El médico que colgó la bata


Antes de ser médico, Miguel llegó a Reynosa con una carrera técnica en Administración de Empresas y la intención de encontrar un empleo que le permitiera salir adelante.
Su historia comenzó en el municipio de Álamo, Veracruz, donde creció como hijo de madre soltera. Cuando decidió trasladarse a Reynosa, Tamaulipas lo hizo prácticamente solo.
Las personas que lo recibieron no eran sus familiares de sangre. Con el paso de los años sin embargo, terminarían convirtiéndose en parte de su familia. “Hoy considero que son como mis hermanas”, describe sin titubeos.
Su idea inicial era trabajar en una maquiladora, como lo hicieron muchos otros veracruzanos que llegaron a la frontera en busca de oportunidades.
Pero ese camino nunca se concretó. La única ocasión en que estuvo dentro de una maquiladora fue años después, cuando cubrió temporalmente el turno de una colega médica.
Recuerda que estuvo laborando por un corto tiempo en el Registro Civil en el municipio y una maestra fue una de las personas que contribuyó a orientarlo. Así comenzó a abrirse camino en una ciudad donde no conocía prácticamente a nadie.
Asimismo tuvo la oportunidad de participar activamente en la administración y expansión de otro negocio donde su conocimiento administrativo le permitió involucrarse en operaciones, propiedades y adquisiciones.
Y de ahí a una trayectoria profesional que terminaría marcada por uno de los episodios más difíciles de su vida: el secuestro que sufrió mientras realizaba su servicio social.
Antes de que una camioneta blanca se cruzara en su camino; antes de los diez días de cautiverio y antes de que la bata dejara de ser para él una prenda cotidiana, hubo otra historia, la de un joven veracruzano que llegó a una ciudad fronteriza sin saber que ahí terminaría construyendo su profesión, su familia y el resto de su vida.

UNA HISTORIA DIFÍCIL DE CONTAR

Originario de Álamo, Veracruz, su llegada a Reynosa ocurrió en el 2001 de una manera poco obligada, pero con el deseo de superarse, ya que desde pequeño veía el esfuerzo de su madre para darles una vida digna como mamá soltera. Quería trasladarse a Reynosa a casa de unos familiares cercanos, unas primas; sin embargo, a última hora recibió una respuesta que cambiaría sus planes, “es que en la casa no cabes”.
Desilusionado buscó entonces otra alternativa y encontró apoyo en personas que, aunque no eran familiares, le ofrecieron un lugar para vivir.
La condición fue sencilla: debía presentarse como primo. “Tienes que decir que eres primo, porque como trabajamos en casa no podemos llevar desconocidos”, recordó Miguel.
Así comenzó una historia que se prolongaría durante años. Lo que inicialmente fue una forma de encontrar alojamiento terminó convirtiéndose en un vínculo familiar construido con el paso del tiempo quizá más fuerte que un lazo sanguíneo.
“De ahí: primos, primos, hasta la fecha, primos”, relata con orgullo y agradecido con los que lo apoyaron.
En Reynosa, Miguel comenzó a trabajar como la gran mayoría de las personas que se llegan para establecerse en la frontera, en una maquiladora. Corría el año 2007 cuando inició la carrera de Medicina en la Universidad Valle de Bravo.
La preparación profesional no fue sencilla. Durante años tuvo que combinar el empleo nocturno con los estudios durante el día.
“Trabajando en la noche y estudiando de día; hasta que terminó la carrera prácticamente en el 2013; mi internado lo hice en el Hospital Militar de la Cuarta Región de Monterrey. Regreso para Reynosa y me toca mi servicio social”, relata en exclusiva para Hora Cero.
Ya estando en Reynosa para continuar con su formación mediante el servicio social obtuvo una plaza cercana, pero que no fue nada sencillo. La asignación dependía de las calificaciones obtenidas tanto en la universidad como durante el internado.
A mayor desempeño académico, mayores posibilidades de elegir el lugar donde realizar el servicio y Miguel estaba entre los tres mejores gracias a su esfuerzo y dedicación.
“Yo me acuerdo que me dieron a elegir el lugar donde quería hacer mi servicio porque estaba entre los tres mejores de la generación, y pude elegir quedarme aquí en Reynosa. Mientras que otros compañeros fueron enviados a comunidades más alejadas y consideradas de mayor riesgo”, dijo.
Su servicio social fue realizado en un centro de salud gubernamental. Además de atender pacientes, terminó asumiendo responsabilidades administrativas debido a sus conocimientos y el poder trabajar bajo presión.
“Ya estando haciendo mi servicio mis compañeros se dieron cuenta de mi trabajo y para ese entonces el médico que ocupaba la dirección dejó el puesto, confió en mi trabajo y permitió que asumiera buena parte de las funciones”, añadió.
En el centro de salud podía recibir hasta 40 pacientes diariamente y Miguel debía combinar la atención médica con las labores administrativas.

