografía, etc.

El profesor Simón Salazar Mora fue también fundador de la revista interna “Colectividad”, y como director desde 1923 hasta 1976 tuvo mucho que ver en el logro de ver construida la primera planta del edificio de le Escuela Acero, en 1924, al lado norte de la fábrica, e igualmente en 1944 cuando se proyectó la planta alta. Como un homenaje a la memoria de don Adolfo Prieto, al fallecer en enero de 1945, el mismo director, los profesores y padres de familia lograron que se cambiara el nombre del centro educativo para perpetuar el del gran filántropo, y en 1949 le dedicaron un busto en el interior del plantel.

Ese mismo año de 1903 en que se fundó la Escuela Acero, inició un intenso programa de seguridad industrial en Alto Horno y Aceración, destacando en crónicas periodísticas muy viejas la presencia de checoslovacos, italianos y españoles integrados muy bien al grueso grupo de mexicanos deseosos de aprender de los trabajadores calificados que llegaron del extranjero a aportar su experiencia en la producción de la siderurgia.

La Cervecería Cuauhtémoc, cuyas primeras oficinas se ubicaron en la Casa Calderón por la calle Padre Mier y Capitán Carranza, en los límites de la calle Galeana, había puesto el ejemplo en estas contrataciones de fuereños, pues desde que en 1891 fue el detonante urbanístico en todo el fin del siglo 19, casi de inmediato contrató a ingenieros y arquitectos especializados para la construcción de la fábrica de cerveza y hielo al norte de la ciudad y dio trabajo a un buen número de albañiles y carpinteros además de operarios y expertos en la elaboración del producto que se iba a ofrecer por primera vez en Monterrey.  Sin embargo, cuando don Francisco G. Sada tomó posesión cono gerente en 1894, ordenó el cambio del centro de Monterrey a los terrenos actuales, mezclándose los extranjeros con los mexicanos que aprendieron pronto y contribuyeron a iniciar la grandeza de su centro laboral y a estrenar su emblemática torre en 1905. Igual ocurrió en Fundidora desde mayo de 1901 por la falta de mano de obra local para la siderurgia.

Recuérdese que Nuevo León era una entidad que apenas había despertado a la vida comercial a partir de 1855 y no había personal capacitado para la actividad industrial que irrumpió de pronto de sus entrañas, de modo que había que recurrir a Estados Unidos, principalmente, como lo hizo el cervecero de Missouri José Schnaider al traer de allá la fuerza de trabajo que necesitaba la Cervecería Cuauhtémoc y como lo hicieron después los fundadores de la Fundidora obligados también a instalarse entonces fuera del área metropolitana.

Asimismo, el General Bernardo Reyes contribuyó a la expansión demográfica de Nuevo León al ordenar la construcción, a partir de 1895, del moderno Palacio de Gobierno, lo que obligó a la búsqueda de canteranos de San Luis Potosí, de donde llegaron en gran número, como en 1836, a repoblar el cerro colindante con el río Santa Catarina hasta que dieron vida plena al “Barrio de San Luisito”, o sea  la colonia Independencia y al puente sobre el río para llegar al centro de la urbe y el cual se llevó la inundación del año 1909 y luego un incendio.

Por eso, a fines de 1920 la ciudad ya se había extendido hasta la calle Zona Oriente (la actual Félix U. Gómez), en territorios de la colonia Terminal, mientras que por dicha calle en su cruce con la hoy conocida como Ruperto Martínez se instaló Peñoles, entre cuyas instalaciones sobresalía una clínica-hospital con dos quirófanos y dos salas de atención a mineros, además de un hotel que funcionaba como casa de visitas. De la colonia Terminal en adelante avanzaba la vía del ferrocarril al Diente y un camino de terracería. La edificación de la Escuela Industrial Álvaro Obregón, entre 1928 y 1930, llevó a la prolongación de la Calzada Madero hasta la entrada de Fundidora Monterrey por la vinculación que tendría con la empresa.

PANCHO VILLA

EN LA MAESTRANZA

La segunda crisis de Fundidora tuvo su origen en la inestabilidad que trajo consigo la revuelta revolucionaria después del asesinato del Presidente Francisco I. Madero, ya que del año 1913 a 1917 no hubo producción de riel y el primero de esos años difíciles el molino 32/28 trabajó solamente 39 días del año, mientras que en 1914 y 1915 no trabajo ni un solo día por los combates dentro de la Maestranza. Inclusive el General Francisco Villa vino aquí en marzo de 1915 a pasar revista a sus tropas acampadas en terrenos de Fundidora, ya que poco antes habían ocupado la ciudad de Monterrey. Y de esa zona regiomontana partió la orden del Centauro del Norte al General Felipe Ángeles para perseguir a las huestes de Venustiano Carranza.

