Entre los numerosos enfoques que el periodismo ha hecho sobre el conflicto de Israel y Palestina, el documental NAZA opta por hacer un recuento testimonial y escalofriante de los hombres y mujeres generadores del horror.
Los directores Abraham y Szor hablan de noche y sobre azoteas de Tel Aviv con soldados, técnicos y operadores de drones de Israel que han asesinado a palestinos como parte de una compleja disputa territorial y política que llevan dirimiendo durante décadas y que parece no tener fin.
Desde el principio se aclara que el nombre del documental es usado entre los servicios de inteligencia israelíes para referirse a las bajas colaterales, personas inocentes aniquiladas mientras es ejecutada una operación para neutralizar a un objetivo.
Los entrevistados aparecen entre las sombras y, al parecer, con las siluetas y las voces distorsionadas por la inteligencia artificial para asegurar el anonimato; cuentan con absoluta frialdad cómo dejaron caer bombas en edificios, en reuniones, en trayectos, sobre palestinos al suponerlos terroristas de Hamás. No es necesaria la confirmación, dicen; con solo pensar que son enemigos, se les puede aniquilar.
El gran problema de este documental es que solo se basa en personas que hablan y no muestra una sola imagen de sus dichos; daría igual que hubieran sido confesiones audiograbadas por conferencia telefónica. Parece que el material recabado con solo descripciones verbales pudo haber sido aprovechado para hacer un reportaje escrito, no un documental que ha escandalizado a la opinión pública y le ha dado la vuelta al mundo.
Con salas de cine llenas, por la efectiva publicidad que la ronda, la película se queda corta en sus alcances. Son completamente verosímiles las aportaciones del agente que describe cómo interceptaron una llamada de una persona a la que suponía terrorista y dejaron caer un artefacto explosivo en el edificio que habitaba, o el testimonio del que dice que, al participar en masacres, comienza a entender el sentimiento de Hitler y los nazis en sus propósitos genocidas. Pero, pese al buen trabajo periodístico, los hechos solo quedan en palabras.
Llama la atención que la mayoría de los testimonios son aportados por gente joven, adoctrinada para ver a Palestina como el enemigo que debe ser abatido sin misericordia, y la tranquilidad con la que expresan sus asesinatos.
Como si fuera una narración de Tom Clancy, pero transportada a la realidad actual, estas personas hablan del hardware de la muerte, al detallar cómo utilizan inteligencia artificial, dispositivos de escucha a distancia, programas de intervenciones telefónicas y drones para auxiliarse en sus jornadas de muerte; relatan, sin aparente remordimiento, jornadas en las que masacran hasta a 500 gazatíes, incluidos mujeres, niños, ancianos y personas ajenas al conflicto bélico.
Pero el documental se queda corto y es tacaño en imágenes. Todo lo que se expone solo se dice, no se ve. Sí, aporta una visión amplia, llena de color y descarnada, del conflicto en Medio Oriente, aunque de un documental se esperarían más aportes visuales, la esencia misma del cine; lo visto en esta producción de narrativa tomada de la realidad es solo una serie de revelaciones verbales.
Las infidencias de estas personas, que actualmente deben ser buscadas por el Ejército judío por traidoras, hablan sobre aspectos poco conocidos de la lucha entre los dos pueblos enemigos irreconciliables y confirman que se ha alcanzado un grado de locura criminal que rebasa los límites del horror conocido.
Desafortunadamente, no pueden mostrar la deshumanización descrita más que por la explicación a través de algunos gráficos rudimentarios hechos a mano con papel y marcador, donde se esquematizan las acciones y sus consecuencias. Lo demás, tristemente, debe ser completado por la imaginación de quien los ve.
Los directores —a los que hay que aplaudir por su valor al presentar esta cinta— toman partido, por supuesto, y su propuesta luce como propaganda pro-Palestina. Tocan, de pasada, la invasión de Hamás a Israel, el 7 de octubre de 2023, con el saldo de mil 200 civiles asesinados. Pero el grueso del discurso está centrado en acusar a los servicios de inteligencia de Israel como los autores del exterminio y a su primer ministro, Benjamín Netanyahu, como el demonio que atormenta con destrucción y violencia a los palestinos.
NAZA es una película de corte político, oportuna sobre la guerra desigual entre Israel y Palestina y todo el dolor generado, pero, pese a tomas de apoyo y grabaciones del pasado, carece de fuerza por la falta de videos que muestren lo que los entrevistados solo platican.
@LucianoCampos G