MÉDICO DE BATA BLANCA

En aquellos días parte de su rutina era trasladarse caminando diariamente hacia el centro de salud vestido con aquel uniforme blanco que lo caracterizaba y del que estaba orgulloso.
“Yo siempre usaba la bata, filipina y zapatos blancos porque formaban parte de una imagen, y como vivía cerca del trabajo realizaba el trayecto a pie, iba y venía con mi uniforme”, recordó.
Pero detrás de aquella imagen había un médico que buscaba algo más que cumplir con su jornada. Su prioridad es atender correctamente a los pacientes.
La experiencia adquirida durante el internado en Monterrey había comenzado a darle seguridad para enfrentar situaciones de emergencia. Esa formación resultó precisa cuando, ya en Reynosa, comenzaron a llegar pacientes con lesiones y padecimientos que normalmente podían requerir atención hospitalaria.
En algunos casos, decidió estabilizar a los pacientes en el propio centro de salud antes de determinar si era necesario trasladarlos a un hospital de segundo o tercer nivel. La adrenalina de las emergencias, reconoció, era algo que disfrutaba.
“Por ejemplo, llegaba un herido y de inmediato lo pasábamos”, recuerda sobre aquellos momentos.
Su intención era resolver lo que estuviera a su alcance con los recursos disponibles y evitar traslados innecesarios cuando el paciente podía ser atendido en el propio centro.
“Esa práctica también me generó reconocimiento entre mis superiores, ya que todos mis conocidos me decían que yo tenía más conocimiento porque estuve en el internado”.
Los responsables del centro de salud observaban que no enviaba automáticamente a los pacientes a hospitales como el Hospital General o el Hospital Materno Infantil.
Para Miguel, aquella etapa de su formación representó la consolidación de su identidad como médico. La práctica cotidiana lo obligó a tomar decisiones rápidas y asumir responsabilidades que iban más allá de una consulta convencional.
Incluso, recordó que en su etapa en el servicio de salud pública atendió partos de emergencia en diferentes horarios.
Después, los casos eran canalizados al Hospital Materno Infantil para continuar con la atención y el seguimiento correspondiente, pero los pacientes llegaban estabilizados y, en el caso de los recién nacidos, con las primeras intervenciones realizadas.
Aquella seguridad profesional no surgió de manera espontánea, afirma, fue el resultado de años de preparación, trabajo y exposición a situaciones médicas que exigían tomar decisiones bajo presión.
“Siempre he tenido la vocación de ser médico, y esto viene en la sangre porque mi abuela fue partera con conocimientos en la medicina tradicional y mi mamá también fue partera”, sostiene.
Esa vocación fue también la que terminó vinculándolo profundamente con la ciudad fronteriza de Reynosa.
Aquí llegó en 2001 como un joven que necesitaba un lugar donde vivir, aquí trabajó, estudió, realizó su servicio social. Aquí comenzó a construir su carrera profesional, años después, su vida cambiaría de manera radical.
La historia de Miguel también refleja una realidad que atraviesa a quienes ejercen determinadas profesiones en ciudades fronterizas marcadas por episodios de violencia.
El médico había construido su vida alrededor del servicio a los demás. Su rutina estaba asociada con consultas, emergencias, partos y pacientes que requerían atención inmediata.
Sin embargo, esa vida profesional terminaría cruzándose con otra realidad de Reynosa: la delincuencia.
El hombre que durante años había vestido de blanco para acudir diariamente a un centro de salud se convertiría posteriormente en víctima de un hecho que marcaría su vida: su secuestro.