Todavía en 1916 el molino pudo trabajar 68 días, mientras que en 1917 bajó a 46 días y en 1918 se elevó a 81 días laborados. No obstante, la empresa superó tan grave problema con mucho ingenio y esfuerzo de sus trabajadores, al grado de que don Adolfo Prieto puso en marcha en 1927 el plan de seleccionar los primeros tres alumnos de la Escuela Acero para enviarlos becados a estudiar en la Escuela de Ingeniería Mecánica y Eléctrica (EIME) de la ciudad de México, teniendo como tutor al Lic. Carlos Prieto, en aquella época consejero y apoderado General de la Compañía. Muchos jóvenes siguieron el mismo camino de la superación, haciendo realidad la frase de don Adolfo: “De estas escuelas y de estos talleres tiene que salir la verdadera aristocracia del proletariado nacional”.

No obstante esos logros y los que los directivos presumieron al Presidente Plutarco Elías Calles en su visita a Fundidora en febrero de 1926 y luego al candidato presidencial General Álvaro Obregón en agosto de 1927, especialmente los de la Sociedad Recreativa “Acero” y su revista “Colectividad”, fundada en 1925, así como los programas deportivos desde antes de la década de 1920 impulsados por don Federico T. de Lachica, gerente de la empresa, no obstante eso, los disturbios sindicales comenzaron poco a poco a hacer de las suyas, ensombreciendo la armonía en la fábrica e inclusive la convivencia en los días de campo por el rumbo de El Nogalar y los triunfos que sus deportistas y atletas más insignes rubricaron en el Parque Acero, construido en 1924 y que tanto prestigio dieran a quien fuera por más de medio siglo jefe del Departamento de Recreación y Deportes, el profesor Óscar F. Castillón, y al profesor Roberto F. Quintanilla, titular gimnástico del Colegio Civil del Estado.

Los problemas sindicales empezaban a ser cosa seria en todo México. De hecho éstos fueron previstos por don Luis G. Sada, impulsor de la Sociedad Cuauhtémoc y Famosa en 1918 y superintendente de la Cervecería Cuauhtémoc, pues el 6 de noviembre de 1929 había fundado el Centro Patronal de Nuevo León con el claro objetivo de defender los intereses del sector privado, y en 1931 impulsó la creación de la Unión de Trabajadores Cuauhtémoc y Famosa para otorgar prestaciones que no preveía la ley y preservar a sus obreros del tremendo contagio en su fuente de empleo, pues el Partido Comunista, al que se había afiliado en 1927 el ferrocarrilero regiomontano Valentín Campa, venía pitando fuerte.

A la vuelta de los años, El diario “El Porvenir” del 15 de enero de 1936 ya daba cuenta de varios líderes venidos de la ciudad de México a agitar a los obreros de Monterrey para debilitar, en primera instancia, las filas del Sindicato Único del Acero y sumar efectivos de Fundidora para la nueva sección 67, de los que eran identificados como “rojos”.

Era el mismo año en que el Presidente Lázaro Cárdenas del Río decidió constituir la Confederación de Trabajadores de México (CTM) y borrar del mapa a la CROM de Luis Napoleón Morones, sinónimo del callismo, y para encabezar la flamante central se escogió a un comunista, Vicente Lombardo Toledano, dado el derrotero por el que el primer mandatario quería enrumbar al país y al sistema.

La historia nos dice que si no es porque los llamados “Cinco Lobitos” maniobran para quitar de la Secretaría de Organización a otro miembros del Partido Comunista como lo era Miguel Velasco, para poner en su lugar a Fidel Velázquez –joven líder del sindicato de lecheros, de línea “más moderada”–, entonces éste no hubiera podido llegar a principios de 1940 a la Secretaría General de la CTM, cuando su antecesor se fue a fundar el Partido Popular Socialista (PPS).

Durante marzo de 1938 ocurrió la sacudida espectacular de la nacionalización del petróleo en México, mientras que el ambiente enrarecido también a nivel internacional por las bravatas de Adolfo Hitler desde Alemania, pintaba un panorama muy especial para los que buscaban aquí la desestabilización social.

LA GUERRA Y EL ACERO

Corría el verano de 1941. La Cervecería Cuauhtémoc acababa de celebrar con trabajadores y amigos su feliz cincuentenario. Todo marchaba a satisfacción. Las fábricas operaban a la mayor capacidad, cada una en su línea. Tanto era el trabajo, que Fábricas Monterrey empezó a padecer escasez de lámina, uno de sus principales insumos. Se pidió al entonces Jefe de Departamento de Exportación, el señor Octavio Casavantes, que fuera a Estados Unidos a ver si conseguía alguna participación del indispensable material.

En cuanto regresó del viaje, pidió hablar con don Eugenio Garza Sada para darle un lacónico informe: –Señor, me dijeron en Washington que no exportarán ni un gramo de lámina porque es material bélico. Usted dirá, señor, lo que hacemos.

Don Eugenio levantó la vista, se echó los lentes sobre la frente y contestó:

-Fabricaremos nuestra propia lámina.

E hizo el trazo de algunos apuntes sobre un papel. Luego invitó a varias reuniones a sus colegas. Y meses después, en 1942, se abrían los cimientos para levantar las primeras estructuras de Hojalata y Lámina, S. A., raíz del que sería Grupo Alfa y que hoy pertenece a Ternium.

Siguiendo el ejemplo de HYLSA, la Fundidora puso en marcha el Horno Alto número 2 el 8 de julio de 1943 para subsanar la imposibilidad de importar maquinaria y piezas de acero de Estados Unidos además de fijarse la meta de producir más hierro y, por ende, más acero, ante el incremento de la demanda desde 1941. Los directivos calcularon que ni aun trabajando el Alto Horno número Uno durante los 365 días del año se daría abasto a las necesidades internas.

El Horno Alto número 2, de 650 toneladas de arrabio, junto con las 350 del Horno Alto número Uno, aumentaron la capacidad total a mil toneladas. Y fue así como se unieron los años 1903 y 1943 en que ambos hornos fueron inaugurados y marcaron el honor de ser los primeros en Hispanoamérica y precursores de la industria siderúrgica integrada.

El Presidente de México, Manuel Ávila Camacho, inauguró con un vibrante mensaje a control remoto, el último horno y desde el Palacio Nacional saludó a los 400 invitados y en especial al gobernador de Nuevo León,  Gral. Bonifacio Salinas Leal, y al General de División Eulogio Ortiz, jefe de la Séptima Zona Militar, así como al presidente Municipal de Monterrey, Constancio Villarreal y al embajador de los Estados Unidos en México,  Mr. Geo S. Messarsmith.

Don Adolfo Prieto, presidente del Consejo; don Evaristo Araiza, director General; Lic. Carlos Prieto, consejero y apoderado General, y don Rodolfo Barragán, subdirector, tuvieron a su cargo el cabal cumplimiento de tan significativa ceremonia la mañana de ese día 8 de julio de 1943. Sin embargo a la Fundidora le afectó muy pronto la competencia de Brasil en la fabricación de rieles a partir de 1945 en su planta de Volta Redonda.

LA ÚLTIMA CRISIS

Así, al paso del tiempo se agudizaron los problemas internos que se sumaron a la cancelación de pedidos de rieles por parte de la empresa ferrocarrilera, pues en 1966 se fabricaron los últimos y el texto enviado a la revista “Ferronales” en 1967 por don Rodolfo Barragán, vicepresidente Ejecutivo de la compañía, en ese tiempo director de la planta, admite que más del 50 por ciento de la producción siderúrgica del país entre 1909 y 1911 se destinaba a la fabricación de rieles y accesorios y, en 1911, más del 60 por ciento, “lo cual equivale a decir que de no haber sido por los rieles, las instalaciones de la Maestranza hubieran quedado prácticamente en total inactividad por falta de pedidos en aquellos años difíciles”.

Años difíciles que finalmente llegaron. Ramón Alberto Garza, como fogoso reportero encubierto, se metió a las entrañas de la Fundidora y el 24 de marzo de 1980 sacó a la luz pública el estado de cosas dentro de la empresa, dejando claro en ese trabajo periodístico que a la empresa la tenía carcomida la corrupción sindical de los grupos radicales de extrema izquierda, anticipando el lamentable cierre de la empresa, símbolo del nacimiento industrial de Monterrey.

“Fundidora al rojo vivo” fue el título de la serie que conmovió a la urbe en lo más hondo y que hizo que las cúpulas empresariales levantaran sus antenas, y lo mismo hicieron los trabajadores que siguen refutando los argumentos oficiales que justificaron el cierre de la empresa del elefante, pues para muchos de ellos la complicidad del gobierno federal con los grupos de poder económico de Monterrey jugó un papel decisivo en los planes de exterminio de la planta que en 1900 dio el aldabonazo para el despegue industrial de la Sultana del Norte y que finalmente murió de inanición.

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