LA BATA BLANCA DEJÓ DE SER UNA PROTECCIÓN

Para 2014, Miguel ya era un médico conocido entre los habitantes de la zona donde prestaba su servicio. Su trabajo constante en el centro de salud había hecho que pacientes y vecinos identificaran su rostro, su rutina y hasta sus horarios de labor.
Pero mientras su reconocimiento profesional aumentaba entre sus compañeros, pacientes y sus familiares, la situación de seguridad en Reynosa también se deterioraba.
“Cada vez la situación aquí en Reynosa se pone más tensa”, recuerda con un nudo en la garganta.
La presencia de personas que vigilaban y seguían los movimientos de otros habitantes comenzó a formar parte del entorno cotidiano.
Una tarde, al concluir su jornada, Miguel salió del centro de salud aproximadamente a las cuatro de la tarde. Era uno de los últimos en retirarse porque le correspondía cerrar las instalaciones.
El vaivén de los automóviles y las personas era sin igual, apenas se disponía a salir cuando una camioneta blanca lo interceptó. Un hombre abrió la puerta y descendió del vehículo.
“Doctor, buenas tardes”, escuchó cuando al mismo tiempo sintió el roce de una mano en el hombro, situación que lo dejó prácticamente en shock.
La cortesía duró apenas unos segundos. Los hombres que lo interceptaron llevaban armas y le ordenaron subir. No hubo oportunidad para discutir y forcejear de forma violenta.
El médico fue privado de su libertad y trasladado a un sitio que desconocía. Recuerda que durante el traslado recibió un golpe en el abdomen y fue informado de que tendría que trabajar para sus captores.
“Abre la puerta y me dice: ‘doctor, buenas tardes’. Prácticamente apuntando. ‘Súbase, usted va a trabajar para nosotros’. Como todos siempre te interceptan con violencia, un golpe, a veces son inteligentes porque no te golpean en la cabeza, sino que ya te dieron un golpe en el abdomen y fuerte. -Tiene que ir con nosotros, porque usted va a trabajar para nosotros-”, relató que fue lo único que le dijeron.
Cuando finalmente fue llevado a un lugar desconocido, encontró a un hombre joven, de aproximadamente 25 ó 30 años, gravemente herido y con una hemorragia provocada por las esquirlas de proyectiles de arma de fuego.
El médico tuvo que dejar de pensar en su propia situación y concentrarse en el paciente, aunque por su cuerpo corría ese nerviosismo de qué pasaría después sin dejar de pensar también en su familia y sus amigos.
La formación recibida durante su internado en el Hospital Militar de la Cuarta Región, en Monterrey, fue determinante y lo impulsó para sobrellevar la situación por la que estaba pasando en ese instante.
Frente a él había un hombre que necesitaba atención inmediata, postrado en la cama y con un shock hipovolémico. Pero también había una amenaza, si no salvaba a ese hombre, pagaría con su vida.
Sin demorar, el especialista solicitó material médico y explicó que el paciente necesitaba ser llevado a un hospital para ser intervenido quirúrgicamente, sólo así existía la posibilidad de salvarlo, ya que una lesión interna estuvo afectando un vaso sanguíneo y que cualquier procedimiento pudiera provocar una hemorragia mayor.
Pidió medicamentos, antibióticos, antiinflamatorios, material para controlar el sangrado y elementos para sedar y anestesiar localmente al herido.
Con los recursos disponibles, improvisó un procedimiento médico en una cama. Atendió las heridas, controló lo que pudo, limpió y estabilizó al paciente.
La respuesta fue directa: “debía hacer lo que pudiera con los recursos disponibles. Y prácticamente hice todo un procedimiento en una cama, en su cama de paciente, aguantó el muchacho, sí perdió sangre la verdad”, dijo.
Para el médico, aquellas horas representaron una combinación de miedo y concentración. No podía permitirse paralizarse. Su trabajo era salvar una vida.
Después de pasar la noche atendiendo al herido, creyó que finalmente sería liberado.
Miguel recuerda que el paciente comenzó a recuperarse al día siguiente por la mañana, ante esto preguntó cuándo saldría del lugar para incorporarse a sus actividades cotidianas, que para entonces ya lo estaban buscando.
Fue entonces cuando recibió una nueva orden: “Usted no se va a ir. Nos va a acompañar; y le digo: ‘¿cómo?’, -sí, usted no se va a ir, nos va a acompañar a Monterrey, usted es mi médico. Ya en Monterrey lo soltamos”.
La explicación fue que debía estar disponible en caso de que ocurriera alguna emergencia en el viaje por lo cual aceptó. No tenía otra opción.
Relató que el traslado a Nuevo León fue organizado con vehículos de escolta delante y detrás. El médico viajaba en medio de un operativo diseñado para evitar cualquier intento de intervención.
Durante el trayecto ocurrió algo que elevó todavía más su tensión: uno de los vehículos presentó una falla, situación por la que aquella caravana terminó siendo auxiliada, irónicamente, por una patrulla.
Miguel recuerda aquel momento como una situación en la que, pese a las circunstancias, logró continuar con vida. Finalmente llegaron a Monterrey.

UN HOTEL, UN CAMBIO DE VEHÍCULOS Y OTRA MENTIRA

Ya en la capital de Nuevo León permanecieron aproximadamente dos horas en un hotel, y señala que durante ese tiempo cambiaron de vehículos.
Aquel nuevo automóvil donde viajarían era un Jetta rojo que recuerda como si fuera ayer. Para Miguel, aquel cambio significaba que finalmente podría recuperar su libertad.
La actitud de sus captores también había cambiado, ya no eran tan agresivos y la conversación era más tranquila y en confianza, momento que lo llevó pensar que finalmente lo dejarían ir.
Pero llegado el momento nuevamente recibió una respuesta distinta a lo prometido. No regresaría a Reynosa y tendría que acompañarlos hasta Guadalajara, Jalisco, sin otra opción. El trayecto hacia aquella ciudad sería todavía más largo y por carretera.
“Prácticamente de Monterrey hacia Guadalajara íbamos como en familia porque alguien también llevaba a su esposa, un muchacho. O sea, todos tenían un plan”, dijo.
El médico no conocía los caminos que recorrían. Recuerda haber transitado por caminos secundarios, veredas y zonas serranas. En algunos puntos observó profundos acantilados.
Durante su trayecto vienen a su memoria diversos retenes militares y es cuando su tensión sube nuevamente. Miguel aprovechó sus antecedentes profesionales en la región castrense para explicar que pertenecía a la Cuarta Región Militar, aunque su situación real era la de una persona privada de la libertad.
Posteriormente, el médico se dio cuenta de que sus captores transportaban una cantidad importante de dinero. La situación comenzó a adquirir otra dimensión.
Durante el viaje también tuvo que continuar desempeñando su función como médico, sin omitir la sospechaba que el comportamiento de algunos podía estar relacionado con el consumo de drogas.
Mientras tanto, él seguía bajo vigilancia, recuerda que fueron diez días sin poder avisar que estaba vivo.
Al llegar a Guadalajara, la vigilancia continuó. Había personas alrededor, vehículos y hombres encargados de custodiarlo.
“El doc”, como se referían a él, solo tenía una preocupación y era comunicarse con su familia para decirles que estaba vivo. Su familia ya sabía que algo había ocurrido. Personas que presenciaron el momento en que fue interceptado habían podido advertir lo sucedido.
Para sus familiares, su desaparición no era una ausencia voluntaria. Para el médico, cada hora representaba incertidumbre. No sabía si sus captores finalmente cumplirían su promesa de dejarlo libre. Tampoco sabía cuál sería su destino.
“Yo lo que quería era hablar con mi familia”, recuerda.
Le dijeron que al día siguiente podría marcharse; sin embargo, otra vez cambiaba la versión diciéndole que no había avión para Reynosa y tendría que esperar tres días.
Los tres días terminaron convirtiéndose en aproximadamente diez, sin saber cuándo volvería a Reynosa, sin tener certeza de que volvería a ver a su familia.
Y diez días en los que aquel médico que durante años había utilizado sus conocimientos para salvar vidas tuvo que ejercer su profesión bajo las órdenes y amenazas de quienes lo mantenían privado de la libertad.
La bata blanca que alguna vez representó para él vocación, servicio y confianza se había convertido, en aquellas circunstancias, en una herramienta que sus captores necesitaban.
Miguel ya no era solamente el médico del centro de salud, se había convertido en un médico obligado a atender a quienes el grupo criminal decidiera poner frente a él. Y su propia vida dependía de que cumpliera con esa función.

LA LIBERTAD NO SIGNIFICÓ VOLVER A LA NORMALIDAD

Después de aproximadamente diez días en poder de sus captores, Miguel recibió finalmente una noticia que esperaba con ansías: podía marcharse luego de que le consiguieron el viaje de regreso en autobús.
Sus captores le dijeron que ya había terminado su trabajo y que estaban agradecidos con él. La explicación para justificar los días anteriores había sido que no existía un vuelo disponible para regresar a Reynosa.
Aquella explicación dejó de tener importancia, porque lo único que quería era salir de ese entorno
“Quería llegar a Reynosa, comunicarme con mi familia y saber qué había ocurrido durante los días en que nadie sabía dónde estaba, fueron aproximadamente diez días incomunicado y mi familia estaba preocupada, mis compañeros también”, comentó.
Cuando llegó a la central de autobuses en Guadalajara, comenzó a sentir el peso de lo que había vivido. Hasta ese momento había permanecido concentrado en sobrevivir y cumplir las instrucciones que le daban aquellos hombres.
Pero al quedar solo y comenzar el regreso, las emociones empezaron a aparecer. Abordó un autobús hacia Reynosa. Su objetivo era llegar cuanto antes a esta ciudad.
Al llegar a la Central de Autobuses de Reynosa, lo primero que hizo fue tomar un teléfono y hacer una llamada. Se comunicó con un directivo del centro de salud, quien al escuchar la noticia de su regreso provocó una reacción inmediata. Querían saber qué había sucedido.
Querían hacer preguntas, conocer dónde había estado pero los cuestionamientos terminaron por abrumarlo. Una compañera acudió a recibirlo y reconoce que entonces llegó la crisis.
El médico, que había pasado diez días bajo amenaza, comenzó a llorar, porque con su regreso a la tierra que le brindó oportunidades también volvió el miedo, la tensión acumulada durante aquellos días. Había vuelto a casa, pero todavía no se sentía libre.
Cuando ocurrió el secuestro, Miguel apenas llevaba aproximadamente tres meses de su servicio social, que debía durar un año. Después de regresar, el director del centro de salud habló con él y le planteó una posibilidad que hasta entonces desconocía: podía concluir anticipadamente su servicio.
El doctor pidió primero tiempo para descansar, recuerda que tomó aproximadamente dos semanas, durante la primera semana logró estabilizarse y la segunda comenzó a pensar que estaba listo para regresar a su vida normal.
Pero cuando volvió al trabajo, la realidad fue distinta, entró nuevamente en crisis. Aquel temor de que los hombres que lo habían secuestrado regresaran comenzó a formar parte de su rutina, pero finalmente recibió un mes de descanso y apoyo psicológico.
Uno de los cambios más visibles ocurrió con su vestimenta, comenta que antes del secuestro, la bata blanca era parte de su identidad profesional, la utilizaba prácticamente todos los días. Después del secuestro, ya no pudo volver a usarla de la misma manera.
El blanco, la filipina y la imagen tradicional del médico quedaron asociados con el momento en que fue identificado, interceptado y privado de la libertad.
“Quedé traumado con los blancos, con las batas, por eso ahora ya no uso bata y me ven vestido con ropa normal y se les hace raro”, relata.
A partir de entonces comenzó a acudir a trabajar con ropa común, señala, con pantalones de mezclilla, camisas, playeras o ropa de vestir. Lo más sencillo posible. “Aunque me dejaron ir, fue un secuestro”, resume.
Con el paso del tiempo aparecieron otros sentimientos, menciona que lo invadió la impotencia, enojo, depresión, ira y coraje. Una de sus preocupaciones era que lo sucedido pudiera repetirse con otros trabajadores de la salud.
“Cualquiera puede hacer caso omiso de la situación de cualquiera de mis colegas”, reflexiona.
Para él, el secuestro no solamente reveló su propia vulnerabilidad, también expuso el riesgo al que podían estar sometidos médicos, enfermeros y otros trabajadores que, por su vestimenta y sus funciones, podían ser fácilmente identificados.
Con los años, Miguel logró retomar su vida profesional. El apoyo psicológico y las conversaciones con sus allegados fueron parte de ese proceso, sin olvidar que también recibió respaldo de sus pacientes y por ende sus familiares.
Por eso, cuando habla con otros trabajadores de la salud, comparte una recomendación que nació de su propia experiencia.
“Que tengan cuidado, que no se vuelvan fácilmente identificables y que consideren su seguridad. Yo les digo: no usen bata, no usen filipina por seguridad de cada uno”.

DEL SERVICIO PÚBLICO AL PRIVADO

Desde 2018, el doctor Miguel comenzó a trabajar de manera independiente. Su práctica privada le permitió reconstruir su trayectoria profesional fuera de la institución donde realizó su servicio social y asegura que le ha ido bien.
Pero su experiencia profesional todavía estaría marcada por otro episodio que llegaría años después: la pandemia de COVID-19.
La emergencia sanitaria representó para él una nueva etapa de incertidumbre, pero también una oportunidad para poner nuevamente a prueba sus conocimientos y experiencia.
Esta vez no se trataba de hombres armados ni de un cautiverio, ahora el enemigo era invisible, recuerda que algunos de sus primeros casos relacionados con COVID-19 ocurrieron entre enero y febrero de 2020, antes de que la enfermedad alcanzara su mayor presencia pública en México.
Incluso, tenía un oxímetro que había comprado cuando todavía era estudiante de Medicina.
En ese momento no podía imaginar que aquel pequeño dispositivo terminaría siendo una herramienta fundamental para atender a sus primeros pacientes durante la pandemia. “Recuerdo que era un oxímetro que había comprado en la farmacia para mis clases”, dijo con orgullo.
Comenzó a atender pacientes a domicilio y recibió casos que inicialmente no identificaba como COVID-19. Uno de ellos llegó recomendado por otra persona.
Durante sus consultas realizó preguntas a sus pacientes, cuestionamientos relacionados con viajes y posibles contactos fuera del país, pero sus pacientes aseguraban que no habían viajado y que, aparentemente, no existían antecedentes que permitieran relacionarlo con la nueva enfermedad.
El médico estaba frente a casos de COVID-19 antes de que la enfermedad se reconociera ampliamente en la vida cotidiana de Reynosa. La pandemia se convertiría en otra historia dentro de su trayectoria profesional.
Una historia que, según recuerda, también estaría marcada por pérdidas, decisiones, miedo, pacientes atendidos a domicilio y momentos en los que tuvo que decidir si continuar o no dentro de la medicina.
Incluso durante ese periodo presentó el examen para ingresar a una especialidad médica. Lo aprobó, pero tuvo que tomar una decisión, irse a la residencia o permanecer en Reynosa y finalmente decidió quedarse.

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